miércoles, 26 de marzo de 2014

Luis Buñuel y Federico García Lorca (1)

Damos comienzo con este post una serie dedicada a las personas que más han influido en la obra de Luis Buñuel, y lo hacemos con Federico García Lorca.
Federico García Lorca no llegó a la Residencia hasta dos años después que yo. Venía de Granada,…y ya había publicado un libro en prosa, “Impresiones y paisajes”…Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse. Era dos años mayor que yo e hijo de un rico propietario rural. En principio, fue a Madrid para estudiar Filosofía, pero pronto dejó las clases para lanzarse a la vida literaria. No tardó en conocer a todo el mundo y hacer que todo el mundo le conociera. Su habitación de la Residencia se convirtió en uno de los puntos de reunión más solicitados en Madrid.
Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado —o quizás a causa de este mismo contraste—, casi siempre andábamos juntos. Por la noche nos íbamos a un descampado que había detrás de la Residencia (los campos se extendían entonces hasta el horizonte), nos sentábamos en la hierba y él me leía sus poesías. Leía divinamente. Con su trato, fui transformándome poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día.

Juntos, los dos solos o en compañía de otros, pasamos horas inolvidables. Lorca me hizo descubrir la poesía, en especial la poesía española, que conocía admirablemente, y también otros libros. Por ejemplo, me hizo leer la  “Leyenda áurea”, el primer libro en el que encontré algo acerca de san Simeón el Estilita, que más adelante devino Simón del desierto. Federico no creía en Dios, pero conservaba y cultivaba un gran sentido artístico de la religión. [1]
De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama.
Representación de Don Juan Tenorio en la
Residencia. Lorca 1º por la izq. Buñuel el 5º
Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar. [2]
...La admiración que me merece el teatro de Lorca es más bien escasa. Su vida y su personalidad superaban con mucho a su obra, que me parece a menudo retórica y amanerada[3].
«Tú ere mu bruto», me repetía siempre Federico. Y era verdad. A mí, en la Residencia, solo me gustaba ha­cer deportes, todos. Me levantaba tempranísimo, como me ha gustado siempre, para correr, hacer gimnasia, lan­zar la jabalina, boxear, saltar lo que fuera, y en paños menores. Por eso, a las nueve de la noche, cuando a veces íbamos al cuarto de Emilio Prados y yo me retiraba a dor­mir, Federico me insultaba. Era la hora en que empezaba a leerles, o a recitar, o a tocar. Y yo me iba a la cama. Y, sin embargo, a Federico se lo debo todo. Es decir, sin él yo no habría sabido lo que era la poesía. Y eso que para él existían dos mundos, el nuestro y el de los inteligentes: Salinas, Guillén, Adolfo Salazar, Moreno Villa... No nos dejaba entrar en él: «No, esta noche me voy con gente in­teligente». Luego, con el tiempo, las cosas cambiaron un poco. Yo estaba mucho más cerca de Dalí, de su manera de pensar y todo; pero a Federico le debo mucho más: me descubrió mucho más mundo. Luego volvimos a ser muy amigos. A Federico su padre le daba veinte duros en octubre, hasta diciembre. Se los gastaba en tres días con los amigos, en chatos y tapas. Luego le daba cuarenta. Le pasaba lo mismo. Vivía de deudas y sablazos. Y su padre era riquísimo. Se lo echaban en cara. Entonces defendía a toda su familia a capa y espada: «Mi pare es buenísi­mo; mi mare, ¡no digamo! ¡Y el talento que tié Paquito! ¡Josú!». Parecía un personaje de los Quintero. «¡Y mis hermanas!». Era un gran poeta lírico y un imitador fe­nomenal: «Toca Schumann», le decíamos. Y parecía que lo tocaba como un ángel, y lo inventaba. Ahora bien, su teatro, para vomitar. Todo era capaz de imitarlo, todo, hasta el surrealismo.[4]
Buñuel como D. Juan:
"A mi amigo Federico en
prueba de su notoria
estimación por el don
Juan Tenorio"
Max Aub: “Cuando Federico le dice a Buñuel: “Tú eres un aragonés muy bruto”, rebosa amor, amistad. Cuando Luis Buñuel declara que nadie influyó tanto en él como García Lorca, aunque tenga grandes reservas frente a parte de su obra, es verdad. Otra de las razones que le unieron a Buñuel fue su pasión por los insectos.”[5]
La deuda principal de Buñuel respecto a Lorca fue el descubrimiento a fondo de la literatura, una de sus entusiastas dedicaciones. Y ello le llevó a abandonar sus estudios de ingeniero Agrónomo (impuestos por su padre, que quería evitar que se dedicara a la música).[6]
Federico con su extraordinaria sensibilidad pule a Buñuel, afina sus innatas cualidades creativas...Como Lorca y Buñuel son, estéticamente hablando, caracteres artísticos contrapuestos, diferencias estéticas coincidentes en gran parte con sus diferencias humanas –el llano y campechano Buñuel frente al refinado señorito de Granada; el macho hispano frente a la complicada sexualidad lorquiana–, ambos amigos se repelen y se atraen alternativamente. Esta constante y contradictoria amistad entre dos verdaderos líderes naturales (la desbordante simpatía y el atractivo de Federico, las ocurrencias y genialidades de Luis, eran muy celebradas por el resto de los compañeros, entre los que tenían numerosos admiradores).[7]
Se conocieron en 1919 cuando García Lorca ingresó en la Residencia y se hicieron amigos. En 1920 representaron Don Juan Tenorio de Zorrilla, con Buñuel como el Tenorio y Lorca como el escultor.
Lorca le dedicó algunos poemas. Las dedicatorias del poeta andaluz en sus poemarios son un gesto más de esa amistad. En Juegos (1921-24) se lee "poemas dedicados a la cabeza de Luis Buñuel. En grand plain [sic]" .La referencia al gros plan (primer plano cinema­tográfico) indica ya la temprana inclinación de Buñuel hacia su actividad futura.[8]
El poema que lo abre se titula
Ribereñas

(Con acompañamiento de campanas)

Dicen que tienes cara
(balalín)
de luna llena.
(balalán)
Cuantas campanas ¿oyes?
(balalín)
No me dejan.
(¡balalán!)
Pero tus ojos...¡Ah!
(balalín)
…perdona, tus ojeras…
(balalán)
y esa risa de oro
(balalín)
y esa... no puedo, esa...
(balalán.)
Su duro mariñaque
Las campanas golpean.
¡Oh tu encanto secreto!..., tu...
(balalín)
lín
lín
lín...)
Dispensa.[9]
En una verbena madrileña de los años 20

Se le dice a Buñuel que su cara —pues, ¿de quién iba a ser la cara a la que se alude en un poema que ostenta la dedicatoria a la cabeza de Luis Buñuel, en gran primer plano?— es como una luna llena[10] . Y, como se sabe, la luna, y la luna llena, es algo extraordinariamente importante en el universo poético de Federico García Lorca.
El caso es que Lorca dice mirar a Buñuel con la intensidad con la que se mira a la luna llena. Y que es, legiones de poetas lo ates­tiguan, y no sólo el propio Lorca, la intensidad misma del deseo.
Por lo demás, el dispensa que cierra el poema es ambivalente: certifica la humorada, desde luego, pero también puede ser leído como el gesto de pudor del que sabe que su deseo ha de ser rechazado. No es difícil imaginar la indignación con la que el varonil boxeador aragonés debió recibir estos poemas. Máxime si se tiene en cuenta que otro de los del grupo lleva por título la Canción del mariquita.[11]
Jesús González Requena afirma que la escena inaugural de Un perro andaluz no solo es una respuesta a los «Juegos. Dedicados a la cabeza de Luis Buñuel», sino que, además, lo hacen inspirándose, de una manera a veces sorprendentemente literal, en otro poema de Federico García Lorca.[12]

En otra de sus obras tempranas, Libro de poemas (1921), Lorca añade, a la dedicatoria convencional ("Al gran Luis. ¡Siempre!"), otra "Dedicatoria especial: a mi queridísimo Luis Buñuel (acta de eterna amistad)".
En 1923, Federico le regaló un libro a Luis con dos dedicatorias y sobre el que escribió estos versos:
(Dedicatoria especial)
A mi queridísimo Luis Buñuel.
(Acta de eterna amistad). F.

Paisaje sin canción
Dedicatoria 1
Dedicatoria 2

Cielo azul
campo amarillo

Monte azul
campo amarillo.

Por la llanura desierta
va caminando un olivo.
Un solo
olivo.[13]

Al gran Luis
¡Siempre!
 Federico
En esos mismos años Lorca vuelve a dedicarle la Suite del regreso:

El camino conocido

Yo vuelvo hacia atrás.
¡Dejadme que retorne
a mi manantial!
Yo no quiero perderme
por el mar.
Me voy a la brisa pura
de mi primera edad
a que mi madre me prenda
una rosa en el ojal.[14]
                                                                                                         



[1] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág.64
[2] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág.154
[3] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág.101
[4] Max Aub: Luis Buñuel, novela, Cuadernos del vigía, 2013, pág. 77-8
[5] Max Aub: Luis Buñuel, novela, Cuadernos del vigía, 2013, pág. 341
[6] Agustín Sánchez Vidal: Vida y opiniones de Luis Buñuel. Pág. 15
[7] Carlos Barbachano: Buñuel. Salvat, 1986, Pág. 34
[8] Alfonso Puyal: Buñuel y Lorca: caminos hacia la poesía a través del cine. En Luis Buñuel: dos miradas. Ed. Tranvía, Berlín, 2011, pág. 155
[9] Federico García Lorca: Obras completas, tomo I: poesía, Galaxia Gutenberg, 1996, pág. 378
[10] Buñuel recibió otro poema de Lorca en el que también la luna llena se encuentra presente.
[11] Jesús González Requena: Amor loco en el jardín, Adaba, 2008, págs. 20-22
[12] Jesús González Requena: Amor loco en el jardín, Adaba, 2008, págs. 26
[13] Federico García Lorca: Obras completas, tomo I: poesía, Galaxia Gutenberg, 1996, pág. 206. En el libro se cambia la palabra “desierta” por “tostada.”
[14] Federico García Lorca: Obras completas, tomo I: poesía, Galaxia Gutenberg, 1996, pág. 712

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