domingo, 2 de octubre de 2016

Luis Buñuel y el escándalo

En los momentos de esplendor del surrealismo, los integrantes del grupo utilizaban el escándalo como arma para instaurar en la sociedad la nueva moral que ellos preconizaban. ...Los surrealistas... luchaban contra la sociedad a la que detestaban utilizando como arma principal el escándalo... Era ...el revelador potente, capaz de hacer aparecer los resortes secretos y odiosos del sistema que había que derribar[1].
Sus primeras películas iban en esta dirección. En Un perro andaluz y La edad de oro, el escándalo presenta una triple cara. Intelectual, la estructura y la escritura de los dos filmes agreden constantemente la razón. Moral, en la medida en que Buñuel denuncia, con una violencia que recuerda la de un Benjamin Péret, lo que estima son los falsos valores del orden burgués trazando un balance feroz de todas sus

opresiones...Escándalo “físico” en fin, en el sentido en que la sensibilidad del espectador es puesta a prueba por toda clase de agresiones: el ojo cortado, la cara de Batcheff con los ojos en blanco y babeando sangre, la cara ensangrentada de Modot, las imágenes de excrementos, los gestos inconfesables (onanismo) la representación de las pulsiones sexuales, en resumen, todo lo que perturba y hiere. Buñuel es uno de los primeros en haber tenido la audacia de agredir al público por la representación de una violencia física, intelectual o moral, de forma que, maltratado, tocado en lo más profundo de él mismo, el espectador pone en cuestión sus certezas y ensancha otro tanto su conocimiento de sí mismo.[2]
El radicalismo de Buñuel de aquellos años queda patente en esta declaración de 1930: Nosotros vamos al escándalo con todas sus consecuencias...Sí; al escándalo; pero no al artístico, pues después de 1909 éste no puede existir, sino al escándalo moral, que estriba en revolucionar las malas costumbres de una sociedad que está en abierta pugna con la Naturaleza...Un perro andaluz es, pues, un gesto rebelde, una protesta airada, un motivo subversivo.[3] O lo que dijo un año antes durante la presentación en Madrid de esta película: Pero ¿qué puedo hacer yo contra los entusiastas de cualquier novedad, incluso si esa novedad ultraja sus más profundas convicciones, contra una prensa vendida e insincera, contra esa masa imbécil que ha encontrado bello o poético lo que, en el fondo, no es otra cosa que un desesperado, un apasionado llamamiento al crimen?[4]
Pero, esa tendencia del realizador aragonés hacia el escándalo no la adquirió a través del surrealismo. Ya la llevaba consigo de España, como muy bien apunta José Luis Borau:
“Cuando el de Calanda descubrió el surrealismo, y conoció a su pontífice máximo, llevaba ya un montón de años –todos los de su infancia precoz y tumultuosa primera juventud- tratando de destruir el orden establecido en cualquier aspecto y escandalizando a diestro y siniestro...Se trataba entonces de asombrar a todo bicho viviente, de dejar sentado que él era el más listo y el mejor informado de la reunión...El vapuleado público solía quedar rendido al encanto del flagelador y pidiendo, entre risas y aplausos, mayor ración aún...
Todo aquel espectáculo encajaba de antemano y al milímetro con la praxis del futuro movimiento, haciendo de nuestro hombre un formidable surrealista aun sin tener conciencia de ello...
No, Buñuel no encontró en París el rayo luminoso que le lanzara de su silla para convertirlo a una nueva doctrina, sino la horma de su zapato. El surrealismo a finales de aquella década prodigiosa era un grito rabioso, una espada capaz de fulminar, en apariencia, a la detestada sociedad convencional, léase burguesa, verdadera bestia negra del joven director desde sus años zaragozanos...
Pero Buñuel no fue nunca un surrealista cabal, como pronto quedó claro. Y no por haber abandonado el grupo y al mismo Breton,...sino por haber acogido desde un principio, o por no renunciar a ellas, creencias y devociones heterodoxas y aun contradictorias a cuanto había oído, dicho o aprendido en el café “Cyrano”...De su filmografía entera sólo La edad de oro permite ser calificada, en pureza de surrealista, pues fue ideada y realizada siguiendo escrupulosamente tales principios.”[5]
Aunque con el paso de los años Buñuel considerará que el escándalo ya no era posible, algunas de sus películas consiguieron escandalizar a los espectadores. Es el caso de Los olvidados, 1950, en México, donde hubo quienes solicitaron la expulsión del realizador del país, o el de Viridiana, 1961, en España: Breton me había dicho, unos años antes: «En estos tiempos, nadie se escandali­za.» Se ve que eso no era del todo verdad en 1961.[6]
Aún sigo pensando que Viridiana podría no haber sido un escándalo...La naturaleza subversiva del film es innegable, pero lo que se ve en imágenes es correcto. Podía haber quedado en una historia rosa si la censura hubiera dado tres o cuatro cortes y sustituido tres escenas para las que había filmado ya en duplicado. Prohibiendo el film la censura se jugó una mala partida. Al film no, ya sabes. Hubiera pasado sin pena ni gloria aquí, y en el extranjero hubiera sido menos famoso.[7]
Con Belle de jour también se armó un cierto escándalo: Bueno, saben que es una película pornográfica. (Grandes risas). No, no, yo digo que es una película de un erotismo casto, aunque puede que tenga complica­ciones con la censura. Nunca trato de escandalizar, pero muchas veces se escandalizan.[8]
El escándalo, que en la primera época de su trabajo puede y debe ser catalogado como trascendental, porque ese escándalo que se producía llevaba inmediatamente a remover las aguas quietas, estancadas, y de esa forma vivificarlas. Es escándalo posterior empieza a desaparecer en ciertas obras de Luis Buñuel porque considera que, en el momento en que hace estas películas, ya no se escandaliza nadie por nada.[9]
Así lo reconoce un Buñuel ya maduro: Cuando era joven era muy agresivo. El surrealismo en el cine comenzó cuando nos pregun­tamos qué se podría hacer antes que atacar y destruir directamente los conceptos valorativos de mil especta­dores. Todo aquello que no ataque a la sociedad y las instituciones no es surrealista. Pero no de un modo burdo, como lo hace el realismo socialista. Todo debe estar disuelto, sutilmente. Mis raíces están, por supues­to, en el surrealismo, que influyó fuertemente en mí. El grupo de los surrealistas no existe ya; sobre todo, actualmente no existe el surrealismo como tal. El su­rrealismo ha pasado a la vida. Hoy en día la violencia está en todas partes. Hay guerras, revoluciones, te­rrorismo. La violencia no sirve ya para nada. No hay nada que escandalice. El arte necesitaba armas. Ahora las armas no sirven para nada. Yo he sido un terrorista teórico. Actualmente desprecio el terrorismo, incluso al teórico. Atacar la violencia con violencia es ab­surdo.[10]
Ahora el escándalo no es lo que era antes: ahora sirve para engordar a docenas de productores[11].
Actualmente, provocar escándalos ya no es mi meta; a mi edad deseo que me dejen en paz. La época del escándalo como sistema ya pasó, por lo menos para mí. Yo personalmente creo que no se pueden solucionar los problemas sociales y religiosos por ese camino[12].
¿Cómo escandalizar después de las matanzas nazis y de las bombas de atómicas sobre Japón? Creo que ahora el uso del escándalo es negativo. La edad de oro, que fue en su época un film de lucha y violación de conciencias tranquilas, escandaloso entonces, es hoy una obra apacible...Estimo que hay que cambiar las armas, aunque esencialmente los objetivos sean los mismos, pues la represión moral sigue igual; sólo se ha disfrazado. Lo que yo pretendo con mis películas es inquietar, violar las reglas del conformismo, que quiere hacer creer a la gente que vive en el mejor de los mundos posibles.[13]
En Buñuel se puede apreciar, por un lado, esa dimensión poética libre, voluntariamente escandalosa, caracterizada por sus opiniones audaces sobre los temas fundamentales de la civilización occidental. Por otro lado, y coexistiendo con la anterior, una facultad increíble de acomodación a las circunstancias exteriores más adversas, una especial cazurrería para adaptarse a las dificultades.[14]
Analizándolo desde otro punto de vista tenemos que constatar la existencia de dos Luises: uno público y otro privado. El primero comenzó a escandalizar desde su primera película: Un perro andaluz; fue miembro del grupo surrealista, cuyo ideal era hacer estallar la sociedad, cambiar la vida...; el segundo obedeció las reglas de la sociedad casándose civilmente. Todo estaba permitido en sus filmes; en su casa, ni las palabras soeces, ni vulgaridades.[15]
Buñuel dijo en cierta ocasión: En la época surrealista, el director del Studio 28 me regaló una película pornográfica llamada Soeur Vaseline (muy buen título)… Cierta vez los surrealistas imaginamos tomar por asalto una sala de cine y pasar sorpresivamente esa película. Iríamos dos a la cabina, otros dos vigilarían la sala, y yo pasaría la película. Lo haríamos en una función en la que hubiera niños. Queríamos que los padres de familia y la moral burguesa se escandalizaran, porque los surrealistas considerábamos que el escán­dalo era un arma.Finalmente, no lo hicimos.[16]
En el año 2000, con motivo del centenario de su nacimiento se le rindieron numerosos homenajes a lo largo de España y fuera de ella. Recordando lo anteriormente dicho por el realizador, no creo que le hubiera disgustado que en uno de esos homenajes, cuando el público asistente esperaba ver el filme que le homenajeaba, se hubieran proyectado algunas escenas pornográficas. 
¿Se hubiera escandalizado el público o lo habría comprendido?
Yo me habría echado a reír.
_________________
[1] Luis Buñuel: Mi último suspiro, Plaza & Janés, 1982, Pág.105
[2] Claude Murcia: Un chien andalou/L´âge d´or, Nathan, 1994, Pág. 93
[3] Declaraciones al Heraldo de Aragón, (20/7/30), En: Andrés Ruiz Castillo: Luis Buñuel, Un chien andalou y el superrealismo. En: Turia, nº 26, Mayo, 1994, Pág. 187
[4] Luis Buñuel, en: Agustín Sánchez Vidal: Luis Buñuel, Ediciones JC, 1984, pág. 49
[5] José Luis Borau: Surrealismo sin etiqueta En: Turia, nº 50, octubre, 1999, Pág. 143
[6] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel, Plot, 1993, Pág. 124
[7] Luis Buñuel en :J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág. 283
[8] Carlos Rodríguez Sanz, Manuel Pérez Estremera, Vicente Molina Foix y Augusto M. Torres: Nuestro cine, nº 63, julio 1967, pág. 35
[9] Fernando Castro: Luis Buñuel y Julio Alejandro. En: Nickel Odeon, nº 13, invierno 1993, Pág. 151
[10] Saint-Jean, Roxane : Entretien avec Luis Buñuel, Positif, n.º 162, 1974, págs. 60-61
[11] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel, Plot, 1993, Pág.42
[12] Manuel Michel: Entrevista con Luis Buñuel, Kyrios, 1978, Pág. 51
[13] Freddy Buache: Luis Buñuel, Guadarrama, 1976, Pág. 36
[14] Antonio Lara: Lectura de "Tristana", de Luis Buñuel, según la novela de Galdós. En: La imaginación en libertad, Universidad Complutense, 1981, Pág. 113
[15] Marisol Martín del Campo en: Jeanne Rucar de Buñuel: Memorias de una mujer sin piano, Alianza, 1991, Pág. 10
[16] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel, Plot, 1993, Pág.71

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