domingo, 16 de agosto de 2015

Recuerdos medievales del bajo Aragón



El texto Recuerdos medievales del bajo Aragón apareció publicado en 1976 en el Libro de Aragón.[1]
Jean-Claude Carrière nos aclara su origen: A finales de los años 70, en San José Purúa, Luis me pidió escribir con él un capítulo para una revista aragonesa sobre su infancia en Calanda, especialmente sobre los tambores de Calanda, que yo conocía, había oído en sus películas y en la televisión, y que se llamaba "Recuerdos medievales del Bajo Aragón". Paramos unos días de trabajar en el guión ¡sin decírselo a Silberman! para trabajar en una obra literaria, la única vez, antes del libro, que trabajamos sobre obra literaria. Creo que se ha
publicado. Yo lo escribí en fran­cés, y lo tradujo Luis. Este capítulo se corrigió muy poco para "Mi último suspiro", era muy importante para él el recuerdo infantil, sen­tía veneración por la época de su infancia, desde principios de siglo hasta la Primera Guerra Mundial. Jamás en su obra quería localizar una película en este período, para no violentar el tiempo de su infan­cia. Me contaba, por ejemplo, que un día, en un periódico de Zara­goza salía en primera página, como noticia principal, que un obrero se había herido por caer de una bicicleta, y me decía Luis: "aquel tiempo era maravilloso, no sería posible ahora, aquel tiempo de paz".[2]
Sobre el texto Sánchez Vidal ha señalado: "Muchos de los mejores rasgos estilísticos de su autor quedan aquí de manifies­to: economía de recursos, que procede de la nitidez de los perfiles y la claridad de las imágenes evocadas; enorme seguridad de trazo, aparentemente desmañado, pero resultado consciente de quien está acostumbrado a mirar tras el objetivo de una cá­mara y constatar fríamente lo más atroz, lo más delicado o lo más explosivo con igual serenidad, reconduciendo todos los delirios y dispersiones irracionales hacia lo concreto. Obviamente, es el tono documental de Las Hurdes: datos exactos, escue­tos y precisos dirigidos directamente hacia la eficacia y evocación del dibujo.
En él se distribuyen estratégicamente, con la persistencia de sus obsesiones, los grandes motivos de la poética de Buñuel: tambores de Calanda, constancia de la muerte a partir del burro putrefacto, el erotismo, el anticlericalismo a través de la crónica de El Motín (ya tan buñuelesca), el carnuzo y la amputación en el Milagro de Miguel Pellicer, etc., etc."[3]
Este texto de los años setenta Buñuel lo retocó y amplió en su libro Mi último suspiro.  El capítulo del libro que habla del tema recibió el nombre de Recuerdos de la Edad Media. A los tambores de Calanda le dedicó el capítulo siguiente.
A continuación hago una comparativa entre el texto original (columna de la izquierda) y su revisión para el libro. Las ampliaciones de esta última están subrayadas. Observen que varias de estas ampliaciones son para ampliar detalles relacionados con la religión.
 En esta comparativa hay que tener en cuenta las siguientes aclaraciones:
·       La única parte del texto Recuerdos medievales del bajo Aragón  que no aparece en el libro Mi último suspiro está escrito en letras rojas.
·       Los temas de los tambores de Calanda y el milagro de Calanda no siguen en el libro el orden del texto original y están mucho más desarrollados en su nueva versión. Aquí no he incluido estos dos textos del libro por no hacer esta página excesivamente larga.
Recuerdos medievales del bajo Aragón
Mi último suspiro
Apenas contaba catorce años cuando salí de Aragón por primera vez. Iba invitado a casa de una familia amiga que veraneaba en Vega de Pas (Santander). Al atravesar el país vasco me quedé maravillado ante el paisaje, polo opuesto del que hasta entonces había sido mi "hábitat". Nieblas, lluvia, bosques húmedos de helechos y mus­gos... Esa impresión deliciosa todavía persiste en mí. Adoro el Norte, el frío, la nieve y las grandes montañas surcadas de torrentes.

 

 Mi tierra del Bajo Aragón es fértil pero adusta y extremadamente se­ca. Podía transcurrir un año o incluso dos sin que las nubes bogaran por aquel cielo impasible. La angustia de la sequía era permanente. Cuando un cumulus aparecía tras las montañas algunos labradores y socios del Casino Industrial y Mercantil venían a mi casa, coronada en el tejado por un pequeño pitañar u observatorio, para acechar el lento avance de la nube y se entristecían: "Viento del Sur. Pasará de largo" Y en efecto, la nube se largaba sin regalar al campo ni una gota de agua.

La madre de Buñuel saliendo de la iglesia en Calanda


En mi pueblo —hablo de los años de mi adolescencia, hacia 1913—puede decirse que vivíamos en plena Edad Media. Era una sociedad ais­lada, inmóvil, con una diferencia de clases muy marcada. El respeto y subordinación del pueblo trabajador hacia los señores era total. La vida del pueblo dirigida por las campanas de la torre del Pilar se deslizaba ho­rizontalmente en admirable y ordenada quietud sobre todo si se la com­para con la horrible vorágine y prisa de nuestros días. Las campanas[4] se­ñalaban las horas religiosas: misas, vísperas, ángelus, toque de agonía, sones de la campana grande, graves, profundos, para la muerte de un adulto o la de otro bronce menos triste para la de un niño: arrebato en caso de incendio o bandeo de gloria los Domingos y fiestas solemnes.








 



No llegaban a cinco mil los habitantes de mi pueblo: Calanda[5].
El pueblo dista dieciocho km. de Alcañiz hasta donde se podía ir en tren desde Zaragoza. Pocos forasteros llegaban a Calanda excepto en las fiestas del Pilar o las ferias de Septiembre. Pero diariamente hacia medio día, aparecía en medio de una gran polvareda la diligencia de Ma­cán, tirada por mulas. Traía el correo y algún que otro errabundo via­jante de comercio. El primer automóvil fue un Ford que compró Don Luis González en 1919. Era este persona liberal y moderna, tipo perfec­to de anticlerical decimonónico. Doña Trinidad, su madre, de familia noble sevillana, viuda de un general que había sido ayudante de Espar­tero, era una dama refinada de quien las señoras del pueblo evitaban la amistad por culpa de ciertas indiscreciones de su servidumbre. Doña Trinidad empleaba para sus abluciones íntimas un aparato cuyo uso escandalizaba a las púdicas señoras, que indignadas, con amplio gesto dibujaban su contorno muy parecido al de una guitarra.

Casa de la los Buñuel en Calanda

Este mismo Don Luis jugó un papel importante cuando llegó al Bajo Aragón la plaga de la filoxera. Las viñas morían sin remedio. Los cam­pesinos se negaban rotundamente a arrancar las cepas y a substituirlas por otras de vid americana. Un ingeniero agrónomo venido expresamen­te de Teruel colocaba en el salón de sesiones del Ayuntamiento un mi­croscopio binocular con una muestra de la cepa hirviente de parásitos para que los del pueblo pudieran observarlos con sus propios ojos. A pe­sar de ello seguían negándose a sustituir las plantas enfermas por las resistentes a la plaga. Don Luis, arrancó todas sus vides y como le amenazaran de muerte se paseaba rifle al brazo por su viña recién plantada de vid americana. Esa tozudez colectiva, tan aragonesa, se rindió a la evidencia y pronto fue aceptado el cambio.

El Bajo Aragón produce el aceite más fino de España. Algunos años la cosecha era espléndida pero los de sequía, la arañuela dejaba los ár­boles mondos de fruto. Campesinos de Calanda considerados como gran­des especialistas eran requeridos para la poda de olivos en Jaén y Córdo­ba. A principios del invierno comenzaba la recolección y durante el tra­bajo los campesinos solían cantar a dos voces la Jota Olivarera. Mientras los hombres subidos en escaleras de mano golpeaban con una varita las ramas cargadas de fruto las mujeres, las llegaderas, lo iban recogiendo del suelo. La Jota Olivarera es dulce, melodiosa, delicada —al menos así la recuerdo— de curioso contraste con la fuerza desgarrada del canto re­gional aragonés[6].


Otro canto de entonces que me quedó grabado para siempre, flotan­do entre la vigilia y el sueño, creo que hoy ha desaparecido ya que la melodía se transmitía de viva voz, de generación en generación, y nunca fue registrado en pentagrama, se llamaba el "canto de la aurora". Antes del amanecer, un grupo de mozos recorría las calles para despertar a los segadores que debían comenzar su faena al romper el día. Seguramente aún viven algunos de aquellos "despertadores" que podrían transmitir letra y melodía a un compositor a fin de que ese canto no desaparezca para siempre. Coro inefable, medio religioso medio profano, de una edad ya lejana que me despertaba en plena noche. Pero durante todo el año una pareja de serenos, pertrechados de farolillos y chuzo, velaban nuestro sueño: "Alabado sea Dios" gritaba el uno y le respondía el otro: "Por siempre sea alabado" "Las once" "Sereno" y raramente ¡qué ale­gría!, "Nublado" o inesperado: "Lloviendo".
Interior de la casa Buñuel

Los viernes por la mañana venían a sentarse junto a los muros de la iglesia, frente a mi casa, una docena de hombres y mujeres de edad avanzada: los pobres de solemnidad del pueblo. Un criado de mi casa entre­gaba a cada uno un trozo de pan, que besaban respetuosamente, acom­pañado de una moneda de diez céntimos, generosa limosna si se com­para "con el centimico por barba" que daban otros ricos del pueblo.
Según parece los famosos tambores[7] de Semana Santa datan de fines del siglo XVIII, costumbre desaparecida a principios de este siglo. Fue Mosén Vicente Allanegui quien la revivió y organizó. Tocan casi sin in­terrupción desde medio día del Viernes Santo hasta la misma hora del Sábado. Su ruido evoca las tinieblas y el entrechocar de rocas que sacu­dieron el mundo en el momento de la muerte de Cristo. Y en efecto, a su conjuro sonoro la tierra tiembla, los muros se estremecen y a través de los pies suben hasta el pecho las vibraciones del suelo. Aplicando la mano a una pared puede comprobarse ese casi increíble fenómeno. En mi tiempo apenas golpeaban el parche unos doscientos tamborileros. Hoy pasan de mil entre bombos y tambores.

También recuerdo mis primeros encuentros con la muerte[8], que jun­to a una profunda fe religiosa y al despertar del instinto sexual compo­nen el marco vivencial de mi adolescencia. Cierto día me paseaba con mi padre por un olivar cuando la brisa llevó hasta mi olfato un olor dul­zón y repugnante. A unos cien metros de nosotros un burro muerto horriblemente hinchado servía de banquete a una docena de buitres. El espectáculo me atraía y a la vez me repelía. Ahítas, las aves apenas po­dían levantar el vuelo. Los campesinos no enterraban las bestias muertas por creer que al descomponerse abonaban la tierra. Quedé como fasci­nado ante aquella visión y aparte de su grosero materialismo tuve una vaga intuición de su significado metafísico. Mi padre me tomó de un brazo y me alejó de allí.

En otra ocasión un rabadán de nuestro rebaño por una discusión es­túpida recibió una puñalada en la espalda que le causó la muerte. Los mozos solían llevar en la faja un buen cuchillo. La autopsia tuvo lugar en la capilla del cementerio, realizada por el médico del pueblo asistido por el practicante que ejercía a la vez el oficio de barbero. Estaban también allí cuatro o cinco personas, amigas del médico, como espectadores, y yo conseguí mezclarme entre ellas. Las rondas de aguardiente menudeaban y en ellas participé ansiosamente para conservar el valor que co­menzaba a flaquear al oír el ruido de la sierra abriendo el cráneo o el chasquido sordo de las costillas al romperlas. Mi embriaguez fue sensa­cional. Tuvieron que llevarme a casa donde mi padre me castigó severa­mente por ebrio y por "sádico".

Y los entierros de gente humilde con el ataúd en la plaza frente a la puerta abierta de la iglesia. Los curas cantaban allí el responso, el párro­co daba vuelta alrededor del féretro mientras lanzaba agua bendita con el hisopo y luego entreabriendo la tapa echaba sobre el pecho del cadáver una paletada de ceniza. La campana de voz profunda seguía sonan­do y al comenzar la conducción a brazo del ataúd al cementerio los gri­tos desgarradores de la madre: "Ay, hijo mío de mi alma. Qué sola me dejas. Ya no te volveré a ver más."
La muerte siempre presente como en la Edad Media.

El padre de Buñuel



























En contraste, la alegría de vivir era más fuerte. Los placeres, siem­pre deseados, resultaban más intensos. Cuantos mayores obstáculos se interponen entre el deseo y su realización tanto más intenso es el goce. Lo mismo ocurre con el amor. La facilidad llega a convertir en superficiales las grandes emociones. La belleza hay que conquistarla. En Zarago­za nos repartían en Octubre el programa de los conciertos que la socie­dad filarmónica preparaba para el invierno. Había que esperar meses hasta llegar a oír, por ejemplo, la Quinta Sinfonía. Con qué impaciencia aguardábamos ese momento que al llegar nos producía una satisfacción indescriptible, una alegría casi divina. Hoy basta apretar el botón de una radio o de un toca-discos y la música se hace. Pero no hay duda de que el placer no es el mismo por muy Hi-Fi o estereofónico que sea el apara­to. La saturación debilita el goce.

A pesar de su sinceridad y de lo vivo de nuestra fe no podíamos fre­nar una impulsión sexual permanente. A los doce años todavía pensaba que los niños venían de París hasta que un amigo algo mayor que yo me inició en ese gran misterio. A partir de aquel momento comenzó la fun­ción tiránica del sexo. La más excelsa virtud, según la enseñanza que habíamos recibido, era la castidad que al chocar ahora con el instinto originaba un terrible conflicto y un sentimiento de culpa al infringir, solo fuera de pensamiento, esa virtud.

















































Finca La Torre de Los Buñuel en Calanda








En verano, durante las horas de la siesta, bajo un calor tórrido y con el bordoneo de las moscas en las calles vacías nos reuníamos algunos muchachos de mi edad en la penum­bra de un comercio de paños con las puertas cerradas y las cortinas echa­das. Allí el dependiente nos mostraba unas revistas "eróticas" que Dios sabe como habían llegado a sus manos: La Hoja de Parra y el K.D.T. que ofrecía reproducciones más realistas que los torpes dibujos de la Hoja. Esas revistas prohibidas resultarían hoy de una inocencia prístina. Lo más que podía descubrirse era el nacimiento de un muslo o el de un seno pero ello bastaba para avivar nuestro deseo o encender nuestras con­fidencias. La total separación de hombres y mujeres hacia más apremian­te nuestra impulsión.


Don Leoncio, uno de los médicos del pueblo, de saberlo se hubiera reído de nuestro conflicto de conciencia. Era un espíritu fuerte, repu­blicano acérrimo, anticlerical. Tenía su despacho empapelado de arriba a abajo con las portadas en colores del MOTIN, revista anarquista y ferozmente anticlerical muy popular en la España de entonces. Recuerdo una de aquellas portadas. Dos curas bien metidos en carnes guiaban un cochecillo al extremo de cuyas riendas y tirando del mismo aparecía Cristo sudando y con el rostro contraído por el esfuerzo. Para percatar­se de lo que era esa revista véase como describía una algarada o manifes­tación obrera ocurrida en Madrid con sus consiguientes apaleos y heri­dos. "Ayer tarde un grupo de obreros ascendía tranquilamente por la calle de la Montera hacia la Red de San Luis cuando vieron bajar por la acera opuesta dos curas. Ante tal provocación ... etc."

Pero nuestra fe seguía intacta. Jamás hubiéramos puesto en duda el milagro de Miguel Pellicer[9], a quien la Virgen del Pilar una noche durante su sueño, con ayuda de dos ángeles, le repuso intacta la pierna que un año antes le habían amputado; "pierna muerta y sepultada". Mi padre regaló al Pilar de Calanda un paso con figuras de tamaño natural representando el milagro, que luego durante la guerra civil fue destruido.**

Mi familia iba a Calanda únicamente a pasar el verano. Mi padre al regresar de Cuba, donde consiguió reunir una pequeña fortuna, hizo construir una casa que llenaba de admiración a aquellas gentes sencillas hasta el punto de que venían a visitarla de los pueblos cercanos. Estaba decorada y amueblada al gusto de la época, al "mal gusto" de la época, que con el tiempo se ha reivindicado en la historia del arte. El máximo representante de ese estilo en España fue Gaudí, hoy considerado como un genio de la arquitectura.
Cuando el gran portalón de la casa se abría para dar paso a alguien podían verse, sentadas o de pié, en la acera algunas niñas de unos ocho a diez años de edad que miraban asombradas el para ellas "lujoso" inte­rior. Casi todas sostenían en los brazos un hermanillo de muy corta edad incapaz de espantarse las moscas que iban a posarse ya fuera en los lagrimales ya en las comisuras de sus labios. Las madres de estas infanti­les niñeras se hallaban trabajando en el campo o trajinando en la casa pa­ra luego preparar las judías con patatas de la cena, alimento fundamental y permanente de la clase jornalera.

Fuera del pueblo a orillas del río Guadalope teníamos una finca de recreo con frondoso y bien trazado jardín a donde iba diariamente la fa­milia en pleno, trasladada en dos jardineras tiradas por sendos caballos. Nuestra cochada de niños felices se cruzaba a menudo con algún chico descalzo que en un miserable capazo iba recogiendo de la carretera ex­crementos de caballería que el padre emplearía luego para abonar su pe­queño trozo de huerta. Esta visión humilde y desgarradora nos dejaba totalmente indiferentes.





Muchas noches cenábamos en el jardín con la abundante y rica pitanza alumbrada por lámparas de carburo. Vida ocio­sa, dulce, espléndida. Si en vez de contarme entre los "señores" hubiera formado parte de los que trabajaban la tierra con el sudor de su frente mis recuerdos serían tal vez menos halagüeños.
Estábamos sin duda al cabo de un orden muy antiguo. El intercambio comercial era escaso y la elaboración del aceite la única industria del pueblo. De fuera llegaban telas, artículos de ferretería... medicamentos, mejor dicho, los productos necesarios para elaborarlos pues el boticario los componía él mismo según la fórmula de la receta médica.


Los oficios y artesanías locales proveían a las necesidades del vecin­dario: guarnicionero, hojalatero, herrero, hornero, maestro albañil, teje­dor de paños de los de lanzadera y telar, cantareros fabricantes de primi­tivos cuencos y botijos, etc. La economía de tipo agrícola era semi feudal. El propietario de tierras cedía su cultivo a un mediero quien al recoger la cosecha debía entregar la mitad al dueño de la tierra.
Calle Mayor de Calanda
En Calanda ya no hay pobres que salgan los viernes a solicitar un trozo de pan. Hoy es relativamente un pueblo rico, la gente viste bien, al día, ya desaparecida la indumentaria típica de calzón, banda y cachiru­lo. Hay alcantarillado, agua corriente, calles asfaltadas, cines, bares, tele a todo pasto que como en el resto del mundo colabora eficazmente al embrutecimiento y extroversión del espectador. Hay autos, motocicle­ta, refrigeradores. Hay felicidad material proporcionada por nuestra "es­tupenda" sociedad de consumo cuyo progreso tecnológico y científico relega a segundo plano el desarrollo de los mejores valores —moral y es­piritual— del hombre. La entropía o caos se anuncia ya con el síndrome angustioso de la explosión demográfica.
He tenido la suerte de que mi infancia transcurriese en la Edad Me­dia, edad "dolorosa y exquisita" así calificada por el escritor francés Huysmans: dolorosa en la vida material; espiritualmente exquisita. Jus­to lo contrario de hoy.


Tendría yo trece o catorce años cuando salí de Aragón por primera vez. Iba invitado a casa de unos amigos de mi familia que veraneaban en Vega de Pas, cerca de Santander. Al atravesar el país vasco, descubrí, maravillado, un paisaje nuevo, inesperado, totalmente distinto del que había conocido hasta entonces. Veía nubes, lluvia, bosques encantados por la bruma, musgo húmedo en las piedras... Fue una impresión deliciosa que siempre perdurará. Soy un enamorado del Norte, del frío, de la nieve y de los grandes torrentes de las montañas.

La tierra del Bajo Aragón es fértil, pero polvorienta y terriblemente seca. Podía pasar un año y hasta dos sin que se viera congregarse las nubes en el cielo impasible. Cuando, por casualidad, un cúmulo aventurero asomaba tras los picos de las montañas, unos vecinos, dependientes de una tienda de ultramarinos, venían a llamar a nuestra casa, sobre cuyo tejado se levantaba el aguilón de un pequeño observatorio. Desde allí contemplaban durante horas el lento avance de la nube y decían, sacudiendo tristemente la cabeza:
—Viento del Sur. Pasará lejos.
Tenían razón. La nube se alejaba sin soltar ni una gota de agua.

Un año de angustiosa sequía, en el pueblo vecino de Castelceras, el vecindario, con los curas a la cabeza, organizó una rogativa para pedir la gracia de un chaparrón. Aquel día, negras nubes se cernían sobre el pueblo. La rogativa parecía casi inútil.
Desgraciadamente, antes de que terminara la procesión, se habían disipado las nubes y volvía a lucir un sol abrasador. Entonces, unos brutos como los hay en todos los pueblos, cogieron la imagen de la Virgen que abría el cortejo y, al pasar por un puente, la tiraron al río Guadalope.

Se puede decir que en el pueblo en que yo nací (un 22 de febrero de 1900) la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Era una sociedad aislada e inmóvil, en la que las diferencias de clases estaban bien marcadas. El respeto y la subordinación del pueblo trabajador a los grandes señores, a los terratenientes, profundamente arraigados en las antiguas costumbres, parecían inmutables. La vida se desarrollaba, horizontal y monótona, definitivamente ordenada y dirigida por las campanas de la iglesia del Pilar. Las campanas anunciaban los oficios religiosos (misas, vísperas, ángelus) y los hechos de la vida cotidiana, con el toque de muerto y el toque de agonía. Cuando un vecino del pueblo se encontraba en trance de muerte, una campana doblaba lentamente por él; una campana grande, profunda y grave para el último combate de un adulto; una campana de un bronce más ligero para la agonía de un niño. En los campos, en los caminos y en las calles la gente se paraba y preguntaba: «¿Quién se está muriendo?»
También me acuerdo del toque de rebato, en caso de incendio, y de los repiques gloriosos de los domingos de fiesta grande.

Calanda contaba menos de cinco mil habitantes. Este pueblo grande de la provincia de Teruel que no ofrece nada de particular a los turistas apresurados, está situado a dieciocho kilómetros de Alcañiz. En Alcañiz paraba el tren que nos traía de Zaragoza. En la estación nos esperaban tres coches de caballos. El más grande se llamaba «jardinera». Luego estaban la «galera», que era un coche cerrado y una carreta pequeña de dos ruedas. Como éramos familia numerosa y llegábamos cargados de maletas y acompañados por los criados, viajábamos amontonados en los tres coches. Tardábamos casi tres horas en recorrer los dieciocho kilómetros que había hasta Calanda, bajo un sol de justicia; pero no recuerdo haberme aburrido ni un minuto.
Salvo en las fiestas del Pilar y la feria de setiembre, en Calanda había pocos forasteros. Todos los días, a eso de las doce y media, seguida por un remolino de polvo, aparecía la diligencia de Macán, tirada por un tronco de mulas. Traía el correo y, de vez en cuando, algún viajante de comercio errabundo. En el pueblo no se vio un automóvil hasta 1919.
Lo compró un tal don Luis González, hombre liberal, moderno e, incluso, anticlerical. Doña Trinidad, su madre, era viuda de un general y pertenecía a una aristocrática familia sevillana. Aquella distinguida dama fue víctima de las indiscreciones de sus criadas. Y es que, para sus abluciones íntimas, utilizaba un aparato escandaloso, cuya forma de guitarra esbozaban con amplio ademán las señoras de la buena sociedad de Calanda que, por culpa de aquel bidet, estuvieron mucho tiempo sin dirigir la palabra a doña Trinidad.



Aquel mismo don Luis tuvo una actuación decisiva cuando los viñedos de Calanda fueron atacados por la filoxera. Las viñas se morían sin remedio, pero los campesinos se negaban obstinadamente a arrancarlas y sustituirlas por cepas americanas, como se hacía en toda Europa. Un ingeniero agrónomo llegado especialmente de Teruel instaló en el salón del Ayuntamiento un microscopio que permitía examinar el parásito. Como si nada. Los campesinos seguían negándose a cambiar las cepas. Entonces don Luis, para dar ejemplo, mandó arrancar todas las suyas. Como había recibido amenazas de muerte, se paseaba por sus viñedos con una escopeta en la mano. Obstinación colectiva típicamente aragonesa y tardíamente vencida.


El Bajo Aragón produce el mejor aceite de oliva de España y quizá del mundo. La cosecha, espléndida algunos años, estaba siempre amenazada por la sequía que podía dejar los árboles sin hojas. Algunos campesinos de Calanda iban todos los años a Andalucía para la poda de los árboles en las provincias de Córdoba y Jaén, ya que eran tenidos por grandes especialistas. A principios de invierno empezaban a cosecharse las aceitunas. Durante el trabajo, los campesinos cantaban la Jota Olivarera. Los hombres, subidos a las escaleras, golpeaban las ramas con la vara y las mujeres recogían el fruto que caía al suelo. La Jota Olivarera es dulce, melodiosa y delicada. Por lo menos, en mi recuerdo. Contrasta fuertemente con las notas vibrantes y recias del canto regional aragonés.

Conservo en la memoria, a mitad del camino entre la vigilia y el sueño, otro canto de aquel tiempo, que tal vez se haya perdido ya, pues la melodía se transmitía de viva voz de generación en generación, sin que nadie la escribiera. Era el Canto de la Aurora. Antes del amanecer, un grupo de muchachos recorría las calles para despertar a los vendimiadores que debían ir al trabajo a primera hora. Quizás algunos de aquellos «despertadores» vivan todavía y recuerden la letra y la música. Canto magnífico, mitad religioso y mitad profano, venido de una época ya lejana. Aquel canto me despertaba en plena noche en la época de la vendimia. Después, volvía a dormirme.
Una pareja de serenos, armados de chuzo y farol, nos arrullaban durante el resto del año: «Alabado sea Dios», gritaba uno: «Sea por siempre alabado», respondía el otro. Y el primero seguía: «Las once. Sereno.» O, de vez en cuando (¡qué alegría!): «Nublado.» Y, a veces (¡milagro!): «¡Lloviendo!»
Calanda poseía ocho almazaras. Uno de aquellos molinos de aceite era ya hidráulico, pero los demás funcionaban como en tiempos de los romanos: una piedra cónica, arrastrada por caballos o muías, molía las aceitunas sobre otra piedra. Parecía que nada iba a cambiar. Los mismos gestos y los mismos deseos se transmitían de padre a hijo y de madre a hija. Apenas se oía hablar del progreso, que pasaba de largo, como las nubes.

LA MUERTE, LA FE, EL SEXO



Los viernes por la mañana, una docena de hombres y mujeres de edad se sentaban frente a nuestra casa, apoyados en la pared de la iglesia. Eran los pobres de solemnidad. Uno de los criados salía y daba a cada uno un pedazo de pan, que ellos besaban respetuosamente, y una moneda de diez céntimos, limosna generosa comparada con el «céntimo por barba» que solían dar los otros ricos del pueblo.


(En Mi último suspiro el texto referente a los tambores de Calanda aparece mucho más adelante y es por eso que no se menciona aquí)*
Los padres de Buñuel en Calanda
En Calanda tuve yo mi primer contacto con la muerte que, junto con una fe profunda y el despertar del instinto sexual, constituyen las fuerzas vivas de mi adolescencia. Un día, mientras paseaba con mi padre por un olivar, la brisa trajo hasta mí un olor dulzón y repugnante. A unos cien metros, un burro muerto, horriblemente hinchado y picoteado, servía de banquete a una docena de buitres y varios perros. El espectáculo me atraía y me repelía a la vez. Las aves, de tan ahítas, apenas podían levantar el vuelo. Los campesinos, convencidos de que la carroña enriquecía la tierra, no enterraban a los animales. Yo me quedé fascinado por el espectáculo, adivinando no sé qué significado metafísico más allá de la podredumbre. Mi padre me agarró del brazo y se me llevó de allí.

Otra vez, uno de los pastores de nuestro rebaño recibió una puñalada en la espalda durante una discusión estúpida, y murió. Todos los hombres llevaban una navaja metida en la faja.
Le hicieron la autopsia en la capilla del cementerio el médico del pueblo y su ayudante que ejercía, además, el oficio de barbero. Estaban presentes cuatro o cinco personas más, amigas del médico. Yo conseguí colarme.
La botella de aguardiente pasaba de mano en mano y yo bebía ávidamente, para darme valor, pues mi presencia de ánimo empezó a flaquear cuando oí el chirrido de la sierra que abría el cráneo del difunto y el chasquido de las costillas que le partían una a una. Tuvieron que llevarme a casa, completamente borracho. Mi padre me castigó severamente por embriaguez y «sadismo».

En los entierros de la gente del pueblo, el féretro se colocaba frente a la puerta de la iglesia, abierta de par en par. Los curas cantaban y un vicario daba la vuelta al escuálido catafalco rociándolo de agua bendita y echaba una pala de ceniza en el pecho del muerto, después de levantar un instante el velo que lo cubría (en la escena final de Cumbres borrascosas se advierte una reminiscencia de esta ceremonia). La campana grande tocaba a muerto. En cuanto los hombres cogían el féretro para llevarlo en andas al cementerio, situado a unos centenares de metros del pueblo, empezaban a oírse los gritos de la madre: «¡Ay, hijo mío! ¡Qué sola me dejas! ¡Ya no volveré a verte!» Las hermanas del difunto y demás mujeres de la familia, a veces incluso las vecinas o amigas, unían sus lamentos a los de la madre, formando un coro de plañideras.
La muerte hacía sentir constantemente su presencia y formaba parte de la vida, al igual que en la Edad Media,

Lo mismo que la fe, Nosotros, profundamente anclados en el catolicismo romano, no podíamos poner en duda ni un instante ninguno de sus dogmas. Yo tenía un tío sacerdote que era una bellísima persona. Lo llamábamos tío Santos. En verano, me enseñaba latín y francés, y yo le ayudaba a decir misa. También formé parte del coro musical de la Virgen del Carmen. Éramos siete u ocho. Yo tocaba el violín, un amigo, el contrabajo y el rector de los escolapios de Alcañiz, el violoncelo. Todos juntos, con unos cantores de nuestra edad, actuamos una veintena de veces. Solían invitarnos al convento de las carmelitas —después, de los dominicos— que estaba a la salida del pueblo y había sido fundado a fines del siglo XIX por un tal Forton, vecino de Calanda, esposo de una aristocrática dama de la familia Cascajares. Era un matrimonio muy devoto que no faltaba a misa ni un solo día. Después, a principios de la Guerra Civil, todos los dominicos de aquel convento fueron fusilados.
Calanda tenía dos iglesias y siete curas, más el tío Santos que, después de un accidente —se cayó por un barranco yendo de cacería—, hizo que mi padre lo tomara de administrador.
La religión[10] era omnipresente, se manifestaba en todos los detalles de la vida. Por ejemplo, yo jugaba a decir misa en el granero, con mis hermanas de feligresas. Tenía varios ornamentos litúrgicos de plomo, un alba y una casulla.

EL MILAGRO CALANDA

(El texto de Mi último suspiro referente al milagro de Calanda aparece al final)**

La muerte y la fe. Presencia y potencia.
En contraste, la alegría de vivir era por ello más intensa. Los placeres, siempre deseados, se saboreaban mejor cuando podía uno satisfacerlos. Los obstáculos aumentaban el gozo.










Pese a nuestra fe sincera, nada podía calmar una curiosidad sexual impaciente y un deseo permanente, obsesivo. A los doce años, yo aún creía que los niños venían de París (aunque sin la cigüeña; que llegaban, sencillamente, en tren o automóvil), hasta que un compañero que tenía dos años más que yo —y que sería fusilado por los republicanos— me inició en el gran misterio; Comenzaron entonces las discusiones, las suposiciones, las explicaciones vagas, el aprendizaje del onanismo, en otras palabras, la función tiránica del sexo, un proceso, en suma, que han conocido todos los chavales del mundo. La más excelsa virtud, nos decían, es la castidad. Ella es indispensable para una vida digna. Las durísimas batallas del instinto contra la castidad, aunque no pasaran de simples pensamientos, nos daban una abrumadora sensación de culpabilidad. Los jesuitas nos decían, por ejemplo:
—¿Sabéis por qué Cristo no respondió a Herodes cuando éste le interrogó? Porque Herodes era un hombre lascivo, vicio por el que nuestro Salvador sentía una profunda aversión.
¿Por qué hay en la religión católica ese horror al sexo? A menudo me lo he preguntado. Sin duda, por razones de todo tipo, teológicas, históricas, morales y también sociales.
En una sociedad organizada y jerarquizada, el sexo, que no respeta barreras ni leyes, en cualquier momento puede convertirse en factor de desorden y en un verdadero peligro. Sin duda por este motivo, algunos padres de la Iglesia y santo Tomás de Aquino muestran una acusada severidad al tratar el vidrioso tema de la carne. Santo Tomás pensaba, incluso, que el acto del amor entre marido y mujer constituye casi siempre pecado venial, ya que es imposible ahogar toda concupiscencia. Y la concupiscencia es mala por naturaleza. El deseo y el placer son necesarios, ya que así lo quiere Dios; pero habría que desterrar del acto carnal toda imagen de concupiscencia (que es el simple deseo de amor), todo pensamiento impuro, en favor de una sola idea: traer al mundo a un nuevo servidor de Dios.
Es claro, y así lo he dicho a menudo, que esta prohibición implacable crea un sentimiento de pecado que puede ser delicioso. Es lo que a mí me ocurrió durante años. Asimismo, y por razones que no se me alcanzan, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante. Incluso he intentado traducir este sentimiento inexplicable a imágenes, en Un chien andalou, cuando el hombre acaricia los senos desnudos de la mujer y, de pronto, se le pone cara de muerto. ¿Será porque durante mi infancia y mi juventud fui víctima de la opresión sexual más feroz que haya conocido la Historia?
En Calanda, los jóvenes que podían permitírselo, iban dos veces al año al burdel de Zaragoza. Un año —era ya en 1917—, en las fiestas del Pilar, un café de Calanda contrató camareras. Durante dos días, aquellas muchachas, consideradas de costumbres ligeras, tuvieron que soportar los rudos pellizcos (pizcos, en aragonés) de la clientela, hasta que se hartaron y se despidieron. Desde luego, los clientes no iban más allá del pellizco. Si hubieran intentado otra cosa, en seguida habría intervenido la Guardia Civil.
Este placer maldito, tanto más apetecible sin duda por cuanto que nos era presentado como un pecado mortal, tratábamos de imaginarlo, jugando a los médicos con las niñas y observando a los animales. Un compañero llegó a intentar descubrir las intimidades de una mula, sin otro resultado que una caída del taburete al que se había subido. Afortunadamente, ignorábamos incluso la existencia de la sodomía.
En verano, a la hora de la siesta, con un calor agobiante y las moscas zumbando en las calles vacías, nos reuníamos en una tienda de tejidos, en penumbra, con las puertas cerradas y las persianas echadas. El dependiente nos prestaba revistas «eróticas» (sabe Dios cómo habrían, llegado hasta allí), La hoja de parra, por ejemplo, o K.D.T., cuyas reproducciones tenían un mayor realismo Hoy aquellas revistas prohibidas parecerían de una inocencia angelical; Apenas se alcanzaba a distinguir el nacimiento de una pierna o de un seno, lo cual bastaba para atizar nuestro deseo e inflamar nuestras confidencias. La total separación entre hombres y mujeres hacía más ardorosos nuestros torpes impulsos. Aún hoy, al recordar mis primeras emociones sexuales, me parece volver a percibir los olores de las telas.
En San Sebastián, cuando yo tenía trece o catorce años, las casetas de baño nos ofrecían otro medio de información. Las casetas estaban divididas por un tabique. Era muy fácil meterse en uno de los compartimientos y mirar por un agujero a las señoras que se desnudaban al otro lado.
En aquella época, se pusieron de moda unos largos alfileres de sombrero que las señoras, al saberse observadas, introducían en el agujero, sin reparo de pinchar el ojo fisgón (después, en Él, recordé este detalle), A fin de protegernos de los alfileres, nosotros poníamos un pedacito de vidrio en las mirillas.
Uno de los hombres más recios de Calanda, que se hubiera muerto de risa si llega a enterarse de nuestros problemas de conciencia, era don Leoncio, uno de los dos médicos, republicano acérrimo que había empapelado su despacho con las páginas en color de la revista El Motín, publicación anarquista y ferozmente anticlerical, muy popular en la España de entonces. Aún recuerdo uno de aquellos dibujos. Dos curas gordos, sentados en una carreta y Cristo, enganchado a las varas, sudando y jadeando.
Para dar una idea del talante de la revista, veamos cómo describía una manifestación celebrada en Madrid, durante la cual unos obreros atacaron violentamente a unos sacerdotes, hiriendo a varios transeúntes y rompiendo escaparates:
«Ayer por la tarde, un grupo de obreros subían tranquilamente por la calle de la Montera cuando, por la acera contraria, vieron bajar a dos sacerdotes. Ante tal provocación...»
He citado con frecuencia este artículo, como excelente ejemplo de «provocación».










No íbamos a Calanda más que en Semana Santa y en verano, y aun hasta 1913, en que descubrí el Norte y San Sebastián. La casa, que mi padre había mandado construir hacía poco, atraía a los curiosos, Iban a verla hasta de los pueblos vecinos. Estaba amueblada y decorada al gusto de la época, aquel «mal gusto» que ahora reivindica la historia del arte, y cuyo más brillante representante fue en España el catalán Gaudí.
Cuando se abría la puerta principal para que entrara o saliera alguien, se veía a un grupo de chiquillos, de ocho a diez años, sentados o de pie en las escaleras, que miraban con asombro hacia el «lujoso» interior. La mayoría llevaban en brazos a un hermanito o hermanita incapaz de espantarse las moscas del lagrimal o de las comisuras de los labios. Las madres estaban en el campo o en la cocina, preparando el puchero de patatas con judías, alimento básico y permanente del hombre del campo.






A menos de tres kilómetros del pueblo, cerca del río, mi padre mandó construir una casa a la que llamamos La Torre. Alrededor, plantó un jardín con árboles frutales que bajaba hasta un pequeño estanque, en el que nos esperaba una barca, y hasta el río. Un canalillo de riego cruzaba el jardín, en el que el guarda cultivaba hortalizas.
La familia al completo —por lo menos, diez personas— íbamos todos los días a La Torre en dos jardineras. Aquellas carretadas de chiquillería alegre se cruzaban con frecuencia con niños desnutridos y harapientos que recogían en un capazo el estiércol con el que su padre abonaría el huerto. Imágenes de penuria que, al parecer, nos dejaban totalmente indiferentes.
A menudo, cenábamos opíparamente en el jardín de La Torre, a la luz tenue de varias lámparas de acetileno, y regresábamos de noche cerrada. Vida ociosa y sin amenazas. Si yo hubiera sido uno de aquellos que regaban la tierra con sudor y recogían el estiércol, ¿cuáles serían hoy mis recuerdos de aquel tiempo?
Nosotros éramos seguramente los últimos representantes de un muy antiguo orden de cosas. Escasos intercambios comerciales. Obediencia a los ciclos. Inmovilidad del pensamiento. La fabricación de aceites constituía la única industria del país. De fuera nos llegaban los tejidos, los objetos de metal, los medicamentos, mejor dicho, los productos básicos de que se servía el boticario para despachar las recetas del médico.
El artesanado local cubría las necesidades más inmediatas: un herrador, un hojalatero, cacharreros, un talabartero, albañiles, un panadero, un tejedor.
La economía agrícola seguía siendo de tipo semifeudal. El propietario confiaba las tierras a un aparcero, y éste le cedía la mitad de la cosecha.
Conservo una veintena de fotografías hechas en 1904 y 1905 por un amigo de la familia. Merced a un aparato de la época, se ven en relieve. Mi padre, fornido, con un gran bigote blanco y, casi siempre, con sombrero cubano (salvo una en la que está con canotier). Mi madre, a los veinticuatro años, morena, sonriendo a la salida de misa, saludada por todos los notables del pueblo. Mis padres posando con sombrilla y mi madre en burro (esta foto se llamaba «la huida a Egipto»). Yo a los seis años en un campo de maíz con otros niños.
Lavanderas, campesinos esquilando ovejas, mi hermana Conchita, muy pequeña, entre las rodillas de su padre que charla con don Macario, mi abuelo dando de comer a su perro, un pájaro muy hermoso en su nido...
Hoy en Calanda ya no hay pobres que se sienten los viernes junto a la pared de la iglesia para pedir un pedazo de pan. El pueblo es relativamente próspero, la gente vive bien. Hace tiempo que desapareció el traje típico, la faja, el cachirulo a la cabeza y el pantalón ceñido.
Las calles están asfaltadas e iluminadas. Hay agua corriente, alcantarillas, cines y bares. Como en el resto del mundo, la televisión contribuye eficazmente a la despersonalización del espectador. Hay coches, motos, frigoríficos, un bienestar material cuidadosamente elaborado, equilibrado por esta sociedad nuestra, en la que el progreso científico y tecnológico ha relegado a un territorio lejano la moral y la sensibilidad del hombre. La entropía —el caos— ha tomado la forma, cada día más aterradora, de la explosión demográfica.
Yo tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad Media, aquella época «dolorosa y exquisita» como dice Huysmans. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy.

* LOS TAMBORES DE CALANDA
Existe en varios pueblos de Aragón una costumbre que tal vez sea única en el mundo, la de los tambores del Viernes Santo. Se tocan tambores en Alcañiz y en Híjar. Pero en ningún sitio, con una fuerza tan misteriosa e irresistible como en Calanda.
Esta costumbre, que se remonta a finales del siglo XVIII, se había perdido hacia 1900. Un cura de Calanda, mosén Vicente Allanegui, la resucitó.
Los tambores de Calanda redoblan sin interrupción, o poco menos, desde el mediodía del Viernes Santo hasta la misma hora del sábado, en conmemoración de las tinieblas que se extendieron sobre la tierra en el instante de la muerte de Cristo, de los terremotos, de las rocas desmoronadas y del velo del templo rasgado de arriba abajo. Es una ceremonia colectiva impresionante, cargada de una extraña emoción, que yo escuché por primera vez desde la cuna, a los dos meses de edad. Después, participé en ella en varias ocasiones, hasta hace pocos años, dando a conocer estos tambores a numerosos amigos que quedaron tan impresionados como yo. En 1980, durante mi último viaje a España, se reunió a varios invitados en un castillo medieval cercano a Madrid y se les ofreció la sorpresa de una alborada de tambores venidos especialmente de Calanda. Entre los invitados figuraban excelentes amigos como Julio Alejandro, Fernando Rey y José Luis Barros. Todos dijeron haberse sentido conmovidos sin saber por qué. Cinco confesaron que incluso habían llorado.
Ignoro qué es lo que provoca esta emoción, comparable a la que a veces nace de la música, Sin duda se debe a las pulsaciones de un ritmo secreto que nos llega del exterior, produciéndonos un estremecimiento físico, exento de toda razón, Mi hijo Jean-Louis realizó un corto, Les tambours de Calanda, y yo utilicé ese redoble profundo e inolvidable en varias películas, especialmente en La Edad de oro y Nazarín,..

** EL MILAGRO DE CALANDA

Nuestra fe era realmente ciega —por lo menos, hasta los catorce años— y todos creíamos en la autenticidad del célebre milagro de Calanda, obrado en el año de gracia de 1640. El milagro se atribuye a la Virgen del Pilar, llamada así porque se apareció al apóstol Santiago en Zaragoza, encima de una columna, allá por los tiempos de la dominación romana. La Virgen del Pilar, patrona de España, es una de las dos grandes vírgenes españolas. La otra, por supuesto, es la de Guadalupe, que por cierto me parece de una categoría muy inferior (es la patrona de México).
Ocurrió que, en 1640, la rueda de una carreta le aplastó una pierna a un tal Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda, y hubo que amputársela. Ahora bien, era éste un hombre muy piadoso que todos los días iba a la iglesia, metía el dedo en el aceite de la lamparilla de la Virgen y se frotaba el muñón. Una noche, bajó del cielo la Virgen con sus ángeles y éstos le pusieron una pierna nueva.
Al igual que todos los milagros —que, de lo contrario, no serían milagros— éste fue certificado por numerosas autoridades eclesiásticas y médicas de la época y dio origen a una abundante iconografía y a numerosos libros. Es un milagro magnífico, al lado del cual los de la Virgen de Lourdes me parecen casi mediocres. ¡Un hombre, «con la pierna muerta y enterrada» que recupera la pierna intacta! Mi padre regaló a la parroquia de Calanda un soberbio paso, uno de esos grupos escultóricos que se sacan en procesión en Semana Santa, que los anarquistas quemaron durante la guerra civil.

[1] Libro de Aragón, Zaragoza, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y la Rioja, 1976, págs. 277-281
[2] Conversaciones con Jean-Claude Carrière, Ayuntamiento de Zaragoza, 2004, pág. 111
[3] Luis Buñuel: Obra literaria. Edición de Agustín Sánchez Vidal, Heraldo de Aragón, 1982, pág. 291
[4] Las campanas y campanarios son temas recurrentes en el cine de Buñuel. Citemos los más evidentes: Él y Tristana.
[5] Calanda es muy importante en la obra del realizador. Ver mi post dedicado a Calanda.
[6] Buñuel decía no soportar la jota aragonesa.
[7] Buñuel ha utilizado el sonido de los tambores de Calanda en algunas de sus películas: La edad de oro, Nazarín o Simón del desierto
[9] Referencias a la pierna cortada aparecen en las películas Ensayo de un crimen y Tristana.
[10] Ver mi serie de post sobre Buñuel y la religión

No hay comentarios:

Publicar un comentario