domingo, 18 de septiembre de 2016

La "filosofía" de Luis Buñuel

Buñuel dejó a lo largo de toda su obra, unas veces de forma latente y otra explícita, su visión del mundo, lo que podríamos llamar su “filosofía”. Esa forma de entender Buñuel el mundo se puede entresacar de las entrevistas que ha ido concediendo a lo largo de su vida.
En último término lo que el realizador se propuso con su obra es lo que escribió Engels referido a la función del novelista: "El novelista habrá cumplido honradamente, cuando, a través de una pintura de las relaciones sociales auténticas, destruya las ilusiones convencionales sobre la naturaleza de dichas relaciones, quebrante el optimismo del mundo burgués y obligue a dudar al lector de la perennidad del orden existente, incluso aunque no nos señale directamente una conclusión, aunque no tome partido."[1] Si cambiamos novelista por cineasta podríamos entender lo que Buñuel pretendió a lo largo de toda su carrera.

No vivimos en el mejor de los mundos posibles. Quisiera insistir en realizar filmes que transmitan al espectador, más allá de entretenerlo, la total certeza de este fallo. Me refiero a que con esa clase de películas persigo mis objetivos de modo consecuente. Todos mis filmes, incluso los así llamados neorrealistas, de alguna manera echan luz sobre el hecho de que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.
¿Cómo se puede esperar una evolución de la conciencia del espectador –y con él, de la del productor– si nuestros filmes, hasta las comedias absurdas insisten permanentemente en que nuestras organizaciones sociales, nuestros conceptos sobre la patria, la religión, el amor, etc., no son tal vez acabados pero sí únicos y necesarios? El verdadero “opio del pueblo" es el conformismo.[2]
La filosofía que Buñuel proyecta es la de que los individuos no pueden cambiar un sistema y, por deducción, los sistemas sólo pueden ser cambiados por la revolución. Es un cruel y cínico estudio de un idealista que pierde sus ideales, pero suena verdadero.[3]
En ninguna de las artes tradicionales existe una desproporción tan grande entre posibilidades de realización como en el cine. Por actuar de una manera directa sobre el espectador, presentándole seres y cosas concretas; por aislarlo, gracias al silencio, a la oscuridad, de lo que pudiéramos llamar su hábitat psíquico, el cine es capaz de arrebatarlo como ninguna otra expresión humana. Pero como ninguna otra es capaz de embrutecerlo. Por desgracia, la gran mayoría de los cines actuales parece no tener más misión que ésa: las pantallas hacen gala del vacío moral e intelectual en que prospera el cine.
El misterio, elemento esencial de toda obra de arte, falta por lo general en las películas. Ya tienen buen cuidado autores, directores y productores de no turbar nuestra tranquilidad abriendo la ventana maravillosa de la pantalla al mundo libertador de la poesía. Prefieren reflejar en aquella los temas que pudieran ser continuación de nuestra vida ordinaria, repetir mil veces el mismo drama, hacernos olvidar la penosas horas del trabajo cotidiano. Y todo eso, como es natural, bien sancionado por la moral consuetudinaria, por la censura gubernamental e internacional, por la religión, presidido por el buen gusto y aderezado con humor blanco y otros prosaicos imperativos de la realidad.
El cine es un arma maravillosa y peligrosa, si la maneja un espíritu libre. Es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto. El cine parece haberse inventado para expresar la vida subconsciente, que tan profundamente penetra, por sus raíces, la poesía; sin embargo, casi nunca se le emplea para esos fines.
Si deseamos ver buen cine raramente lo encontraremos en las grandes producciones, o en aquellas obras que vienen sancionadas por la crítica y el consenso de los públicos. La historia particular, el drama privado de un individuo, creo que no puede interesar a nadie digno de vivir en su época; si el espectador se hace partícipe de las alegrías, tristezas o angustias de algún personaje de la pantalla, deberá ser porque ve reflejadas en aquel las alegrías, tristezas o angustias de toda la sociedad, y por tanto las suyas propias. La falta de trabajo, la inseguridad de la vida, el temor a la guerra, la injusticia social, etc., son cosas que, por afectar a todos los hombres de hoy, afectan también al espectador; pero que el señor X no sea feliz en su hogar y se busque una amiguita para distraerse, a la que finalmente abandonará para reunirse con su abnegada esposa, es algo moral y edificante, sin duda, pero nos deja completamente indiferentes[4].
No hago "cine de ideas". Hay, desde luego, ideas a las que soy fiel, y podría decirles que muchas son las mismas que tenía a los veintiocho años, aun cuando algunas haya tenido que matizarlas, porque la realidad me ha obligado a ello. Yo expongo, no impongo, esas ideas. Y más que ideas, son imágenes, sentimientos. Pero me sucede frecuentemente que en un argumento, o durante el rodaje, apenas pongo algo que parece tener un significado cierto, inmediatamente me viene a la imaginación lo contrario... No (=no es la dialéctica de Buñuel). Tampoco es un sistema y menos un métodos filosófico. Quizá sucede que me avergüenzan las afirmaciones rotundas o las negaciones tajantes. Me gusta lo que le dice Pilatos a Jesús: "¿Qué es la verdad?" En eso entiendo más a Pilatos que a Jesús. Me simpatizan los que se esfuerzan en buscar la verdad; disiento de los que hablan como si la hubieran encontrado[5].
...Soy ambiguo siempre. La ambigüedad me es consustancial, porque rompe las ideas hechas, inmutables. ¿Dónde está la Verdad? La Verdad es un mito[6]...
Jamás me propongo un problema a priori, como la caridad, la virginidad, la maldad. No agrupo a las personas según categorías morales, de tal manera que ya sabría la respuesta a mis preguntas. Trabajar de ese modo es engañar. Lo que la moral burguesa considera moral para mí es inmoral. Naturalmente me hago algunas preguntas cuando hago un filme. Pero mi intención no apunta a la solución de problemas determinados. Por el contrario: cuento mi historia y ubico a las personas dentro de su medio y dejo que surjan entre ellos relaciones reales o simbólicas. Pero sus caracteres no responden a esquemas prefijados. Las personas tienen su lugar en la historia que cuento. De su evolución adquieren la fuerza que permite el surgimiento de determinadas relaciones sociales y morales...
Los problemas morales individuales no me interesan...Claro que como descendiente de una familia católica de la burguesía española, y a raíz de mi educación con los jesuitas... mi niñez y mi juventud sufrieron las normas, los principios destructores de esta sociedad. Me dejaron como herencia todo un sistema de prohibiciones y represiones...Darwin... mi encuentro con los surrealistas... aumentaron en mí un irrefrenable deseo de libertad, de una libertad cuya consumación supone la destrucción de todos los soportes sobre los que descansa la sociedad burguesa. Tal vez no sea necesario atacar, como antes, a la familia, la patria y el trabajo, porque la experiencia ha demostrado que no es necesario destruir la familia para erigir una sociedad nueva. Pero mi posición con respecto a estos principios no ha cambiado: como categorías superlativas, como principios inapelables, deben ser destruidos...
Detrás de los principios eternos erigidos por nuestra sociedad o por otras, sólo se esconden, según mi criterio, las relaciones humanas permanentemente fluctuantes y relativas, tal como se expresan en la familia, el amor, la amistad o el arte. Para mí es natural atacar los así llamados "principios", ya que son instrumentos de la represión y yo creo que hay que llevar a cabo una lucha permanente por la libertad[7].
Como muchos intelectuales de su generación Buñuel abrazó con entusiasmo: el credo marxista del cambio social; la revolución freudiana de la naturaleza de los conflictos internos; una actitud subversiva ante la estética; y una moral que tenía en su base la filosofía del marqués de Sade.[8]
Para Buñuel, la filosofía de Sade es la que mejor ha sabido entender y explicar al hombre y al hombre en el mundo...

...Creo más en el individuo que en la sociedad... En una época, mis simpatías iban hacia el movimiento colectivo, hacia el socialismo. Era mi reacción contra el sistema organizado. Simpatizaba con todo lo que pudiera destruir la sociedad existente, convencional e injusta. Pero pienso ahora que cuando esa sociedad es destruida, aparece otra que termina siendo lo mismo... de otra manera... Soy actualmente un escéptico, digamos un escéptico bien intencionado. Quiero decir que conservo mi simpatía para aquellos que creen en lograr una sociedad mejor... No puedo proponer soluciones, no sé cuáles serían. Simplemente procuro no traicionar mis convicciones de juventud, hacer el menor daño posible. Y trato de que mis películas sean moralmente honradas...

No creo más en el progreso social. Sólo puedo creer en unos pocos individuos excepcionales y de buena fe, aunque fracasen, como Nazarín[9].
Yo admito que el hombre es bueno en particular, pero colectivamente, todos juntos, en sociedad, somos muy malos.[10]
Lo que está mal hecho es la sociedad. Algo vergonzoso. Horrendo. El hombre no es malo. Es la sociedad[11].
No soy determinista; quiero decir que no creo que nadie esté moralmente determinado para siempre  por haber nacido en tal o cual clase social. Nacer burgués no condena a nadie a pensar y actuar como burgués toda la vida[12].
En Buñuel hay una dicotomía clara entre su modo de pensar y lo que hace, como corresponde a una persona de ideas comunistas, pero que es un completo burgués:
Es muy curioso, pero soy así. De un lado, mis ideas; del otro, la realidad. Lo cierto es que, cuando la guerra de España, era realidad todo...lo que yo había pensado: quema de conventos, guerra, asesinatos, y yo estaba muerto de miedo, y no solamente eso, sino que estaba en contra. Soy revolucionario, pero la revolución me espanta. Soy anarquista, pero estoy totalmente en contra de los anarquistas... Y soy sadista, pero un ser completamente normal. Todo lo llevo en la cabeza, pero, en el momento en que se presenta la ocasión de realizar mis deseos, huyo, y no quiero saber nada. Todo lo que no es cristiano me es extraño. ¿Bonita frase, no[13]?
A mí lo que me importa, lo que me interesa, es el primer instinto, la reacción natural. Lo malo es que la mayoría de las veces está uno atado por las conveniencias, por las conveniencias sociales. ¡Qué le vamos a hacer! Por eso ya no me interesan los surrealistas[14].
No me propongo tratar ni bien ni mal a los obreros. Que una familia sea obrera, eso no me hace ni simpática ni antipática. Mi simpatía dependerá de lo que cada uno sea como persona. Además yo siempre veo ciertas cosas con humor[15].
Su visión del mundo se basa en “el azar y el misterio, la contingencia de la necesidad, la imaginación como libertad, la ilusión humana de crear superestructuras sobre el vacío y el caos, la alienación del hombre por la moral establecida, la ilusoria condición humana, la gratuidad de la existencia, la naturaleza como un todo que incluye a la sociedad...Y un sentido de la rebelión moral cuyo objetivo es hacer que el hombre viva una vida plena, sin engañarse por sus condicionamientos y ataduras.”[16]
Y concluimos con las siguientes palabras extraídas de sus “memorias”:
Pido perdón si las páginas que preceden parecen confusas y pesadas. Estas reflexiones forman parte de una vida tanto como los detalles frívolos. No soy filósofo, ya que nunca he poseído capacidad de abstracción. Si algunos espíritus filosóficos, o que creen serlo, sonreían al leerme, bueno, me alegro de haberles hecho pasar un buen rato. Es un poco como si me encontrase de nuevo en el colegio de los Jesuitas de Zaragoza. El profesor señala con el dedo a un alumno y le dice: «¡Refúteme a Buñuel!» Y es cuestión de dos minutos.
Sólo espero haberme mostrado suficientemente claro. Un filósofo español, José Gaos, fallecido no hace mucho tiempo, escribía, como todos los filósofos, en una jerga inextricable. A alguien que se lo reprochaba, respondió un día: «¡Me tiene sin cuidado! La Filosofía es para los filósofos.» A lo cual, yo opondría la frase de André Breton: «Un filósofo a quien yo no entienda es un cerdo.» Comparto plenamente su opinión..., aunque a veces me cueste entender lo que dice Breton.[17]



[1] Carta a Minna Kautsky. Tomado de: Víctor Fuentes: Buñuel: Cine y Literatura. Salvat, 1989, Pág. 70
[2] Luis Buñuel: Comentarios sobre Viridiana. New York Times, 18 de marzo de 1962 (Tomada del libro Buñuel. Ed. Kyrios, 1978).Pág.56
[3] Peter G. Baker, en: Emilio García Riera : Historia documental del cine mexicano, VII. Pág. 257
[4] Cinco respuestas de Luis Buñuel. Del "Press Book" del film Nazarín. (Tomado del libro El cine de Luis Buñuel según Luis Buñuel. Festival de cine de Huesca. Huesca. 1993).Pág.164
[5] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Plot, 1993, Pág.101
[6] Ibídem, Pág.140
[7] Manuel Michel: Entrevista con Luis Buñuel. (Tomada del libro Buñuel. Ed. Kyrios, 1978), Pág.47
[8] Elena Gascón Vera: La imaginación sin límites: Sade en Buñuel. En: Turia, nº 26. Noviembre, 1993, Pág. 155
[9] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Plot, 1993, Pág.107
[10] Film Ideal, nº 212, 1966. Tomado de: Antonio Lara: Lectura de "Tristana", de Luis Buñuel, según la novela de Galdós. En: La imaginación en libertad. Universidad Complutense, 1981, Pág. 133
[11] Max Aub: Conversaciones con Buñuel. Aguilar, 1985, Pág.139
[12] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Plot, 1993, Pág.99
[13] Max Aub: Conversaciones con Buñuel. Aguilar, 1985, Pág.149
[14] Ibídem, Pág.157
[15] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Plot, 1993, Pág.68
[16] Miguel Rubio: Nueve reflexiones sobre un cineasta ateo. En: Nickel Odeon, nº 13, Invierno 1998,  Pág. 31
[17] Luis Buñuel: Mi último suspiro, Plaza & Janés, 1982, pág. 172

1 comentario:

  1. Excelente Blog. Gracias por compartir su saber y la documentacion que lo acompaña. Mi mas sincera enhorabuena. Seguiré con pasion sus escritos.

    Cordialmente

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