jueves, 5 de diciembre de 2013

Las aficiones de Luis Buñuel: los disfraces, el hipnotismo y las armas de fuego

Vamos a tratar aquí de tres aficiones poco conocidas de Luis Buñuel. Primero los disfraces.
Adoro los disfraces, y eso desde mi infancia…El disfraz es una experiencia apasionante que recomiendo vivamente, pues permite ver otra vida. Cuando va uno de obrero, por ejemplo, se ofrecen automáticamente las cerillas más baratas1...Nos disfrazábamos de todo: de barrendero, de ujier universitario, de cura. Era como una divertida forma de explorar las clases sociales2...
Me he disfrazado muchísimo, de todo Nos disfrazábamos, entre otras cosas, por lo menos yo, para ver la sociedad desde otro punto de vista. Vestidos de obreros, sin afeitar, con boina, el mono sucio, una bufanda, la gente no nos hacía caso. Ibas a un estanco y te despa­chaban el último. Pedías cerillas y no había duda: te las daban de cinco céntimos. Por la calle las niñas ni te miraban.
Buñuel, Juan Vicens, Jeanne Rucar y su hermana
También de cura. Con quien más me he disfrazado, y de todo, es con Navás, de paleto, de obrero. Bueno, de obrero me disfracé con Federico, y anduvimos por todas partes. Me acuerdo que nos tropezamos con Melchor Fernández Almagro y con José de Ciria y Escalante —¿te acuerdas de Ciria?—, que salían del café Regina, y nos tropezamos duro con ellos. Yo le di un empujón a Mel­chor, y empezamos a insultarles: «Estos cochinos señori­tos que no saben a dónde van». No nos conocieron. ¡Que no se conocieran Melchor y Federico! ¡Es fenomenal eso de disfrazarse! Me he disfrazado de todo. Un día me disfracé de alférez de Sanidad. Era un uniforme que tenía el doctor Pascua, que había hecho su servicio militar en Sanidad, como es natural. Debió de ser el año 21 cuando yo hacía mi servicio militar. Si me cogen, eran cinco años de cárcel. Lo mismo que cuando me vestí de cura. Era el mismo castigo. Como sabes, yo hacía mi servicio militar con Juan Chabás. Lo primero que hice fue ir a casa de Chabás. Él me recibió temblando y no me reconoció. Solo cuando entré y pasamos el pasillo, se dio cuenta. Pero no es solo eso: en la calle de Carretas, servía yo en Artillería, me crucé con dos de mi batería. No me salu­daron. Entonces me volví y les dije: «Oigan, ¿no saben cómo se debe saludar a un oficial?». Se quedaron muy azorados y no me reconocieron. Les dije: «Pues ahora mismo se presentan en el cuartel y le dicen al oficial de
guardia lo que ha sucedido y que les arresten». Al día siguiente estuve con ellos y les pregunté: «Qué os pasó ayer?». «Nada. Un cabrón alférez que nos quiso mandar aquí a que nos presentáramos para que nos arrestaran... Claro que no lo hicimos».
Buñuel de don Juan Tenorio
Un día me vestí de cura y llevé otra sotana para Fe­derico. Las saqué de una casa que había en la Corredera Baja, que alquilaba trajes para el teatro. Nos habíamos ci­tado a las siete en la glorieta de Colón. No vino. Pasaba el tiempo, pasaba el tiempo, y por allí rondaba una pareja de la Guardia Civil. Y yo sin saber qué hacer. A las siete y media ya no pude más y me fui a la Residencia. Federico llegó a las ocho y media y no me dijo ni pío. Con Navás hicimos muchas barbaridades. Él iba vestido de paleto y yo, de bedel de Veterinaria. Íbamos a los restaurantes y, por ejemplo, se comía los plátanos con cáscara y todo, y yo hacía señales desesperadas a los demás y decía: «Mi primo llega del pueblo». En la calle, en los tranvías, a base de lo mismo, hacíamos toda clase de tonterías. Hasta íba­mos a casas non santas. Entreabrían el ventanillo: «Aquí está mi primo, que viene a ver si puede...». Cerraban el ventanillo. Volvíamos a llamar, y Navás sacaba un pañue­lo de yerbas y empezaba a hacer y deshacer nudos hasta sacar dos o tres duros. Y nos volvían a cerrar el ventanillo. Sí, me he disfrazado mucho. De bedel, de portero... Pero eso no es nada al lado de las cosas que hacían Federico y Dalí. Entre otras cosas, lo que les gustaba era estafar a los sudamericanos. A los diplomáticos. Les pegaban unos sablazos como de, por ejemplo, cien o doscientas pesetas. Y echaban a correr.
Max Aub.: Se dice que Federico y tú solíais subir a los tranvías disfrazados de monjas.
L.B.: No. Lo de los tranvías de Madrid, ya lo sabes, lo cuen­ta todo el mundo. Lo de la monja ya te lo conté tam­bién: fue en París, con Juanito Vicens. Me vestí de mon­ja pero todo arreglado: pintada la boca de corazón. Vicens iba de cura. Era para el baile en Bullier, el baile de Quat'z'Arts, pero antes fuimos a La Closerie des Lilas. Pedimos algo y yo me senté encima de las rodillas de Vicens... Fue la noche en que Rafael Sánchez Ventura se vistió de niño de primera comunión. Es uno de sus grandes recuerdos porque dice que tuvo más éxito que en todos los otros.3
Buñuel disfrazado de monje durante el rodaje de Él
Disfrutaba vistiéndose de monja. En una ciudad tan dada a los bailes de disfraces como París, hallaba muchas oportunidades para ello, y Buñuel solía ponerse una cofia almidonada y un hábito y completaba el efecto con maquillaje y una expresión de santidad. Se paseaba por París acompañado de Viñes o Vicens de la Slave vestidos de monjes. En los autobuses pellizcaban o metían mano a las mujeres que, cuando se volvían para protestar, se encontraban con sus miradas piadosas o un pestañeo malicioso. Buñuel justificaba esa costumbre por lo que de anticlerical tenía, aunque también la encontraba sexualmente excitante.4
"Esta afición por los disfraces le lleva inevitablemente al teatro. Buñuel es uno de los más activos participantes en todos los montajes teatrales que se llevan a cabo en la Residencia."5
A Buñuel el travestismo le gustaba y le interesaba. Sentía como si sus vivencias se enriqueciesen al meterse en el pellejo de otra persona. Por otra parte, el interés por el travestismo y el disfraz o su utilización como elemento provocador estaba muy acorde con el espíritu surrealista.6 Una muestra la encontramos en Viridiana en la escena en que don Jaime se calza el zapato de su difunta esposa y en Ensayo de un crimen donde el niño se pone ropas de su madre. Buñuel por otra parte sale disfrazado de monje al final de Él, y de marista en la pasarela de La edad de oro y actúa de cura en En este pueblo no hay ladrones.

En segundo lugar, el hipnotismo:
Orden de Toledo: Buñuel disfrazado de cura
Su interés por el hipnotismo data de la época de su juventud en Madrid (1917–25) Llegó a practicarlo de los veinte a los veintitrés… Una vez, en no sé qué teatro, había un hipnotizador que invitó a quien quisiera del público a subir al escenario para hipnotizar a cualquiera de los que estaban ahí. Subimos otra perso­na y yo, y, efectivamente, miré a una de las personas que estaban allí, la apunté con el dedo y le dije: «Duérmete». Y se durmió. Luego hice muchas experiencias y muchas cosas de hipnotismo y de transmisión del pensamien­to. Entonces estudiaba yo para ingeniero y me reunía en Fornos con un grupo de estudiantes de medicina…íbamos a los burdeles de la calle de la Reina...Me sucedió una cosa curiosa. Teresita era la más guapa, y yo la hip­notizaba, la dormía, con cierto trabajo, pero lo curioso es que su hermana, que era muy fea, con un párpado colgando, horrible, y que trabajaba al lado, en la cocina, era una médium estupenda y, cuando yo quería dormir a Teresita, la que recibía los efectos inmediatos era Rafaela. Porque la hermana se llamaba Rafaela…Evidentemente, estaba enamorada de mí. Era una muchacha callada, fea.
Viridiana: don Jaime poniéndose el zapato de su esposa
…Una noche, en la Residencia, dormí al ca­jero. Fue muy fácil. Le hice abrir la caja y que me diera el dinero. Luego quise despertarlo, pero no pude. Me asusté mucho. Lo subí a mi cuarto, creo que con Centeno. Allí estuvimos hablando en voz baja hasta que a la media hora empezó a moverse y le mandé que se despertara. Lo hizo enseguida. «¡Ay, señor Buñuel! ¡Ay, señor Buñuel! ¡Cómo será usted!». Le di el dinero y se fue corriendo. Hicimos muchos experimentos en el estudio de Camino Galicia. A Emilio lo dormí muchas veces; a Federico, no. Se resistía. Luego me asusté y lo dejé estar.7
Aunque no encontremos restos de su  afición al hipnotismo en su obra, en su opinión el cine provoca otro tipo de hipnosis: Creo que el cine ejerce cierto poder hipnótico en el espectador. No hay más que mirar a la gente cuando sale a al calle, después de ver una película: callados, cabizbajos, ausentes...La hipnosis cinematográfica, ligera e imperceptible, se debe sin duda, en primer lugar a la oscuridad de la sala, pero también al cambio de planos y de la luz y a los movimientos de la cámara, que debilitan el sentido crítico del espectador y ejercen sobre él una especie de fascinación y hasta de violación. Por eso a Buñuel siempre le ha interesado mucho tener la cámara en movimiento. Lo que Jean–Claude Carrière confirma: “(Buñuel) cree firmemente en la fascinación de la cámara en movimiento. No concibe, ni aun siquiera cuando trabaja en el guión, un plano fijo. Sin embargo, no quiere que se noten jamás los movimientos. Estos son imperceptibles y los coordina tan bien con los de los personajes que no nos damos cuenta de ellos, creando una especie de hipnosis inconsciente”8
Ensayo de un crimen: El niño con las ropas de su m

Por último, las armas de fuego:
Desde muy joven, tuve gran afición a las armas de fuego. A los catorce años apenas cumplidos, me había hecho con una "Browning" que siempre llevaba encima, clandestinamente, por supuesto...  A veces cogía la pistola grande de mi padre y me iba al campo a hacer puntería.9
Mi afición por las armas se la debo a mi padre... en La Habana vendía de todo... incluso armas... La casa Smith y Wesson... le regalaba algún revólver... Cuando yo estaba malo, a  veces, mi padre entraba en mi habitación a verme y me prestaba o me regalaba alguna.10
...Siempre me han gustado las armas, desde mi infancia. Hasta estos últimos años en México llevaba siempre una encima. Pero debo precisar que nunca la utilicé contra mi prójimo.11
He poseído hasta 65 revólveres y fusiles... He practicado el tiro un poco por todas partes, incluso en mi despacho...No se debe disparar jamás en una habitación cerrada. Así perdí yo una oreja en Zaragoza.12
Tengo la pasión de las armas y fabrico yo mismo mis cartuchos. Mi sueño era meter en ellos una carga de pólvora tan débil que si se hacía un disparo sobre un hombre, la bala sería detenida por las ropas y caería a tierra, sin haber ni siquiera rasguñado la tela. Ensayé con un viejo abrigo. Los resultados fueron satisfactorios. Proyecté invitar amigos a mi casa para pedirles que tiraran sobre mí, con estos cartuchos especiales...Antes quise ensayar la experiencia ante Juan Luis y le dije: "Voy a tirar sobre el periódico y verás como la bala no atraviesa el papel". Por precaución situé detrás de mi blanco un anuario telefónico. Disparé. La bala atravesó el periódico y el grueso volumen casi por entero. Si la hubiera disparado contra un hombre, lo habría matado.13
 Tenía fusiles, máuseres, revólver, pistolas. Tenía una especie de caracola para disparar...Yo recuerdo haber ido por las calles de México en su coche y en la guantera llevaba un revólver.14 Tenía un salón “que podía ser un galeón o la sala de armas de un club a al antigua. Allí, en medio del recinto estaba Luis Buñuel, completamente desnudo. Pero esto no es tan asombroso como ver (y oír) a Buñuel con un revólver- descargando  balazos contra una diana aparentemente en fuga. Buñuel tiraba al blanco y el estruendo de cada disparo lo multiplicaba un eco tronante. Pero Buñuel disfrutaba este placer de tirar tiros por gusto.15
Solíamos ir a menudo a un club de tiro, en la carretera de Toluca, a las seis o las siete de la mañana, a disparar con un rifle de gran calibre. Después nos esperaba un desayuno de huevos rancheros mexicanos, un café y un pitillo. Luego practicábamos el tiro rápido de pistola, contra silueta, hasta que regresábamos a casa a limpiar las armas. Él cargaba sus propias balas con bastante pólvora.16
Tenía muchas. Cuando yo ya era mayor, en México, íbamos a menudo al club de tiro de Cuautomoc, que estaba en la carretera de Toluca.17
Esta es una más de las contradicciones de don Luis. Le gustaban mucho las armas, pero huía de los conflictos armados. Las manos que cargan las pistolas en Belle de jour son las de Buñuel (Ver post de cameos).

NOTAS:
1 Luis Buñuel: Mi último suspiro.  Pág.:221
2 Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Pág.:18
3 Max Aub: Luis Buñuel, novela, Cuadernos del vigía, 2013, págs. 81-2
4 John Baxter: Luis Buñuel. Pág.: 70
5 Carlos Barbachano: Buñuel. Pág.: 44
6 Julio Diamante, en: AA. VV.: Camino y encuentro con Luis Buñuel. Pág.: 82
7 Max Aub: Luis Buñuel, novela, Cuadernos del vigía, 2013, págs. 78-9.
8 Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel. Pág.:28
9 Luis Buñuel: Mi último suspiro.  Pág.:32
10 Max Aub: Conversaciones con Buñuel. Pág.:41
11 Luis Buñuel: Mi último suspiro.  Pág.:202
12 Luis Buñuel: Mi último suspiro.  Pág.:219
13 Georges Sadoul, en: Viridiana (Era). Pág.: 32
14 AA. VV.: Testimonios sobre Luis Buñuel En: Turia, nº 28-29. Pág.: 217
15 Guillermo Cabrera Infante, en: Raúl Carlos Maícas: Miradas sobre Buñuel En: Turia, nº 50. Pág.: 184
16 Juan Luis Buñuel : Buñuel 100 años. Prohibido... Pág.: 127
17 Juan Luis Buñuel : En torno a Buñuel. Pág.: 135


No hay comentarios:

Publicar un comentario