domingo, 20 de julio de 2014

Las mujeres en la vida de Luis Buñuel:Sus amores II (1925-1946)

Buñuel se marcha a París en 1925. Aunque pueda parecernos extraño, el futuro creador de Un perro andaluz, (Un Chien andalou, 1929) y La Edad de oro (L'âge d'or, 1930), está un tanto escandalizado del comportamiento de las mujeres parisinas, tan diferente al de las españolas de la época. Hemos de recordar que Buñuel era muy conservador para determinadas cuestiones. No obstante pronto conocerá a la que llegará a ser su mujer.

Jeanne Rucar (1908-1994)

Al poco de llegar a París (1925) conoció Luis a Jeanne, que estaba con unas amigas, en el estudio del pintor Joaquín Peinado. Buñuel pensó que eran prostitutas y Peinado tuvo que convencerlo de lo contrario. A partir de entonces empezó a cortejarla. Era joven, deportista con medalla olímpica y muy guapa. Cuando empezó a salir con Jeanne todavía no había roto con Concha Méndez.
Jeanne y Luis de novios
Jeanne  relata en Memorias de una mujer sin piano que para ella el encuentro con Luis supuso un auténtico coup de foudre. El aragonés fornido y mandón, que le llevaba ocho años, le parecía muy guapo y carismático... y no hubo manera de resistir sus atenciones, insistentes desde el primer momento.[9]
Se veían una o dos veces por semana. Una de las primeras cosas que hizo Buñuel fue prohibirle que siguiera practicando la gimnasia “porque mostraba las piernas”. También le prohibió practicar el piano, probablemente para que no viera más al profesor que según parece era atractivo. Eran los síntomas del celoso español que formaban parte de la personalidad del futuro realizador. Tan celoso era ya que cuando viajaba para España le decía a su madre que no debía salir, salvo con algún amigo de su confianza.
“Luis iba a Estados Unidos, yo lo esperaba. Luis iba a España, yo lo esperaba. Siempre hemos sido muy amigos, así siempre. No hubo líos. Ha sido un caso muy raro.”[10]
Se hicieron novios y en 1934 Jeanne se queda embarazada. Por sus cartas se deduce que Buñuel no sabía lo que hacer. Apenas contestaba y dilataba la respuesta. Es posible que la causa de todas esas dudas se llamase Josefina de la Torre. Su hermana Conchita le presiona y al final se casan, tras ocho años de noviazgo y sin invitar a los padres. Como hombre celoso, sus amigos la veían poco, parecía como si la escondiera.
Creo que merece la pena recordar lo que opinaba Jeanne de su marido años después de su fallecimiento:
Única foto de la boda
“Me parece que el motivo por el cual siempre me excluyó, tanto de sus conversaciones íntimas con sus amigos, como de su vida intelectual, fue su machismo: Luis fue un macho celoso. Su mujer debía ser una especie de niña-mujer sin madurar. Nunca me habló de sus proyectos, sueños o guiones, de cómo manejar el dinero, de política, de religión. No tuvimos ni ideas ni responsabilidades compartidas. Él decidía todo: a dónde vivir, las horas de comer, nuestras salidas, la educación de los hijos, mis aficiones, mis amistades. Siempre festejó mis ocurrencias, la comida que le preparé, a diario, desde que nos casamos, la ropa que me confeccionaba. Me alentó en el bordado y en la costura: ambos se hacen en casa. Siempre fue cariñoso y me protegió. Sé que ya no se estila ese tipo de relación en la pareja, que las mujeres jóvenes exclamarían: «Qué horror.» Para mí no fue un horror, en verdad fui feliz. ¿A quién no le gusta ser protegida por el hombre al que ama?”[11]
En 1934, mientras Jeanne estaba embarazada en París preparando la boda, Buñuel tenía “otro amor” aquí en España:

Josefina de la Torre Miralles (1907-2002)

Josefina  era hermana del escritor Claudio de la Torre, amigo de Buñuel de los días de la Residencia de Estudiantes y que le había conseguido un puesto en París como doblador al español en la Paramount.
De gran belleza y muy dotada: pianista, actriz, atleta, cantante y poeta, había colaborado en La Gaceta Literaria, había publicado dos libros de versos y era, a juzgar por sus fotografías, una Lee Miller en versión española, aunque más atlética
Es posible que Josefina y Luis se conocieran por primera vez en París a raíz de una visita de la joven a su hermano en los estudios de la Paramount en 1931. Lo cierto, en todo caso, es que la atrac­ción fue mutua cuando, en junio de 1934, la canaria fue contratada por la empresa para doblar y otros menesteres.
Josefina de la Torre
Dirigidos por Claudio, Josefina y Buñuel trabajaron juntos en el doblaje de Miss Fane's Baby is Stolen, de Alexander Hall (estrena­da al año siguiente en España con el título de Un secuestro sensacio­nal). Josefina se encargó de poner voz a la protagonista (la actriz Dorothea Wieck), y Buñuel, a uno de los secuestradores.
 Según declaraciones de la actriz: “la relación  trascendió el plano meramente profesional, hasta el punto de que algunos familiares aseguran que llegaron a hablar de boda. Se trató de algo más que de un flirteo pero desistieron ante la durísima oposición de la madre de Josefina”.
Cabe suponer, de todas maneras, que constituyó para Buñuel un gravísimo problema en momentos en que Jeanne, embarazada de tres meses y al parecer sin saber nada de lo que ocurría, estaba preparando su boda.[12] Josefina declaró: “la atracción fue mutua. Mantuvimos una relación idealizada, que nunca llegó a consumarse por nuestras circunstancias personales.”[13]
Pero eso no es todo porque por aquellos años también había otra mujer. Y esta estaba profundamente enamorada de Luis: Tota Cuevas.

María de las Mercedes Adela Atucha y Llavallol (1887-1970)

Conocida como Tota es la condesa de Cuevas de Vera, nacida en Buenos Aires y casada con el noble español Carlos Caro y Potestad, I Conde de Cuevas de Vera. Entre 13 y 15 años mayor que Buñuel y aunaba una serie de características muy singulares de la modernidad: conexión con la nobleza, dinero, interés por la cultura, las artes y el deporte, la moda, el tabaco y el glamour, residencia en París, cierta militancia política, compromiso con el feminismo, un fuerte sentido proteccionista que les lleva al coleccionismo y al mecenazgo, todo ello aliado a un concepto del amor libre (cuando no fou en el sentido surrealista) que les hace ser profundamente enamoradizas y utilizar su indudable atractivo en todos los órdenes (aunque parece que a Tota le fallaba el físico) para tener una decisiva influencia en las carreras y en las trayectorias de poetas, músicos, cineastas y artistas en general. Se encuentra plenamente integrada dentro del ambiente surrealista y que pertenece al núcleo de influencias en que se desenvuelve Buñuel, dentro de una etapa, entre 1931-32, en la que labrarían su amistad.
Josefina de la Torre
Eduardo Paz la describe así: María de Atucha, a quien todos llamábamos Tota, era bajita -dicen que también bizca, pero yo nunca me di cuenta-, muy pintada, muy escotada y muy bronceada porque nunca pasaba el invierno en ninguna parte. Usaba bikini de vieja. Tenía anteojos con estrellitas y, a veces, hasta estrellitas en la cara. La boca tipo Joan Crawford, enorme.
El peculiar estilo de Tota Cuevas era ajeno a los prejuicios de su época y de su clase, exhibía un desenfado poco común y una forma de hablar donde no faltaban las frases punzantes y las ironías mordaces a la manera de una lady inglesa de comedia de Oscar Wilde. Su inteligencia ríspida y caústica, decía Roger Caillois, a menudo disimulaba su verdadera sensibilidad. (Carta a Victoria Ocampo, 4 de septiembre de 1970.)
Ese modo de vida desinhibido resultaba escandaloso para la pacata sociedad de la época; por los salones circulaban anécdotas dudosas, pero convertidas en mitos.[13bis]
Tota se va a convertir en una de las personas más decisivas de los años oscuros de Buñuel pues, tras los años de máxima intensidad (1934-1936) de su relación, va a reaparecer en varias ocasiones en el período de su exilio americano: en las cartas que se cruzan entre 1938 y 1946 Buñuel y Ricardo Urgoiti el interés del primero por localizarla va parejo a la seguridad que tiene de que puede ser de una gran ayuda económica para sus proyectos de trabajar en el cine y sacar adelante a su familia en tan difíciles momentos.
Tota Cuevas
Se conservan una serie de cartas que le escribió a Luis Buñuel, en las que sobresale la gran pasión que Tota siente por Buñuel, como lo demuestra este fragmento de una carta, de fecha incierta, aunque posiblemente posterior a las elecciones de 1936: “Lo que quisiera es pasar 3, 4, 5, días contigo y ver. Si nos peleamos, si no tenemos nada que decirnos, si te hartas, si me harto, si estamos contentos. Para mí una jaula, alpiste y la puerta abierta cuándo tú quieras y que no me llames “Darling” porque me asusta. Para ti todas las estrellas y tu cabeza que dá [sic] vueltas como un molino para ver todo. Incluso llega a pedirle en alguna de sus cartas que deje de beber y fumar, como hacía su madre en las suyas.
Sin embargo desconocemos cuáles eran los sentimientos de Buñuel hacia ella. ¿Sirve de algo este fragmento de otra carta de Tota de 1935: “Viajé bien, pero llegué a la frontera con un duro, ni un céntimo francés. Eres un miserable, Luis, te pedí que me dieras un poco de dinero para el viaje y me quitaste los pocos francos que tenía en la cartera. Todos los hombres son unos sinvergüenzas y la mujer es siempre la sacrificada.”[14]

 Los años 30 le dieron por lo que se ve mucho trabajo a Luis Buñuel, pues según cuenta en sus memorias, también tuvo una aventura en Madrid en el año 1935, cuando era productor ejecutivo de Filmófono. Durante el rodaje de La hija de Juan Simón se enamoró de una chica de 18 años.
Conocí en Madrid a una bella figurante de apenas diecisiete o dieciocho años, de la que me enamoré. La llamaremos Pe­pita. Muy inocente al parecer, vivía con su madre en un pequeño pisito.
Empezamos a salir juntos, a ir de excursión a la sierra, a frecuen­tar los bailes de la Bombilla, junto al Manzanares, sosteniendo unas relaciones perfectamente castas. Yo tenía en aquella época el doble de edad que Pepita y, aunque muy enamorado de ella (o precisamente a causa de este amor), la respetaba. Le cogía la mano, la estrechaba con­tra mí, la besaba frecuentemente en la mejilla, pero, pese a la existen­cia de un verdadero deseo, nuestras relaciones se mantuvieron pura­mente platónicas durante casi dos meses. Todo un verano.
Buñuel en 1932
La víspera de un día en que íbamos a salir los dos de excursión, vi llegar a mi casa, hacia las once de la mañana, a un hombre que yo conocía, que trabajaba en el cine. Más bajo que yo, sin nada extraor­dinario en su aspecto físico, tenía fama de seductor.
Charlamos un rato de cosas intranscendentes, y, luego, me dijo:
¿Vas mañana a la sierra con Pepita?    
¿Cómo lo sabes? —pregunté, asombrado.
Estábamos acostados juntos esta mañana, y me lo ha dicho.
—¿Esta mañana?
—Sí. En su casa. Me he marchado a las nueve. Me ha dicho: «Ma­ñana no podré verte, porque voy de excursión con Luis.»
Yo no salía de mi asombro. Evidentemente, el hombre había ve­nido sólo para decirme eso. No podía creerlo. Le dije:
—¡Pero no es posible! ¡Vive con su madre!
—Sí, pero su madre duerme en el cuarto de al lado.
En varias ocasiones, yo había visto a este hombre dirigirle en el estudio la palabra a Pepita, pero nunca le había concedido mayor im­portancia a la cosa. Me quedé helado.
—¡Y yo que la creía completamente inocente! —exclamé.
—Sí, lo sé —repuso él.
Dicho lo cual, se marchó.
Ese mismo día, a las cuatro, Pepita vino a verme. Sin hablarle la visita de su amante, disimulando mis sentimientos, le dije:
—Mira, Pepita, tengo que proponerte una cosa. Me gustas mucho y quiero que seas mi amante. Te doy dos mil pesetas al mes, sigues viendo con tu madre, pero haces el amor conmigo. ¿Aceptas?
Ella pareció sorprendida, me respondió sólo con unas pocas palabras y aceptó. Seguidamente, le pedí que se desnudara, le ayudé a hacerlo y la estreché, desnuda, entre mis brazos. Pero el nerviosismo, emoción, me paralizaron.
Media hora después, le propuse que fuéramos a bailar. Montamos en mi coche, pero, en vez de dirigirme hacia la Bombilla, salí de Madrid. A unos dos kilómetros de Puerta de Hierro, detuve el automóvil hice bajar a Pepita al arcén y le dije:
—Pepita, sé que te acuestas con otros hombres. No me digas que no. Así que adiós. Ahí te quedas.
Rosita Díaz
Di media vuelta y regresé solo a Madrid, dejando que Pepita yo viese a pie. Nuestras
relaciones terminaron aquel día. Volví a verla varias veces en el estudio, pero no le dirigí la palabra más que para indicaciones puramente profesionales. Y así terminó mi historia de amor.
Para ser sincero, me arrepentí de mi actitud y todavía lamento haberla adoptado entonces.
En la época de nuestra juventud, el amor nos parecía un sentimiento poderoso, capaz de transformar una vida. El deseo sexual, que le era inseparable, se acompañaba de un espíritu de aproximación, de conquista y de participación que debía elevarnos por encima de lo meramente material y hacernos capaces de grandes cosas.[15]
Luego vino la Guerra Civil, Filmófono se acabó y la familia Buñuel se fue a París. De allí se fueron en 1938 a EE. UU y es en este país donde se produjo el último enamoramiento conocido:

Rosita Díaz Gimeno (1911-1986)

Actriz española que estuvo casada con el hijo del presidente de la República Juan Negrín. Se conocieron en la época en que Buñuel trabajó para la Paramount en Joinville (París) y luego, durante el exilio, se hicieron amigos en EE. UU., donde Rosita y su marido Juan Negrín Jr. fueron los padrinos del bautizo de Rafael, el hijo de Buñuel, en 1940.
Jeanne Rucar, la mujer de Buñuel, dijo de ella: «Era una mujer guapa, con personalidad, a Luis le encantaba. Desde antes eran amigos de Luis pero yo los conocí en Nueva York... Tenían bastantes joyas. Nos hicimos íntimos».[16]
Rosita y Buñuel, 1940
Buñuel le contó a Max Aub: En Nueva York, Jeanne vivía bastante lejos, quiero decir, vivíamos bastante lejos, y se ocupaba de los niños. Teníamos poco dinero. Yo trabajaba en el Museo (MoMA) y me enamoré de R. [Rosita] Luego añade: hoy me alegro de que no pasara nada. Para mí la mujer de un amigo es sagrada. ¿Pero de verdad no ocurrió nada? El 17 de enero de 1972, seis meses antes de morir, Max Aub escribió en el diario que Buñuel regresaba desencantado de España por haber estado enfermo: Hablamos largo de R. D., [Rosita Díaz] traída a cuenta por Sert. Nada nuevo, algunas precisiones inútiles pero graciosas: J. [Juan Negrín, su marido] en el andén del metro del tren en Long Island, y él [Buñuel] con R. [Rosita] apretujados en el vagón, besándose con afán, por vez primera» (Max Aub, Diarios 1939-1972). Este episodio ocurrió en Nueva York en 1940. [17]
Javier Durán señala que: Buñuel andaba loco por los huesos de esta mujer con ideas, nada  dispuesta a ser igual que Jeanne (la esposa del cineasta y sufridora de su machismo)... Buñuel y Rosita tenían el imán del cine, e incluso el director aragonés pensó en ella para una serie de proyectos entre Nueva York y Buenos Aires que no llegaron a cuajar. Rosita Díaz no tenía nada que ver con el prototipo de mujer que sobrevivía en la España de posguerra: llegó a ser del consejo asesor de Lengua y Literatura Romances de la Universidad de Princeton.[18]

De sus años en México, su mujer opina que le fue fiel. Yo la verdad no pondría la mano en el fuego:
·         Cuando filmaba en Cuernavaca recibió Buñuel una carta de una mujer que  vivía en la plaza de los Vosgos que le decía: “Si continúas ignorándome voy a tomar a tu hijo como amante.”[19]
·         Jeanne Moreau se enamoró de su inteligencia tras trabajar en Diario de una camarera y habría querido tener algo con él. Así lo confesó.
·         Cuando rodaba Ese oscuro objeto del deseoSucedió... una calamidad: me enamoré...Ella es todo: la sensualidad y la inocencia. Moriré y no la olvidaré...[20] Se refiere a Ángela Molina, evidentemente.

Y concluimos con unas palabras de Luis Buñuel:
Por diversas razones– en el primer lugar de las cuales se encuentra, sin duda, mi timidez–, la mayoría de las mujeres que me gustaban permanecieron inaccesibles para mí. Sin duda también, yo no les gustaba. En cambio, me ha ocurrido verme perseguido por algunas mujeres hacia las que yo no me sentía atraído. Esta segunda situación me parece más desagradable aún que la primera. Prefiero amar que ser amado...[21]

Para ver Las mujeres en la vida de Luis Buñuel: Sus amores I (1900-1924)

[9] Ian Gibson: Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal. 1900-1938, Aguilar, 2013, pág. 187
[10] Max Aub: Conversaciones con Buñuel, Aguilar, 1984, pág. 331
[11] Es una composición de lo contenido en: Jeanne Rucar de Buñuel: Memorias de una mujer sin piano. Alianza editorial, 1990. Está sacado del post de este blog: Buñuel visto por…Jeanne Rucar
[12] Ian Gibson: Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal. 1900-1938, Aguilar, 2013, págs. 569-70
[13] José Manuel Martín Fumero: Las otras voces de la lírica insular de vanguardia, Universidad de La Laguna, pág. 342
[13bis] Juan José Sebreli: Cuadernos, Editorial Sudamericana, 2010, ebook, s/p
Ángela Molina
[14] Javier Herrera: Abismos de pasión en la realidad. Cartas inéditas de Tota Cuevas de Vera a Luis Buñuel (1934-36) Letras peninsulares, v22.1, spring, 2009, págs. 163-190
[15] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág.145-6
[16] Fernando Gabriel Martín: El ermitaño errante. Buñuel en Estados Unidos, Tres fronteras ediciones, 2010, pág. 503
[17] Fernando Gabriel Martín: El ermitaño errante. Buñuel en Estados Unidos, Tres fronteras ediciones, 2010, pág. 503-5
[18] Javier Durán: Luis Buñuel y Negrín Jr. cómplices en el exilio, La provincia, 23/12/2011. Tomado de la web: http://ocio.laprovincia.es/cine/noticias/nws-42803-luis-bunuel-negrin-jr-complices-exilio.html
[19] Jeanne Rucar: Memorias de una mujer sin piano, Alianza, 1991, pág. 105
[20] Francisco Sánchez: Siglo Buñuel. Pág. 164
[21] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés, 1982, Pág.145

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