domingo, 13 de agosto de 2017

Cristo en el cine de Luis Buñuel

Cristo no me merece ninguna simpatía[1]. Cristo era un mal bicho. Pero el Cristo barbudo y rubio al que estamos acostumbrados: no el mal afeitado y cejijunto de Pasolini. A aquel lo odio[2].
Nazarín
A Cristo lo crucificaron después de condenarlo... ¿No considera usted eso un fracaso?... si Cristo regresara lo volverían a crucificar... Se puede ser relativamente cristiano, pero el ser absolutamente puro, el inocente, está condenado al fracaso. Está derrotado de antemano. Estoy seguro de que si Cristo volviera lo condenarían los grandes sacerdotes, la Iglesia... yo estoy convencido de que el "cristiano", en su sentido puro, ABSOLUTO, no tiene qué hacer sobre la tierra... porque no tiene otro camino más que la REBELIÓN en este mundo tan mal hecho[3]...
Muchas veces imaginé un filme sobre la vida de Cristo, que partía del principio de fidelidad para con el Evangelio, sin cambiar una coma y sin otorgar concesiones de ninguna especie. Esta película nos daría una representación explosiva y violenta de la persona de Cristo[4].

domingo, 30 de julio de 2017

La Virgen en Buñuel y su cine

Dejé de ser religioso desde la adolescencia. Pero ¿creen ustedes que no tengo todavía en mi forma de pensar muchos elementos de mi formación cristiana? Entre otras muchas cosas, una ceremonia en honor de la Virgen, con las novicias en sus hábitos blancos y su aspecto de pureza, puede conmoverme profundamente.[1]
Capilla del colegio de Buñuel
Culturalmente, soy cristiano. Habré rezado dos mil rosarios y no sé cuántas veces habré comulgado. Eso ha marcado mi vida. Comprendo la emoción religiosa y hay ciertas sensaciones de mi infancia que me gustaría volver a tener: la liturgia en mayo, las acacias floridas, la imagen de la Virgen rodeada de luces. Son experiencias inolvidables, profundas.[2].
Ya sabes que Cristo no me merece ninguna simpatía y que, en cambio, tengo toda clase de respetos hacia la Virgen María.[3]

domingo, 16 de julio de 2017

Los Tambores de Calanda en la obra de Luis Buñuel

Calanda siempre ha estado presente en la obra de Buñuel. Si ya vimos la repercusión del milagro de Miguel Pellicer en la obra del realizador, los tambores de Calanda no le van a la zaga. Para entender lo que significaron para su persona, nada mejor que leer la descripción que de ellos hace en sus memorias: “Existe en varios pueblos de Aragón una costumbre que tal vez sea única en el mundo, la de los tambores del Viernes Santo. Se tocan tambores en Alcañiz y en Híjar. Pero en ningún sitio, con una fuerza tan misteriosa e irresistible como en Calanda.
Esta costumbre, que se remonta a finales del siglo XVIII, se había perdido hacia 1900. Un cura de Calanda, mosén Vicente Allanegui, la resucitó.
Los tambores de Calanda redoblan sin interrupción, o poco menos, desde el mediodía del Viernes Santo hasta la misma hora del sábado, en conmemoración de las tinieblas que se extendieron sobre la tierra en el instante de la muerte de Cristo, de los terremotos, de las rocas desmoronadas y del velo del templo rasgado de arriba abajo. Es una ceremonia colectiva impresionante, cargada de una extraña emoción, que yo escuché por primera vez desde la cuna, a los dos meses de edad. Después, participé en ella en varias ocasiones, hasta hace pocos años, dando a conocer estos tambores a numerosos amigos que quedaron tan impresionados como yo. En 1980, durante mi último viaje a España, se reunió a varios invitados en un castillo medieval cercano a Madrid y se les ofreció la sorpresa de una alborada de tambores venidos especialmente de Calanda. Entre los invitados figuraban excelentes amigos como Julio Alejandro, Fernando Rey y José Luis Barros. Todos dijeron haberse sentido conmovidos sin saber por qué. Cinco confesaron que incluso habían llorado.

domingo, 2 de julio de 2017

El sentido de la amistad en Luis Buñuel

Los amigos de Buñuel coinciden en el profundo sentido de la amistad que tenía el realizador. Veamos unos ejemplos de los muchos que se podrían poner:
·       Su honestidad, lealtad y sentido de la amistad estaban por encima de cualquier cosa.[1]
·       Yo destacaría [de Buñuel] su cordialidad, su sincera amistad y su verdadero cariño. Yo lo quería entrañablemente.[2]
·       “Buñuel, para mí, es hombre fiel a la amistad...Es verdaderamente un sentido de la amistad totalmente español...sobre todo en este sentido fraternal que es en él un sentimiento de generosidad. Lo que no le impide ser  entero e intransigente en sus opiniones, porque existe también el lado aragonés en el interior del español, el lado testarudo[3]...”

domingo, 18 de junio de 2017

Buñuel y sus amigos

El mundo lo consideró un hombre fiel a los amigos. Un defensor de los mismos. Era amigo de sus amigos, cuando más viejos mejor. A Buñuel no le gustaba hacer nuevos amigos, pero era muy fiel a sus más viejos amigos.[1] La diversión de Buñuel es charlar con los amigos, tomarse unas copas “y reírse, comentar, ser agradable.[2] Lo anterior no quita que hasta sus mejores amigos tuvieran que avisar antes de visitarlo.
Soy misántropo pero dejo de serlo apenas están con­migo un par de amigos y tomamos una copa de vino. Es un misántropo que cree en la amistad y la celebra con la sencillez y la efi­cacia de uno de los ritos más viejos y más nobles: el de tomar una copa de vino.[3]
Según Julio Alejandro “los contertulios que Luis ama más, siempre y cuando estén un poco aparte de su círculo de amigos, muy reducido, son los sacerdotes inteligentes...Tienen que ser cultos, porque, si no, meten la pata con él y los corrige.”[4]
Aunque siga siendo pesimista respecto al porvenir de la humanidad, no soy un hombre triste ni un hombre amargado, todo lo contrario. Vivo integrado en la muchedumbre humana, contento. Vivo, por eso soy feliz. Pero me aíslo de lo que me ofrece la sociedad. Lo que me gusta es tomar una copa con mis amigos, hablar, bromear con ellos.[5]

domingo, 4 de junio de 2017

El exilio de Luis Buñuel

Aunque en los dos post anteriores hemos tratado también de ello vamos a profundizar en el tema del exilio. Buñuel empezó su largo exilio en Estados Unidos y luego en México. Ambas etapas se parecen en los siguientes puntos:
·       Dificultados económicas para sobrevivir. En algunos momentos estas dificultades fueron graves. Lo superó con la ayuda económica de su familia, cuando pudo ser, y de los amigos.
·       Escasa vida social, reducida a las reuniones con algunos intelectuales y amigos.
Buñuel en el MoMA
·       Añoranza de Europa: Francia y España.  Aunque fuera de su país “es incontestable que la inspiración española ha alimentado la obra de Buñuel, tanto más fuerte a veces cuanto que el exilio intensificaba en él el sentimiento de vacío de falta y de ausencia.”[1] 
    Él había intentado organizar varios grupos de trabajo con exiliados, particularmente en Nueva York y en Hollywood, con gente como José Rubia Barcia, Gustavo Pittaluga o Eduardo Ugarte...
Tras una serie de pequeños trabajos se trasladó en 1944 a Los Angeles para ocuparse de las versiones españolas de la Warner Brothers. Y aprovechó para llevarse consigo a cuanto compañero de exilio le fue posible...[2] Durante esta época su vida privada estuvo confinada a la vida familiar y al núcleo de sus amigos.

domingo, 21 de mayo de 2017

Buñuel entre México y España (II)

II- Se encuentra muy cómodo en España, pero escoge la seguridad de México para vivir

Con Silvia Pinal y Paco
Rabal: Rodaje Viridiana
Llevaba muchos años intentando visitar su patria. Por fin en 1960 se le presenta la oportunidad de venir a España. He aquí un par de comentarios sobre al impresión que le causó ese primer contacto:
* “Cuando vino a España en 1960, durante un viaje en coche por el campo se baja, contempla el paisaje con las ovejas a lo lejos y dijo: Qué pena que no escucho las esquilas de las ovejas, estaba llorando...Realmente era el encuentro del hombre con la tierra...Había una parte de Buñuel sentimental que le costaba mucho trabajo mostrar y que solamente en algunos momentos lo hacía...Era un hombre muy sentimental.”[1]
Y en esa primera visita hicimos un recorrido por Zaragoza. La emoción de él, del retorno a su ciu­dad natal, fue muy grande. Se emocionaba con todo. Subimos al Cabezo, allí donde nos llevaban a jugar. Estuvimos en el co­legio. El, con estas cosas, como es un afectivo, los recuerdos del colegio tenían para él siempre un arranque sentimental y de emo­ción. Conocía y recordaba los nombres de todos los padres je­suitas que habíamos tenido de profesores en las clases y los que estaban de vigilancia en las aulas de estudio. El me los recorda­ba a mí. Era yo el que le preguntaba: «Y aquél, ¿cómo se lla­maba? ¿Y aquel otro?» El los recordaba a todos. Le salían las lágrimas al volver a visitar Zaragoza. Tenía recuerdos preciosos de la Zaragoza antigua, y le contrariaba que Zaragoza no hubie­ra permanecido siendo como él la vio hacía veinte años. Y le mo­lestaba que Zaragoza acabara pareciéndose a todas las ciudades del mundo de su tamaño. Cuando se citaba conmigo, ya había hecho antes muchos recorridos por toda la Zaragoza antigua. Y cuando nos encontrábamos, veía yo cómo se rebelaba contra las transformaciones modernizadoras que habían hecho. Yo le de­cía que era cosa irremediable, y me contestaba: «Pero, para mí, como aquello no hay.» [1a]

domingo, 7 de mayo de 2017

Buñuel entre México y España (I)

I-Vive en México, pero añora España


Luis Buñuel pasó casi la mitad de su vida en México, de 1946 hasta 1983 en que falleció. Muchos más que en España, de la que salió en 1925 para trasladarse a París. Volvió a residir en España durante unos de años, de 1934 a 1936. Se marchó por la Guerra Civil a París y en 1938 a Estados Unidos. En este país fracasó en sus variados intentos de hacer cine. También fracasó en su pretensión de reemprender con Ricardo Urgoiti su colaboración para hacer cine en Argentina. Entonces le surgió la salida de México: Tras suspenderse la producción fílmica en español pasé ocho meses en Hollywood y se me acabó todo el dinero ahorrado. Había pedi­do los second papers e iba a convertirme en ciudadano estadounidense. En una cena en casa de René Clair, Denise Tual, la viuda de Pierre Batcheff, que comenzaba a producir pe­lículas, me dijo que tenía los derechos para filmar La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Recién terminada la guerra, la obra se había representado con gran éxito en París. Denise quería filmarla en Francia y que la dirigiera yo. Hicimos un corto viaje a Méxi­co de paso para Francia, porque Denise tenía que arreglar aquí unos asuntos, hablar con Os­car Dancigers, etc. En el hotel Montejo llamé por teléfono a Paquito García Lorca, que esta­ba en Nueva York con sus padres y hermanas. Paquito nos dijo que en Londres le daban mu­cho más dinero por los derechos de Federico, y la familia no estaba en buenas condiciones económicas. Le dije que, en ese caso, vendiera la obra a quien le diera más. Informé a Denise: «La obra está vendida. No haremos la pelícu­la.» Denise se volvió a París. En una cena en casa del arquitecto español Mariano Benlliure, el escritor mexicano Fernando Benítez, que además era secretario del Ministro de Goberna­ción, me dijo que si quería quedarme en Mé­xico él me podía ayudar en los trámites. Fui al día siguiente a Gobernación y Benítez me presentó al Ministro, Héctor Pérez Martínez, un hombre amabilísimo, también escritor y fa­vorable a los españoles. «Vuélvase usted a los Estados Unidos y daremos orden al Consulado para que pueda usted venir a radicar en el país.»

Me fui a Hollywood, vendí los muebles que tenía allí y cuando llegaron los papeles vine a México, ahora con Jeanne y los chicos. Tenía ya un encargo de Dancigers para hacer una película, que resultó ser Gran Casino.[1]

domingo, 23 de abril de 2017

Buñuel y el milagro de Calanda

“La cuestión religiosa, obsesión más bien, nace en su infan­cia, creo. Las misas infantiles, los milagros, la liturgia, los san­tos... Todo eso le atrae de una manera muy fuerte y lo ha estu­diado enormemente. Un ejemplo clásico: el milagro de la pierna, el hombre de Calanda que pierde la pierna y se la entierran, y, ya enterrada, va el hombre todos los días ante el altar y se unta aceite en los dedos para pasarlo por el muñón, hasta que los án­geles le traen de nuevo la pierna. En fin, este milagro él lo cuen­ta con un orgullo muy curioso y muy especial, como diciendo que es el milagro más impresionante que hay en la historia ca­tólica. Me ha hablado de este milagro yo creo que como cincuenta o sesenta veces. Le atrae enormemente esa historia de mi­lagrería, y cuando, no hace mucho tiempo, hubo un centenario o, en fin, una de estas fechas religiosas, su hermana le mandó una serie de artículos de El Heraldo de Aragón que hablaban del milagro y de las ceremonias que se habían celebrado, y él los recibió con un gusto enorme, y los archivó y los guardó, porque todo eso le interesa con una fuerza enorme.[1]
Nuestra fe era realmente ciega —por lo menos, hasta los catorce años— y todos creíamos en la autenticidad del célebre milagro de Calanda, obrado en el año de gracia de 1640. El milagro se atribuye a la Virgen del Pilar…
Ocurrió que, en 1640, la rueda de una carreta le aplastó una pierna a un tal Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda, y hubo que amputársela. Ahora bien, era éste un hombre muy piadoso que todos los días iba a la iglesia, metía el dedo en el aceite de la lamparilla de la Virgen y se frotaba el muñón. Una noche, bajó del cielo la Virgen con sus ángeles y éstos le pusieron una pierna nueva.
Al igual que todos los milagros —que, de lo contrario, no serían milagros— éste fue certificado por numerosas autoridades eclesiásticas y médicas de la época y dio origen a una abundante iconografía y a numerosos libros. Es un milagro magnífico, al lado del cual los de la Virgen de Lourdes me parecen casi mediocres. ¡Un hombre, «con la pierna muerta y enterrada» que recupera la pierna intacta! … [2]

domingo, 9 de abril de 2017

El carnuzo y lo putrefacto en la obra de Luis Buñuel

En el último post analizamos el significado y origen de los 
La edad de oro
vocablos putrefacto y carnuzo. Aquí vamos a ver su amplia presencia en la obra de Buñuel, tanto literaria como cinematográfica. Sirva como introducción este texto de Sánchez Vidal: “Ahí están las carroñas de los obispos en La edad de oro, procedentes de Valdés Leal, de quien tomó también el título de El ángel exterminador; o el sepulcro del Cardenal Tavera, que aparece en Tristana y Un proyecto  de cuento; por no hablar de las estatuas animadas o los espectros de aparecidos, como el del Tenorio que se refleja en el "Mitrídates, cadáver recalcitrante" de Hamlet y El discreto encanto de la burguesía o la estatua vengadora de la leyenda El beso de Bécquer, utilizada en El fantasma de la libertad. Es el tema del carnuzo, tratado específicamente en La agradable consigna de Santa Huesca, que narra las incontables aventuras de un trozo de carne viva que despliega una asombrosa actividad en varios frentes. Y, en relación con él, los putrefactos, desde los burros impasiblemente aposentados en los pianos de Un perro andaluz hasta –en la jerga de la Residencia– todo lo que oliera a caduco en actitud vital o estética[1]...