domingo, 9 de octubre de 2016

La casa de Buñuel en México

Luis Buñuel estuvo viviendo en su casa de la Cerrada de Félix Cuevas de México, desde el 3 de marzo de 1954, hasta su muerte en julio de 1983. Luego siguió habitándola su esposa hasta su muerte en 1994. En 2010 Ángeles González-Sinde, que estaba al frente del Ministerio de Cultura compró la casa a los hijos del cineasta por 400.000 euros. Posteriormente el
estado español hizo fuertes inversiones en reformar la casa para las actividades a las que tenía previsto dedicarla. Se convirtió en 2013 en un centro cultural, que se conoce como Casa Buñuel o Casa Museo Luis Buñuel y que desde mayo de 2015 no tiene actividad debido a un  conflicto de intereses entre los ministerios españoles de Cultura y de Exteriores.
En mi interés por conocer lo mejor posible al cineasta y su entorno, hoy vamos a conocer un poco la casa donde pasó los últimos 29 años de su vida. Como yo no tuve la fortuna de conocer personalmente esa casa, tenemos que recurrir a los que sí le visitaron. Debido a esta diversidad de fuentes, algún dato se repite:
 “La casa de Félix Cuevas se encontraba casi en las afueras de la ciudad: a lo lejos se veía un pueblecito, Coyoacán. Alrededor, grandes extensiones de tierra en donde pastaban las vacas, paseaban manadas de borregos entre los campos sembrados de maíz. Un solo tranvía nos dejaba en el centro. En 1952 compramos el terreno y construimos la casa. Costó 300.000 pesos. Al fin dejamos de ser nómadas y comenzamos a echar raíces.”[1]
En la avenida Félix Cuevas, “entre las calles Fresas y San Francisco, se halla el ingreso a la Cerrada Félix Cuevas, callejuela sin salida custodiada en la entrada por arbustos con formas geométricas, una caseta policial y una puerta enrejada que permanece abierta durante el día. Vecinos y visitantes ocasionales del barrio parecen desconocer que la sexta casa del lado derecho, aquella con el número 27 junto a la puerta metálica color blanco, es la construcción encargada por el cineasta… al arquitecto español Arturo Sáenz de la Calzada, también exiliado y excompañero suyo en la Residencia Estudiantil de Madrid.”[2]
Vivía Buñuel en una de esas casas de México que parecen de Pekín, en que una alta tapia y una puerta pequeña, siempre cerrada, oculta en otro mundo a la calle y a la vida...[3]
Desde la calle, dos árboles impiden identificar con claridad la estructura y detalles arquitectónicos de la casa. Pero uno de ellos salta a la vista a pesar del entramado de ramas, hojas y el cableado eléctrico que se eleva por los aires: el ladrillo rojo que da forma tanto a la muralla externa como a la fachada interna, cual símbolo de las edificaciones españolas en el exilio…[4]
Al ingresar en la casa, un sendero aparece a la derecha. Conduce a un espacio más amplio en el que se yerguen cuatro árboles plantados en hilera. El trayecto está cubierto por una alfombra de piedras pequeñas que no consigue esconder del todo las raíces que sostienen la arboleda y serpentean revelando el pasado de su entorno. [5]
Su casa de México no se parecía en nada a las clásicas residencias de los monstruos sagrados de Hollywood. Era una casa sencilla, de dos plantas, en la que reinaba un orden absoluto. Bastante grande: Buñuel la había hecho construir para que si le pasaba algo a él su mujer, Jeanne Rucar, pusiera una pensión para turistas… El servicio se limitaba a un par de indiecitas …[6]
Fue diseñada por el arquitecto español Arturo Sáenz de la Calzada, compañero del cineasta durante sus años en la madrileña Residencia de Estudiantes. Es precisamente para recordar aquellos años por los que Buñuel le pidió que la fachada fuera a ladrillo visto. También le pidió que la chimenea fuera de piedra volcánica. Este arquitecto fue también el que diseño la columna de Simón del desierto.
La casa estaba amueblada con enorme sencillez, en algo que a falta de mejor expresión yo llamaría «estilo español». El cuarto de estar-comedor tenía una grande e inútil chimenea flanqueada por dos sillones y creo re­cordar que presidida, también por decirlo de algún modo, por el hermoso retrato que le hizo Moreno Villa a Jeanne y que era una afable sonrisa entre tanta austeridad. [7]
Primera sorpresa... el gran comedor tenía las paredes completamente desnudas con la excepción de un plano del Metro de París, y eso era extraño porque los surrealistas, y André Breton el primero, tenían cuadros y objetos que llenaban el decorado. Descubrí a Buñuel en este decorado o más bien en esta ausencia de decorado. El hecho de haber puesto en la pared un plano del Metro de París indicaba cierta nostalgia que compartía con su mujer.[8]
La casa de Buñuel es amplia y confortable. Su mobilia­rio es perfectamente neutro. Como lo era, en 1932-1934, el de su apartamiento parisino en la rue Pascal, compra­do por entero en las galerías Lafayette. Algunos cuadros pintados por amigos. Dos retratos de Luis joven, por Da­lí. En el jardín, un fogón campestre donde Jeanne cocina la paella valenciana cuando reciben a los amigos, particularmente republicanos españoles establecidos en México desde 1939-1940. También Luis sabe hacer muy bien la paella, y uno de sus orgullos es haber ganado, con este plato español, un premio en un concurso culinario orga­nizado en México.
Los amigos son recibidos en el salón y sala-comedor, dos grandes piezas que comunican. Pero la familia come habitualmente en un pequeño desayunador, no lejos de la cocina. Es allí donde permanece frecuentemente Jeanne. [9]
El lugar favorito de Buñuel era la habitación donde preparaba sus tragos y sus cocteles, el bar de la casa al que consideraba un rincón sin el que la vida sería imposible de sobrellevar.[10]
Entrando por la puerta principal de la casa, la pequeña habitación a la derecha cumplía las funciones de cuarto de estar y de cantina. Rara vez se usaba la sala.
Puesto que siempre se bebía, se le llamaba el bar. Regulada por las persianas, la luz siempre parecía la misma. Alrededor de una mesa baja con carpetas y ceniceros, un sillón largo contra la pared y dos individuales de madera pesada, de un pretendido estilo colonial mexicano. Los adornaban coloridos cojines bordados por Jeanne sobre diseños que le mandaba el escultor Alexander Calder.
En una esquina un refrigerador -no un aparato portátil, de media altura, sino un mostrenco de mueble blanco que rezumbaba ligeramente. Dentro sólo había aceitunas y hielo. Ocasionalmente jamón serrano. En la pared detrás colgaba un enorme mapa del Metro de París. Contra otra de las paredes, un largo trinchador sobre el que descansaban utensilios básicos de cantinero: hieleras, cocteleras, agitadores, abrelatas. Compartían la superficie con una prole perteneciente a Jeanne: sus muñecos y artilugios, algunos de los objetos para sus bromas —sobre todo los más novedosos eran los que quedaban ahí, a la vista.
Sobre una repisa, más vasos y botellas de todos tipos. Al centro, un marco de madera que resguardó indistinta, sucesivamente, grabados de Gironella, Julián Pablo Fernández o dibujos a tinta míos. Se entiende que agradecían este tipo de obsequios y les daban un plazo de exhibición. Me atrevo a decir que el contenido de las obras les era indiferente. (Tomemos como referencia el retrato de Luis hecho por Dalí, de cuya presencia en una columna cuadrada, previa a la sala, él se disculpaba siempre, aduciendo que estaba ahí sólo por motivos de nostalgia).
También sobre la repisa, llegó a reposar, sin requerir explicación, un carnet falso de un gendarme barbicerrado y con tricornio. Era el coronel Tejero, aquel frustrado golpista que tomó el congreso español en los setenta.
Podríamos agregar la presencia de Tristana, la perra ratonera. Subida al sillón fue testigo de incontables sesiones de humo de cigarro, de bebida y plática.[11]
Lo que más enamoró de México a Buñuel y su esposa, fueron las extrañas noches de tertulias en su casa, al lado de sus amigos mexicanos como Carlos Fuentes, Octavio Paz, Octavio Alba o Elena Poniatowska. Pláticas y anécdotas que se quedaron a vivir como fantasmas entre los muros de la casa.
“Sus reuniones en esta casa eran muy particulares porque para empezar él era un hombre muy estricto con los horarios, a las 10 de la noche ya tenía que estar en la cama durmiendo, así que sus fiestas famosas se realizaban muy temprano”[12]
En la planta alta están la habitación y el estudio de Buñuel. La habitación es espartana: piso de duela, ventanas sin cortinas, una cama individual, una mesa de noche con el reloj despertador de los años cuarenta, un sillón. El estudio permanece igual, con el escritorio al centro y un librero que cubre toda una pared. El ventanal da a una terraza que comunica con el cuarto de Jeanne. Sobre un muro la foto de Jeanne dentro de un marco original: su cara —bellísima— detrás de unas puertitas de hierro que imitan un balcón árabe o sevillano; al lado un minúsculo farol. Y este marco reproduce la vida de Jeanne junto a Buñuel, o la actitud de Buñuel con respecto a su mujer: posesión, celos, apartheid.[13]
Completamos nuestro conocimiento del estudio de Buñuel con dos descripciones:
Sadoul: Jeanne lo abrió para que yo lo usara. Puesto que soy uno de los más viejos amigos de Luis, tenía el derecho de trabajar allí. Y también de ver lo que guardan dos armarios cuidadosa­mente cerrados con llave: una maravillosa colección de armas, carabinas y pistolas, preciosamente cuidadas y engrasadas...
—Algunos domingos —me había dicho una vez Luis—, salgo muy temprano a cazar por los alrededores de Méxi­co. Llevo fusiles. Pero nunca cartuchos. Me aterraría matar a un animal. Me gusta observarlos, apuntarlos, verlos huir. No quiero correr el riesgo de herirlos.
Reinaba en ese estudio un orden perfecto, pero sin rigi­dez alguna. En los estantes de la biblioteca, los libros de nuestros amigos surrealistas y otras obras me llamaron la atención: Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles (en cuatro volúmenes) ; Federico García Lorca, Obras completas; Marqués de Sade, Les infortunes de la vertu; Siqueiros, El camino hacia un rea­lismo social; Havelock Hellis, El alma de España; Otto Schwartz, Por los caminos de España...[14]
Aranda: La habitación más solemne e importante era el despacho, o estudio, de Luis Buñuel. Estaba en el piso alto y reinaba en él aquel orden inflexible que era la manía, casi la obsesión del cine­asta; tras la mesa de trabajo campeaba, prepotente, la Enciclopedia Espasa.
No recuerdo qué más libros tenía allí Buñuel. Sí tenía, en cambio, todos los pre­mios que fue cosechando a lo largo de su vida, pero encerrados bajo llave en un ar­mario.[15]
Y concluimos: “Luis, en sus últimos años, se movía como un gran muñecote de dos piezas; bisagra en la cintura, se inclinaba con una mano en la oreja, haciendo pantalla, y avanzando hacia su comunicante la par­te superior del cuerpo.
Recibía a los amigos en una habitación pequeña, en la que tenía una escultura de alambre, ya muy traqueteada, de su hijo, y un gran mapa de París.
En un armario de madera blanca guardaba las botellas y él se sen­taba en un sillón largo, para tres personas, frente a París.
Para servir la ginebra se levantaba con un cierto esfuerzo del mu­ñecote y abría el armarito revolviendo las botellas en busca de la indicada.
Juana nos traía el hielo de la cocina, y la perra, "Tristana", venía a ponerse en el mejor sitio del sillón. Era una perra pequeña, chillo­na, algo fastidiosa.”[16]


[1] Jeanne Rucar de Buñuel: Memorias de una mujer sin piano, Alianza, 1990, Pág. 87
[2] Víctor Quintanilla: Casa Buñuel, La Razón, suplemento Escape, 27 mayo 2012 (a través de Internet)
[3] Guillermo Cabrera Infante, en: Raúl Carlos Maícas: Miradas sobre Buñuel En: Turia, nº 50. Pág.: 184
[4] Víctor Quintanilla: Casa Buñuel, La Razón, suplemento Escape, 27 mayo 2012 (a través de Internet)
[5] Ibídem.
[6] Joaquín Aranda: Encuentros personales, Heraldo de Aragón, 22 febrero 2000, pág. 11
[7] Ibídem
[8] Raymond Borde: Buñuel 100 años. Es peligroso asomarse al interior, Instituto Cervantes, 2000, pág. 213
[9] Georges Sadoul, en el prólogo de: Luis Buñuel: Viridiana, Ed. Era, 1963, págs. 7-8
[10] Janet Cacelin: La casa de Buñuel en México, el último testigo de sus secretos, Univisión noticias (De Internet)
[11] Claudio Isaac: Luis Buñuel: a mediodía, Fundación Centro Buñuel Calanda, 2003, págs. 26-27
[12] Janet Cacelin: La casa de Buñuel en México, el último testigo de sus secretos, Univisión noticias, 7 noviembre 2013
[13] Marisol Martín del Campo en el prólogo: Jeanne Rucar de Buñuel: Memorias de una mujer sin piano. Pág. 9
[14] Georges Sadoul, en el prólogo de: Luis Buñuel: Viridiana, Ed. Era, 1963, págs. 7-8
[15] Joaquín Aranda: Encuentros personales, Heraldo de Aragón, 22-2-2000, pág. 11
[16] Paco Ignacio Taibo I: Por el gusto de estar con ustedes, Pangea, 1987, pág. 115

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