sábado, 23 de noviembre de 2013

Buñuel visto por (8) . . . Carlos Saura

Carlos Saura es aragonés y director de cine como Buñuel. El maestro le tenía mucho aprecio.  Quiero mucho y creo en Carlos Saura, aunque es un poco alemán. A veces le digo que no tiene sentido del humor sino de la broma[1].Cuando dejó Simón del desierto inconclusa, propuso a Carlos Saura para que la continuase; y en el contrato de La vía láctea, dado que Buñuel tenía 68 años y siempre temía que alguna enfermedad interrumpiese el rodaje, puso una cláusula que preveía que si eso llegaba a suceder, el continuador de la película sería Carlos Saura.[2]
Añadamos a todo esto que las observaciones que sobre Buñuel hace Saura, son las propias de una persona muy observadora y que le ha conocido muy bien:

Buñuel, Saura y Berlanga. Hoz de Huécar. Cuenca. 1960
Fue en el festival de Cannes de 1960 cuando nos encontramos por primera vez…Me dio la impresión de que era alguien a quien conocía bien, un amigo, quizá un familiar que volvía de América, un indiano curtido por la intemperie: con rostro de campesino…, ojos saltones, fornido y un cuello de toro que le obliga a girar el cuerpo para volverse.[3] Entonces llevaba un frondoso bigote que desapareció más tarde, devorado seguramente por al­guna de las arañas que él tanto temía y respetaba. No sé por qué esa estruc­tura física se repite a lo largo de la historia en determinados individuos de nuestro país, que parecen salidos de la tierra, y en cuya mirada está ya la voluntad de hacer lo que quieren. [4]
En 1960 vino a España para hacer Viridiana: Yo lo veía muy preocupado; creo que la responsabilidad que tenía era tremenda: por un lado, tenía que hacer en su país una pelí­cula con la que deseaba quedar bien, pero también con los exiliados o, si se prefiere, internacionalmente…Estoy seguro de que Luis se pasaba el día reflexionando sobre su película. Dormía pocas horas, se levantaba a las cinco de la mañana, pese a que bebía hasta avanzada la noche. Ahora bien, no creo que lo hiciera durante los rodajes. Estaba siempre lúcido y obsesionado por su trabajo, era también muy orde­nado. Más aún, alguna vez en París debíamos acortar nues­tra velada porque al día siguiente trabajaba. Alguien podrá pensar que era un anarquista, un surrealista más, pero tenía actitudes verdaderamente normales, en absoluto era icono­clasta, capaz de llevar pajarita en un lujoso restaurante o de aceptar sin reparos ni protestas las deficiencias culinarias de otro más humilde, como La Barraca, de la calle Infantas, en Madrid. En fin, era una persona perfectamente integrada en la sociedad. Su imaginación iba por otro lado, es decir, en este sentido fue un rebelde, un anarquista fantástico y un creativo. Y me interesa más ese personaje, un personaje con una especie de doble vida. Porque realmente un surre­alista tendría que ser así. [5]
Ayllón, Chinchón, 1962. C. Saura derecha. A. Saura Izq.
Le gustaba comer y beber con los amigos, y su conversación era amena y ocurrente; conversador de los de an­tes, de tertulia, comentando lo di­vino y lo humano, siempre con su sorna aragonesa y ese surrealismo del que tanto se ha hablado, que no era otra cosa, en mi opinión, que una constante de su personalidad con brotes anarquistas y un agresividad juvenil y provocadora. Sus rápidas salidas tenían una gracia especial. Romper el orden establecido, la norma aceptada, el compromiso adquirido por el arti­ficio de las leyes le divertía, pero al mismo tiempo conformaba una postura ética contra la mojigatería y el conformismo.
Yo viví la pertinaz búsqueda de su pasado por las calles de Madrid y de Toledo, y de cómo el recuerdo afloraba sin cesar. Al mismo tiem­po fui testigo de su tristeza al ver como tantas cosas habían desapa­recido o se habían transformado. [6]
Trotador incansable, callejero, observador meticuloso, hombre sociable a la usanza de una España para nosotros desconoci­da; la España de las peñas de café, peñas inte­lectuales, conferencias que promovían grandes es­cándalos en los círculos literarios e intelectuales de la capital de España. Este es Luis Buñuel, desconcertante, caviloso, buen amigo, observador ingenioso y, sobre todo, hombre irracional.[7]
El Buñuel que yo he conocido defendía con pasión sus convicciones pero no era violento, al contrario, sino extremadamente respetuoso con las normas sociales imperantes y él, que en sus películas despotricaba de todo, casi siempre con humor, era conservador de puertas a dentro, con un concepto de la familia que rayaba en lo puritano. No es que se desdoblara en dos, ni fuera un varón desmedido, su cine, como expresión de sus ideas, reflejaba su certero, a veces cruel, y siempre ético, punto de vista sobre el ser humano: respeto por la integridad moral más allá de las convenciones sociales y religiosas, y respeto por los sentimientos, o mejor dicho por los sentimientos apasionados, huyendo del sentimentalismo, esa lacra que impregna la mayor parte de nuestros relatos y películas…
Lleva sus contradicciones a reflejarse en Fernando Rey (Viridiana y Tristana)…Su concepción de la mujer no llega mucho más allá de aquella de “con la pata quebrada y en casa”, él, tan avanzado y tan retrógrado, y al mismo tiempo tan aragonés y tan universal. Con humor, un humor un poco especial, el de su tierra, se reía de sí mismo y del personaje que Fernando Rey interpretaba con tanta convicción…[8]
C. Saura (director) Buñuel (actor) Llanto por un bandido
Me acuerdo de que siempre echábamos un pulso…Conmigo si hablaba mucho de política. Pero para hablar de casos concretos había que entrar mucho en Luis, porque era un hombre que había pasado por muchas vicisitudes tanto en la guerra, como en el exilio y estaba un poquitín desencantado de muchas cosas…Yo lo veo más como un anarquista que como un comunista…En todo caso, lo que está claro es que él era mucho más un anarquista de cabeza que de hecho…era un hombre cumplidor con todas las normas sociales de este país y jamás se las saltó, más bien al contrario. Hay una cosa que ya he contado muchas veces. Él me invitó a mí a un restaurante, no me acuerdo a cuál, uno muy importante de aquí, de Madrid. Yo siempre voy sin corbata y él iba siempre con pajarita. A la entrada del restaurante vino un señor a ofre­cerme un montón de corbatas para que eligiera una y me la pusiera. Y yo le dije que no me la ponía. Luis quería que me la pusiera, pero yo le contesté: "No, Luis, por encima de mi ca­dáver, lo siento mucho, pero no me la pongo". Y él insistió: "Es que donde vayas tienes que hacer lo que vieres, y si hay que llevar corbata, pues se la pone uno". Cuando salimos a la ca­lle, yo estaba tan pancho y Luis estaba muy cabreado, pero, de repente, me dio un abrazo y me dijo: "Está muy bien lo que has hecho".
Encuentro Carlos Saua y Luis Buñuel
En general, sí es cierto que no aceptaba mujeres [en las comidas], pero yo se lo imponía. Cuando me invitaba a comer, yo le decía: "Llevo a Geraldine". Y él: "¡No, que no quiero a mujeres". Pero Geraldine venía. Aunque, yo, por ejemplo, cuando he comido con Buñuel, jamás he comido con Conchita. Él era así, un poco complicado, no era tan sencillo como parece…
…A él le gustaban mucho las peñas, le gustaba mucho ir a los cafés, por ejemplo. Yo en ese tipo de reuniones no me siento bien, prefe­ría estar con él más en privado. Pero él era un hombre muy inteligente y quería rodearse de gentes de diversas formas de pensar, incluso en algún momento fuimos a comer a Botín con varios directores españoles, porque quería conocerlos.
Era una maravillosa persona…Nos reíamos mucho los dos. Siempre lo hemos pasado muy bien, lo que pasa es que siempre hemos terminado un poco medio borrachos, empezábamos a comer  y a beber y nos daban las tantas de la tarde. Quedábamos a la una y nos íbamos a las siete o las ocho de la noche.[9]
Siempre fue muy afectuoso conmigo. Sin ánimo de molestar a nadie, creo que de alguna manera me consideraba su hijo, el sentido cinematográfico de la palabra. Mantenía conmigo una relación estrecha, intelectualmente más estrecha que la que tuvo con sus propios hijos. [10]
En sus últimos años añoraba la vida conventual, y se refugiaba para trabajar en lugares solitarios y silenciosos, huyendo del munda­nal ruido, o quizá añorando el "ruido de los pensamientos", que dijera san Juan de la Cruz. "Si yo me muero ahora, pues nada, bien, ya he vivido lo suficiente, sería ho­rrible ser inmortal", me decía. Pero compensaba esos retiros místicos con comidas regadas con, vino blanco de Yepes y tinto de Rioja, y charlas con sus amigos, charlas interminables, maravillo­sas conversaciones de una perso­na que ha vivido con pasión una época de intensos cambios, convulsiones sociales, movimientos artísticos y descubrimientos cien­tíficos que han marcado definiti­vamente este siglo.[11]
Echando un pulso México. 1982
Buñuel tendía un puente des­de el pasado literario español -Gracián, Quevedo, Cervantes, Calderón (en donde ya estaba pre­sente una concepción más amplia de la realidad)- hasta un presente en donde el universo de la imagi­nación -sueños, pesadillas y aluci­naciones- se entremezclaba con imágenes cotidianas Es allí donde Buñuel se movía con una soltura envidiable y donde radicaba su modernidad.[12]
Es la parte inconformista, rebelde, lo que liga la obra de Buñuel a unas constantes pe­culiares en nuestro país, y así su cine es hirien­te, molesto, con un humor campeando de difícil definición. ¿Humor negro? No me atrevo a afir­mar tanto. A veces es sutil, otras descarnado y directo. No es humor de "gags" prefabricados, sino toda una personal visión de interpretar la vida y el hombre: una moral. No se puede ha­blar de Luis Buñuel, como tanto se hace, inter­pretando su obra como inmoral o amoral, por­que ello sería negar la esencia misma que las mantiene vivas: el individuo, enfrentado con sus problemas más epidérmicos y al mismo tiempo más esenciales: el sexo, la religión, el recuerdo. [13]
Ahora otra generación, la actual, tiene la oportunidad de ver la obra de Buñuel. Si tuviera la ocasión les diría a los más jóvenes que vieran sus pelí­culas no como un hito cultural, ni como la obra del santón entronizado bajo palio, sino como la obra de un hombre honesto, vital, poderoso y sensible a la vez, que supo rescatar del páramo viejas y siempre nuevas ideas, que se enfrentó con los tópicos, que utilizó la imaginación como el arma poderosa que es, dándole vuelos que alcanzaron alturas difíciles de alcanzar. Ese buceador de nuestras profundidades, nos mostró el camino de un cine renovador y personal, que desgraciadamente olvidamos con demasiada frecuencia.[14]



[1] Juan Cobos: Entrevista con Luis Buñuel. Griffith, nº. 1. Junio de 1965.Pág.:415
[2] AA. VV.: Testimonios sobre Luis Buñuel En: Turia, nº 28-29. Pág.: 203
[3] Carlos Saura: Buñuel. El gran provocador, El País, suplemento El espectador. Nº 74, 20 febrero 2000, pág. 1
[4] Carlos Saura: Mi encuentro con Luis Buñuel, ABC Cultural, nº 419, 5 febrero 2000, pág, 18
[5] Enrique Camacho y Manuel Rodríguez Blanco: Carlos Saura, Buñuel 100 años. Prohibido asomarse al interior. 2000, págs. 195-203
[6] Carlos Saura: Buñuel. El gran provocador, El País, suplemento El espectador. Nº 74, 20 febrero 2000, pág. 11
[7] Carlos Saura: Buñuel, Nuestro Cine, nº 16, enero 1963, págs. 15-17.
[8] Carlos Saura: Recuerdos en presente, Heraldo de Aragón, Suplemento especial Luis Buñuel, 22 febrero 2000, pág. 5-6
[9] Marisol Carnicero y Daniel Sánchez Salas: En torno a Buñuel, Cuadernos de la Academia, hnº 7-8, 2000, págs. 525-37
[10] Enrique Camacho y Manuel Rodríguez Blanco: Carlos Saura, Buñuel 100 años. Prohibido asomarse al interior. 2000, págs. 195-203
[11] Carlos Saura: Buñuel. El gran provocador, El País, suplemento El espectador. Nº 74, 20 febrero 2000, pág. 11
[12] Carlos Saura: Buñuel. El gran provocador, El País, suplemento El espectador. Nº 74, 20 febrero 2000, pág. 10
[13] Carlos Saura: Buñuel, Nuestro Cine, nº 16, enero 1963, págs. 15-17.
[14] Carlos Saura: Mi encuentro con Luis Buñuel, ABC Cultural, nº 419, 5 febrero 2000, pág, 19

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