domingo, 17 de agosto de 2014

Luis Buñuel y el teatro

¿Tenía Luis Buñuel prejuicios hacia el teatro? La verdad es que, según parece, no le tenía mucha estima. Como cineasta, ¿lo consideraba un rival?
En una entrevista de 1929 Luis Gómez Mesa le preguntaba a Buñuel:¿Y qué piensa usted de la rivalidad entre el cine y el teatro?
Buñuel: Que es el cine el que triunfa. El teatro primitivo no utilizaba más que la palabra. Ni decorado, ni acción, ni expresión en el rostro, que llevaban cubierto sus actores. Cuan­do no existía el cinema, podíamos resignarnos, por puro convencionalismo, a creer que veíamos la emoción en la cara de un actor, o a que presenciábamos una acción. Hoy el teatro nos es insoportable. Los actores del teatro, aun sin careta, no tienen rostros. Solo tienen voz. Y el cine posee hasta “silencio”.[1]
Muchos años más tarde le pregunta Max Aub: ¿Así que no es verdad que te interesaste una temporada en el teatro?
Buñuel: Nada, nada, cero.[2]
Sin embargo Buñuel empezó sus contactos con el teatro desde niño. Su hermana Conchita recuerda: “Mis padres iban a menudo a París y, a su regreso, nos inundaban de juguetes. De uno de aquellos viajes a mi hermano le trajeron un teatro que calculo debía de medir un metro cuadrado. Tenía telones de fondo y decorados. Me acuerdo de dos: un salón del trono y un bosque. Los personajes eran de cartón y representaban un rey, una reina, un bufón y escuderos. No medirían más de diez centímetros y se movían siempre de cara, aunque se desplazaran  hacia los lados, mediante un alambre. Para completar el elenco, Luis tenía un león en actitud de saltar que, en sus buenos tiempos, cuando tenía pie de alabastro, fue pisapapeles. Utilizaba también una torre Eiffel dorada que hasta entonces había estado en el salón, en la cocina y en el trastero. No recuerdo si la torre Eiffel representaba algún cínico personaje o una ciudadela; pero me acuerdo perfectamente de haberla visto entrar en escena, en el salón del trono, dando saltitos y atada a la enhiesta cola del temible león.
Representación de guiñol
Ocho días antes de la función, Luis empezaba los preparativos. Ensayaba con los elegidos que, como en la Biblia, eran pocos. Ponían sillas en uno de los graneros y mandaban invitaciones a los chicos y chicas del pueblo de más de doce años. En el último momento, se preparaba una merienda con caramelos y merengue y, para beber, agua de vinagre con azúcar. Como creíamos que esta bebida era originaria de un país exótico, la tomábamos con deleite y unción.
Para que Luis nos dejara entrar a nosotras, sus hermanas, mi padre tenía que amenazarle con prohibir la representación.
Varios años después, y seguramente por una buena causa, el alcalde organizó un festival en la escuela municipal. Mi hermano salió a escena con un atuendo un poco raro, mitad gitano, mitad salteador de caminos, blandiendo unas enormes tijeras de esquilador y cantando. A pesar de los años transcurridos, todavía me acuerdo de la letra de la canción: «Con estas tijeras y mis ganas de cortar, me voy a España a armar una pequeña revolución.» Por lo visto, aquellas tijeras son hoy Viridiana. El público se rompía las manos de tanto aplaudir y le echaba puros y cigarrillos.”[3]
 Manuel Mindán Manero cuenta que aquellas sesiones, con guion original de Luis o cogido de algún libro, terminaban a veces con otra de «sombras chinescas». Enton­ces el novel director descorría las cortinas, colocaba en su lugar una sábana tensa, «y desde el fondo de la alcoba proyectaba sobre ella luz de una linterna mágica; unas veces combinaba imágenes que daban como resultado un conjunto absurdo o grotesco; otras veces, superponiendo sombras de objetos interpuestos entre la linterna v la sábana, conseguía resultados inesperados».
Teatro Principal Zaragoza
Un día sentó detrás de la sábana a un niño de nombre Pepe Sauras —siempre había algún representante de la numerosa familia Sauras en los espectáculos de distinta índole organizados por Luis—, y le empezó a recriminar por su torpeza en clase. No había más re­medio, ¡tenía que abrirle la cabeza para ver qué impedimenta llevaba dentro! Coger escoplo y martillo y empezar la intervención fue todo uno. Al ir apareciendo las imágenes en la sábana daba la impresión de que al pobre Pepe le hacía el cirujano improvisado un amplio agujero en pleno cráneo. Luego Luis fue sacando fuera las cosas que allí encontraba —trapos, esponjas y objetos por el estilo—, después de lo cual no quedaba más que coserle la testa al paciente y anunciar que la operación había terminado con éxito. ¡En adelante Pepe podría estudiar con provecho, liberada su cabeza de tanto lastre![4]
También comenzó Buñuel a asistir a representaciones teatrales en su niñez en Zaragoza. Gracias a los apuntes del Buñuel adolescente en los dos calendarios escolares que han sobrevivido, sabemos que ya para finales de 1914 frecuentaba con asiduidad los teatros y los cines de Zaragoza. Aquel diciembre en Parisiana disfruta con dos comedias: La alegría del vivir (de Antonio Paso y Joaquín Abati) y Los gansos del Capitolio (de Emilio Mario y Domingo de Santoval).
A mediados del mes se inaugura en el teatro Principal, donde los Buñuel tienen palco, una temporada de la compañía dramática dirigida por Francisco Morano. Después de pasar las vacaciones en el pueblo Luis acude once veces al coliseo, donde, entre otras obras de menor calado, ve dos de Calderón de la Barca —La vida es sueño y El alcalde de Zalamea— y el drama romántico del duque de Rivas Don Alvaro o la fuerza del sino.
Félix Malleu
A los zaragozanos les encandilan la ópera y la zarzuela, y Luis, llevado por su padre a partir de los 13 años, no es una excepción a la regla. En febrero y marzo de 1915 la temporada de Carnaval en el Principal corre a cuenta de una compañía que acaba de cose­char grandes éxitos en Madrid. Sus primeras figuras son el famo­sísimo barítono Emilio Sagi Barba y la tiple Rosario d'Ori. Buñuel apenas se pierde una obra: Margot (de Gregorio Martínez Sierra y Joaquín Turina), La Favorita y Lucía de Lammermoor de Donizet­ti, el Fausto de Gounod (dos veces), Rigoletto, La sonámbula de Be­llini, El barbero de Sevilla y Carmen. Tampoco falta al beneficio, la última noche, de la D'Ori, quien, según el Heraldo de Aragón, «con su belleza, donaire, su voz angelical y su arte exquisito se ha capta­do unánimes simpatías entre nuestros dilettanti, que la han procla­mado como su diva favorita».[5]
Lo contó en sus memorias: Por la noche, de vez en cuando, mis padres iban al teatro. En Zaragoza había cuatro: el teatro «Principal», que aún existe, muy bonito, con muchos dorados, en el que mis padres ocupaban un palco de abono. Allí se daban representaciones de Ópera, de teatro por alguna compañía de gira o conciertos. Casi tanto empaque como éste tenía el «Pignatelli», hoy desaparecido. El «Parisina » era más frívolo y estaba especializado, sobre todo, en la opereta. Había, por último, un circo, en el que a veces se presentaban también comedias y al que me llevaban con bastante frecuencia.
Uno de los mejores recuerdos es la opereta de gran espectáculo inspirada en Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. Tuve que ir a verla cinco o seis veces y nunca dejaba de impresionarme la caída del gran cóndor sobre el escenario.[6]
Debido, entre otras cosas, a su afición por los disfraces, que mantuvo toda su vida, cuando se trasladó a Madrid, actuó en diferentes representaciones en la Residencia de Estudiantes, sobre todo Don Juan Tenorio, pero de su afición a esta obra no voy a hablar aquí porque será tema de un próximo artículo.
Redisdencia de Estudiantes
Curiosamente en esta época podemos establecer una conexión con su infancia a través de ese pequeño teatro que le regalaron. Buñuel comenzó a interesarse por el teatro —sobre todo en el de guiñol— gracias a sus amigos Federico García Lorca, y Juan Chabás. Los tres encontraron a un hombrecito lla­mado Mayeu [Malleu] que hacía unas pequeñas representaciones para los chiquillos en el parque del Retiro, pasando después la bandeja. Juan Chabás y Luis organizaron allí espectáculos de más categoría, ayudando al hombre a hacer las piezas y a representarlas. Terminaron por llevarlo a la Residencia y or­ganizar allí algunas representaciones de este delicioso tea­tro, que Federico ya había practicado en abundancia, en colaboración con Manuel de Falla, durante los años de su adolescencia en Granada.[7]
Lo de que fueran varias representaciones no es seguro, pero lo que sí es cierto es que el 5 de mayo de 1922 dio Buñuel en la Residencia una conferencia sobre “El guiñol” muy documentada y que servía como introducción a la función que Félix Malleu ofreció a continuación.
Un año más tarde publicaría en la revista Alfar (6 de febrero de 1923) un artículo sobre el teatro: Tragedias inadvertidas como temas de un teatro novísimo.
La propuesta buñueliana de un teatro de lo inanimado enlaza con las experimentaciones teatrales de futuristas y dadaístas. Encontramos en éste su primer escrito dramático, protagonizado por un pañito de gamuza, la realización del pensamiento de Epstein, aplicado al cine, de que "los objetos tienen actitudes", que Buñuel llevaría a la pantalla con una fuerza poética quizá única; pensemos en la cuerda de saltar en Viridiana.[8]
Aún tendría Buñuel un nuevo contacto con el tema de los títeres. Se trata de la adaptación de El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla, de la que hablaremos en un artículo específico, lo mismo que de Hamlet, la única composición teatral de Buñuel.
Y para terminar, en 1971 Buñuel llegó a un acuerdo con Paco Rabal para dirigir a este y a Nuria Espert en la puesta en escena de la adaptación que hizo León Felipe del Macbeth de Shakespeare, pero cuando el proyecto salió a la luz pública Buñuel desistió de su intento.  



[1] Entrevista con Luis Buñuel, recogida en la revista Popular Films, nº 128.
[2] Max Aub: Conversaciones con Buñuel, Aguilar, 1985, pág. 51
[3] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág. 40-1
[4] Ian Gibson: Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal 1900-1938, Aguilar, 2013, págs. 85-6
[5] Ian Gibson: Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal 1900-1938, Aguilar, 2013, págs. 87-8
[6] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág. 32
[7] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, biografía crítica, Lumen, 1975, pág. 36
[8] Víctor Fuentes: Buñuel: Cine y Literatura. Salvat, 1989, Pág.: 22

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