domingo, 4 de septiembre de 2016

"Los olvidados" de Jacques Prévert

Jacques Prévert
Luis Buñuel y Jacques Prévert entablaron amistad durante los años que el aragonés pasó en París. Ambos pertenecieron al grupo surrealista. Buñuel lo sacó en su película La edad de oro, 1930. Es el peatón que es insultado por el protagonista (Gaston Modot) cuando va esposado. Fue durante su estancia en la capital francesa cuando Jacques Prévert le presentó a Buñuel a Oscar Dancigers, que curiosamente sería el hombre que le permitiría reiniciar su carrera como director en México y productor de varias de sus películas mexicanas, entre ellas Los olvidados, 1950: “Denise me puso en contacto con el productor Óscar Dancigers, a quien yo había conocido en los «Deux Magots», en París, antes de la guerra, presentado por Jacques Prévert. Óscar me preguntó:
—Tengo algo para usted. ¿Quiere quedarse en México?”[1]

Durante la estancia de Buñuel en EE. UU. se volvieron a encontrar. Fue en 1938, en Nueva York, al poco de llegar al país. Buñuel le enseña la ciudad y Prévert le da un buen susto al poner en práctica su manía de saltar sobre los bordes de las ventanas en equilibrio.[2]
Es sabido que cuando Los olvidados se estrenó el 9 de noviembre en México fue un auténtico fracaso, permaneciendo 3 días en cartel. Buñuel intentó promocionar la película en el extranjero. Le escribió a Iris Barry, su antigua amiga, para proyectar la película en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Hizo lo mismo con Henri Langlois para proyectarla en la Cinemateca francesa.
Octavio Paz, que conoció a Buñuel en 1937 en París, organizó una exhibición privada en París, en el Studio 28, a la que invitó a los miembros del grupo surrealista y que, en general, la recibieron bien, salvo por parte de los que pertenecían al partido comunista.
Cuando la película se presentó a concurso en el Festival de cine de Cannes en abril de 1951, las autoridades mexicanas no se preocuparon de promocionar la película como constató Octavio Paz: “Cuando llegué a Cannes el 3 me di cuenta que ni México ni Karol habían preparado la presentación. No teníamos folletos, publicaciones, nada. Tampoco se había hecho la menor propaganda, ni se había utilizado la admiración y amistad que aquí se le profesa. Mi primera preocupación fue movilizar la opinión. Por fortuna, el mismo día 3 encontré varios amigos que con todo desinterés...se dedicaron a hacer de Los olvidados “el film del festival: Simone Rebreuilh, Kyrou, Frédéric y Langlois...En primer término visitamos a Prévert (que se ha portado de un modo maravilloso), ... Logramos la colaboración de Cocteau y Chagall...Movilizamos también a...periodistas,  secretarias, etc. Finalmente, 24 horas antes, distribuimos el texto que escribí sobre usted. En suma, creamos una atmósfera de expectación. Hay que decir que Karol los últimos días, “despertó” y nos ayudó. Dancigers se presentó a última hora y –aunque tarde- también fue eficaz.”[3]
El texto al que se refiere es el que redactó el propio Octavio Paz: “Deprisa, he escrito algo sobre usted. Será distribuido en francés, el día 8. Después creo que obtendré un texto de Prévert.”[4]
página del original
En efecto, Prévert escribió un largo poema que llevaba el mismo título que el filme y que tuvo su origen en la iniciativa de Octavio Paz de promocionar la película de Buñuel en el festival de Cannes. Él lo cuenta: “Visitamos a muchos artistas notables que vivían en la Costa Azul, invitándolos a la función en que se iba a exhibir la película. Casi todos aceptaron… El más generoso fue el poeta Jacques Prévert. Vivía en Vence, a unos cuantos kilómetros de Cannes; lo fuimos a ver Langlois y yo: le contamos nuestros apuros y a los pocos días nos envió un poema en homenaje a Buñuel, que nos apresuramos a publicar. Creo que causó cierta sensación entre los críticos y los periodistas que asistían al Festival.”[5]
La película se proyectó en el festival el 9 de abril. Tras la presentación de la misma en el festival: Prévert declaró que “era la mejor película que había visto en los últimos 10 años…”[6]
En una carta del 16 de abril de ese año, 1951, Octavio Paz le envió el poema a Buñuel.[7]
Posteriormente el poema Los olvidados se publicó en el libro de Jacques Prévert titulado Spectacle, editado por Gallimard en 1951
   
Los olvidados[8]
  
Traducción española
Original francés
La última vez que vi
a Luis Buñuel
era en Nueva York
en 1938 y en Norteamérica.
Lo volví a ver
anteayer en Cannes
de lejos y de cerca.
   No ha cambiado nada.

Luis Buñuel no es un exhibidor de sombras
de sombras ensotanadas
de sombras consolantes consoladas
y confortablemente martirizadas
y como hace años
la matanza de los inocentes
le hiere y le subleva
lúcidamente
generosamente
sin que sienta para nada en el mundo
la necesidad
de un chivo expiatorio
clavado en la cruz
para legitimarla
—esa matanza—.

Luis Buñuel no es un exhibidor de sombras
 más bien un exhibidor de soles
pero
aun cuando esos soles sean sangrientos
los muestra
inocentemente.

Olvidados
los olvidados
cuando no se conoce la lengua
se dirían
árboles felices
los olvidados
 plátanos u olivos.

Los olvidados
pequeñas plantas errantes
de los arrabales de la ciudad de México
prematuramente arrancados
al vientre de su madre
al vientre de la tierra
y de la miseria.

Los olvidados
niños demasiado pronto adolescentes
niños olvidados
relegados... no deseados.

Los olvidados
la vida no tuvo tiempo de acariciarlos.
Luego
ellos se encabronaron con la vida
y viven con ella
a cuchilladas
    los cuchillos
que el mundo adulto y manufacturado
velozmente les hundió
en un corazón
que fastuosamente generosamente
y
afortunadamente
latía.

Y esos cuchillos se los arrancan
ellos mismos de su pecho
muy pronto helado
y golpean al azar
a como salga
entre ellos
a diestra y siniestra
para calentarse un poco
y caen
públicamente
bajo el sol
mortalmente heridos.

Los olvidados
niños amorosos
y no amados
asesinos adolescentes
 asesinados.

Pero
en medio de una feria de barriada
un niño a salvo
sobre un caballito de madera errante
sonríe
gira un instante
y su sonrisa es
el sol
que se pone y se levanta
al
mismo tiempo
y el gran mundo
chirriante de las festividades oficiales
iluminado por esta sonrisa
embellecido por este sol
también respira un instante
y un poco celoso
enmudece.

La última vez que vi
a Luis Buñuel
era en Cannes
una noche en la Croisette
en plena miseria en la ciudad de México
y todos esos niños
que morían atrozmente en la pantalla
estaban más vivos
que muchos de los invitados.

[Traducción de José de la Colina]
La dernière fois que j’ai vu
Luis Bunuel
c’était à New–York
en 1938 et en Amérique du Nord.
Je l’ai vu
avant-hier soir à Cannes
de loin et de près.
   Il n’a pas changé.

Luis Bunuel n’est pas montreur d’ombres
d’ombres ensoutanées
d’ombres consolantes consolées
et confortablement martyrisées
et comme, il y a des années
le massacre des innocents
le blesse et le révolte
lucidement
généreusement
sans qu’il éprouve le moins du meilleur monde 

la salutaire nécessité d’un bouc émissaire
planté en croix 
 pour le légitimer
-ce massacre-.

Luis Bunuel n’est pas un montreur d’ombres
plutôt un montreur de soleils
mais
même quand ces soleils sont sanglants
il les montre
innocemment.

Olvidados
los olvidados
quand on ne connaît pas la langue
on croirait
des arbres heureux
los olvidados
des platanes ou des oliviers.

Los olvidados,
petites plantes errantes
des faubourgs de Mexico cité
prématurément arrachées
au ventre de leur mère
au ventre de la terre
et de la misère.

Los olvidados,
enfants trop tôt adolescents
enfants oubliés
relégués…pas souhaités.

Los olvidados
la vie n’a pas eu le temps de les caresser.
Alors
ils en veulent à la vie
et vivent avec elle
à couteaux tirés.
   les couteaux
que le monde adulte et manufacturé
leur a très vite
enfoncés dans un cœur
qui fastueusement généreusement
et
heureusement
battait.

Et ces couteaux ils les arrachaient
eux-mêmes de leur poitrine
trop tôt glacée
et ils frappent au hasard
au petit malheur
entre eux
à tort et à travers
pour se réchauffer un peu
et ils tombent
publiquement
en plein soleil
mortellement frappés.

Los olvidados
enfants aimants
et mal aimés
assassins adolescents
assassinés.

Mais
au milieu d’une fête foraine,
un enfant épargné
sur un manège errant
sourit
un instant en tournant
et son sourire c’est
le soleil
qui se cache et se lève
en
même temps
et le beau monde
grinçant des officielles festivités
illuminé par ce sourire
embelli par ce soleil
respire lui aussi un instant
et un petit peu jaloux
se tait.

La dernière fois que j’ai vu
Luis Bunuel
c’était à Cannes
un soir sur la Croisette
en pleine misère à Mexico cité
et tous ces enfants
qui mouraient atrocement sur l’écran
étaient encore bien plus vivants
que beaucoup parmi les invités.




[1] Luis Buñuel: Mi último suspiro, Plaza & Janés, 1982, pág. 185
[2] Fernando Gabriel Martín: El ermitaño errante. Buñuel en Estados Unidos, Tres Fronteras Ediciones, 2010, pág. 173
[3] Octavio Paz: Luis Buñuel: el doble arco de la belleza y de la rebeldía. Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, 2000, pág. 51 (con leves correcciones)
[4] Ibídem, pág. 50
[5] Ibídem, págs. 44-45.
[6] Ibídem, pág. 52
[7] Ibídem, pág. 53
[8] Ibídem, págs. 58-65

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