domingo, 27 de marzo de 2016

El "estilo" de Luis Buñuel (II)

Al entrar al cine industrial ... Había que contar una historia. A veces dentro de esa historia yo podía introducir elementos inquietantes, que sugirieran una dimensión distinta de las cosas. En mis últimas películas he vuelto a ser más libre... Un perro andaluz  y La edad de oro son dos experiencias irrepetibles. No puedo estar metiendo ojos cortados y manos con hormigas en todas mis películas, pero subsisten mis tendencias irracionales... Dejo que el relato vaya haciendo aparecer sus propias imágenes y, muchas veces, si esas imágenes son "de choque" demasiado obviamente, las suprimo. Claro, las obsesiones visuales aparecen de una manera u otra... Filmo para el público habitual y también para los amigos, para los que van a entender tal o cual referencia, más o menos oscura para los demás. Pero procuro que estos últimos  elementos no entorpezcan el discurso de lo que estoy contando[1]...
Puedo querer divertirme un poco y meter algunas cosas que hagan gracia a los amigos. No son "guiños", porque detesto al cineasta que parece decir: "Miren qué listo soy". Digamos que meto recuerdos compartidos con algunas personas, "claves inocentes[2].
La obra de Buñuel es muy rica y compleja. Buena prueba de ello es la enorme bibliografía que ha generado y que sigue generando todavía. Es por eso que para terminar con el tema del “estilo” de Luis Buñuel, he recogido opiniones de diferentes estudiosos de su obra, ya que unos con otros enriquecen el conocimiento del realizador aragonés.
“Los antecedentes de la estética de Buñuel son… literarios: La proverbial austeridad de su estilo, su rechazo de todo preciosismo técnico, obstaculizan su clasificación en función de categorías que se ciñan a las aportaciones innovadoras en materia de composición del plano, de movimientos de cámara o de efectos de montaje. Ello no implica que las consideraciones formales estén fuera de lugar al analizar su obra: hay inevitablemente una forma, y una conciencia de la forma...Pero la poética que vertebra la obra de Buñuel no se agota en el ámbito del lenguaje cinematográfico, no es cuestión de “cine puro”, sino del más impuro de los cines contaminado de literatura. Buñuel es ante todo un poeta. No sólo antes de ser otra cosa, porque su vocación frustrada fuera la de escritor, sino por haber aplicado a su obra cinematográfica su concepción estética que desarrolló en el ejercicio de la literatura...Es a partir de este reconocimiento como podemos rastrear en...su obra escrita los orígenes de una poética que se extiende a su cine.”[3]
La singularidad de la obra de Buñuel no radica ni en su técnica cinematográfica, ni en sus cualidades de narrador (aunque ambas técnicas dominaba perfectamente), “sino en cómo su inventiva se despliega en el seno de un peculiar universo al que no resulta fácil acceder. Cuando sus películas se desarrollan al margen de ese mundo, los resultados son más bien planos.”[4]
La obra de Buñuel en su peculiar tensión conflictiva, entre la realidad y el deseo, el compromiso moral y la libertad. Como han observado sus colaboradores más próximos, el realizador era capaz de moverse con familiaridad y soltura entre contradicciones que no solamente no le agobiaban, sino que resultaban imprescindibles para su metabolismo creativo. Necesitaba a los jesuitas y a los surrealistas, la rural Calanda "medieval" y la cosmopolita Residencia de Estudiantes. Y por ello trenzó sus películas con Cristo y Sade, crucifijos y navajas, santos y criminales.[5]
Para lograr sus propósitos, el cineasta parte de los objetos más banales, recogiendo sin comentarios, con una cámara tan neutra como la prosa de Sade, una proliferación desordenada, amontonada, de objetos. Entonces se produce... el "florecimiento del telón de fondo", una creación súbita de tensión mediante procesos (acercamiento, travelling, corte) que son convulsivos precisamente en función de la neutralidad del ambiente. Y el objeto, el rostro, el pie o el gesto seleccionados de entre el abundante y casi inmóvil desorden adquieren un relieve insoportable y se revelan en una conexión anteriormente impensable con la totalidad en la que,... Buñuel vuelve a sumergirnos de inmediato…
Y por otra parte, sin sacrificar esa totalidad, Buñuel, inmerso en ella, reordena, yuxtapone, contamina entre sí los objetos más banales...
La matriz poética tanto de su obra literaria, como cinematográfica... reside en la mutilación de lo original y primigenio para recomponerlo mediante el collage en una nueva identidad que ha prescindido de su ubicación jerárquica primitiva .[6]...
Su estilo “suele consistir en colocar estratégicamente imágenes que actúan a la manera de minas explosivas. Y ello no sin antes haberlas recubierto de otras banales que sirven para ocultar la red de hilos subterráneos que conectan entre sí los detonantes...La dificultad mayor de este sistema radica en la modulación mediante recursos fílmicos de la principal materia prima con que trabaja...el flujo subconsciente...Buñuel logra manejarlo con naturalidad gracias a su rara facultad para establecer conexiones entre imágenes aparentemente incongruentes, que se atienen, sin embargo, a la más profunda “lógica” del subconsciente. Procedimiento expresivo que llegó a dominar con tal maestría que fue capaz de ejercerlo no sólo en las aparatosas arremetidas de su inicial etapa surrealista, sino dentro de la tradición realista hispana o el cine comercial mexicano, dando lugar en su madurez a efectos mucho más sutiles.”[7]
 “Buñuel practica una relación mental que no obedece a la lógica tradicional: afirma el absurdo, pero sólo en aquella parte de la construcción cinematográfica que no es material: en el desarrollo de la secuencia y en la articulación de ésta con las restantes. Pero su material es siempre objetivo y no distorsionado, muy español. No recuerdo ni un solo plano, ni un fotograma de Buñuel en el que no aparezca un objeto real, familiar, cotidiano, presentado a palo seco...El elemento de sorpresa y contradicción de las cosas reside, para Buñuel, en estas mismas cosas tal como son: la matanza del cerdo la presenta con la fidelidad que todos hemos visto en cualquier pueblo, y, sin embargo, nos parece increíble, inadmisible, sobre todo cuando él nos la enseña. No es el “arte” de Buñuel, es el mundo quien es surrealista en su obra. No es una deformación sádica la que nos presenta este mundo como cruel y duro; al contrario, Buñuel muestra la violencia en planos brevísimos sin recrearse en ella, dándonos apenas los datos imprescindibles para que tomemos conciencia, con un auténtico sentido del pudor.”[8]
“Buñuel posee una cualidad intrínseca genial: su muy personal poesía, nacida de un pánico y atracción hacia la crudeza, la violencia, las contradicciones de la realidad, la transición constante en la mente humana de lo real e irreal. Como artista pretende rebasar su época huyendo de una estética de escuela. Su lenguaje se sirve de medios tradicionales, “conservadores”, utilizándolos con simple funcionalidad. Como en casi todo su trabajo ha conseguido expresarse aceptablemente con esta síntesis, el lenguaje será válido. Cierto, en la historia del cine no quedará como uno de sus estilistas, creadores de vocabulario visual, o como uno de su más refinados técnicos. Pero, ¿es eso realmente importante?”[9]
Las sacudidas más hondas de su cine se originan en el extrañamiento de las cosas respecto a su origen primigenio para recomponerlas en una nueva identidad que ha prescindido de su ubicación jerárquica primitiva...Es ésta una actitud que atraviesa la obra de Buñuel de polo a polo y casi nunca se ejerce sin consecuencias, ya que suele cuestionar las ideas recibidas y los prejuicios establecidos...Para ello es necesario presentarlos con el debido distanciamiento, para que aparezcan como algo raro. Y hay desarrollos del deseo que habitualmente se consideran anómalos y sin embargo deben mostrarse con la mayor naturalidad. Ese extrañamiento social o de otro tipo es un típica vuelta de tuerca del cine de Buñuel, poblado de personajes excepcionales (Simón en su columna) a los que se somete a la prueba de tener una vida cotidiana como todo hijo de vecino...o bien de gente normal y corriente inmersa en una situación excepcional (los invitados de El ángel exterminador, los comensales de El discreto encanto de la burguesía)...[10]
La recurrencia del chiste interrumpe la continuidad del discurso, inserta en la narración obstáculos a la lectura verosímil. Desde el punto de vista de la "normalidad" cinematográfica, del orden regido por la convención realista, Buñuel practica un terrorismo discursivo. El objetivo de su ataque es sólo indirectamente un código ideológico o moral, lo que subvierte es el lenguaje, el aparato interpretativo en que se fundan dichos códigos. Al minar los cimientos el resto cae por sí solo. Al lenguaje con que atribuimos sentido al mundo, Buñuel contrapone un lenguaje del objeto, que se resiste al sentido. Ello no implica que Buñuel logre, o tan siquiera intente, destruir la posibilidad del discurso… La poética de Buñuel se ha adecuado al funcionamiento del lenguaje cinematográfico y la estrategia observada en sus textos literarios ha sido sometida a una transformación, a una adaptación al nuevo medio… Hace patentes las reglas a base de transgredirlas...Buñuel opone a la continuidad y a la discontinuidad una continuidad transgredida. No propone el caos, sino un discurso en el cual se ha obstaculizado la conexión más directa entre el signo y su interpretación: la vía del sentido literal. Si está vedada la lectura al pie de la letra, porque el discurso nos tiende una trampa a cada paso, resta la vía alternativa, la lectura poética… En la obra de Buñuel no todo se reduce al chiste, e incluso el humor se manifiesta mediante figuras análogas a las de la poesía. Más allá del humor el objeto revierte en su función evocadora, de lugar de encuentro de las proyecciones subjetivas."[11]
 Pródiga en instantes de poesía asociativa, la dialéctica de Buñuel es inseparable de cierta visión central del surrealismo: reunir los opuestos. En Buñuel esa reunión tiene lugar, se hace visible y concreta para los sentidos aunque fuera de los sentidos...Así, el cine de Buñuel es siempre fiel a su conflicto de origen: una lucha entre dos estilos de la mirada y, a través de una u otra percepción, entre la decisión de conectarse con un mundo o de rehusar ese vínculo. La mirada cinematográfica de Buñuel parte de la presencia específica de los objetos más banales. Buñuel utiliza comúnmente planos medios y generalmente estáticos, que recogen, sin comentarios, una proliferación desordenada, amontonada de objetos. Tan ayuna de relieve como la prosa de Sade, la cámara inmóvil de Buñuel retrata una vida que fluye con vulgaridad, sin distinción, aunque con autonomía. Entonces interviene una técnica propia y precisa que podría designarse como el florecimiento del telón de fondo. Con una velocidad que no posee otro cineasta (y con una tensión súbita también similar a la de Sade) el movimiento inesperado de la cámara primero iguala, enseguida conquista y finalmente supera el ritmo paralelo de la realidad. El acercamiento. El travelling o el corte son convulsivos precisamente en función de la neutralidad del ambiente. Y el objeto, el rostro, el pie o el gesto seleccionados de entre el abundante y casi inmóvil desorden adquieren un relieve insoportable y se revelan en una conexión anteriormente impensable con la totalidad en la que, sin detenerse a celebrar el momento lírico, Buñuel vuelve a sumergirnos de inmediato...Por un lado, entonces, la banalidad gris, estanca, del mundo de los objetos; por el otro, la conjunción insólita de los mismos objetos y sus imprevisibles consecuencias. Por otro lado, la omniinclusión, la apropiación de la totalidad de lo real, como si Buñuel temiese cualquier exclusividad que, acaso irreparablemente, deje de ver un solo signo del mundo. En este sentido, la técnica de Buñuel es parte esencial del gran movimiento liberador del cine en cuanto éste representa una enérgica, irrespetuosa, a menudo vulgar y siempre estremecedora totalización que va más allá, o se queda más acá, de los cánones selectivos de su momento.
Los olvidados
Buñuel aprovecha el marco convencional de la pantalla (el cuadro) para intensificar un espacio limitado sin sacrificar el espacio total que prolonga y envuelve en todas las direcciones y dimensiones posibles ese simple punto de  referencia que es la pantalla–cuadro...Y por otra parte, sin sacrificar esa totalidad, Buñuel, inmerso en ella, reordena, yuxtapone, contamina entre sí los objetos más banales, muy de acuerdo con el principio de Lautrémont: revelar la belleza en el inesperado encuentro, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y una sombrilla. Los objetos dejan de cumplir sus funciones acostumbradas (y por ello, invisibles e intercanjeables) para convertirse en trofeos deslumbrantes e inalienables del fetichista, del masoquista, del sadista....Pero una vez que ha consagrado esta profanación Buñuel va más allá: su percepción de los objetos es una crítica de la propiedad. El ataque permanente de Buñuel contra el orden económico de la burguesía es parte sustancial de su educación surrealista...Su relación con la propiedad es a la vez crítica y cómica. Acaso fue Buñuel el primer cineasta en ocuparse críticamente de lo que hoy llamamos sociedad de consumo."[12]
Y es que, sin duda, una gran parte de los impresionantes efectos que Buñuel logra engarzar en sus obras, se debe a ese contraste entre la intensidad del tema y la sobriedad de los medios empleados. En todos sus films encontramos siempre, con distinta gradación, es cierto, al poeta sublevado que se reveló en La edad de oro y Tierra sin pan, porque Buñuel mira a través del ojo de la poesía y escribe por medio de la pluma de la cámara.
La forma de manifestar Buñuel un interés tan vivo por los momentos en que no ocurre nada, es una clara demostración, en el plano de la subconversación y con la sinceridad más natural, de que él concede siempre mucha atención a todo aquello que precisamente nunca tienen en cuenta los directores convencionales, cuya máxima preocupación estriba en la eficacia estético-dramática que pueden obtener de un conjunto preestablecido o de una situación poco propicia. En efecto, contrariamente a lo que hacen estos cineastas, Buñuel se esfuerza por crear un clima, por ser sensible a cualquier detalle o a cualquier posible sorpresa de la fantasía, por desfasar imperceptiblemente los aspectos realistas con objeto de entreabrir la puerta hacia un universo paralelo, por dejar que surja el "gag" invocador de un desarrollo narrativo, o en fin, por permitir que el relato derive según los encadenamientos dictados por las posibilidades de la escritura automática.
De esta manera, con aparente descuido, Buñuel coloca trampas al misterio. Toda su inspiración consiste en esa sensibilidad aguda, en esta penetración capaz de llegar a lo más profundo, en esta facultad de extrema receptividad que le permite captar la cualidad singular de un silencio, lo infinito de un instante, el vértigo de una emoción...[13]
En sus películas mexicanas "empotra auténticas cargas de profundidad en el transcurso de cintas aparentemente comerciales y de género. Cuando estallan, la memoria retiene imágenes explosivas con vida propia, súbitas y deslumbrantes revelaciones de la cara oculta de la realidad, en las que la pantalla parece saltar hacia delante, cargándose de una violenta tensión."[14]
Y en el “mal acabado” de sus películas, en esa espontaneidad y hasta despreocupación por los aspectos formales deliberadamente buscada, parece haber una voluntad de estilo que deja la obra abierta a dicho orden escondido de los procesos del inconsciente. De este hontanar proceden, en la mayoría de los casos, esas imágenes y símbolos que conmueven, fascinan o desasosiegan al espectador: “iluminaciones”, “imágenes visionarias” que surgen en la pantalla inesperadamente, dotando al relato fílmico –que en su superficie se ajusta a las convenciones estereotipadas del género- de una hondura vital y artística rara vez alcanzada en otras cinematografías de mayores pretensiones artísticas.[15]
Ver: El "estilo" de Luis Buñuel (I)


[1] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel, Plot, 1993, Pág.135
[2] Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel, Plot, 1993, Pág.60
[3] Antonio Monegal: Luis Buñuel de la literatura al cine, Anthropos, 1993, Pág. 15
[4] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993,  Pág.13
[5] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993,  Pág.273
[6] Agustín Sánchez Vidal, en: Luis Buñuel: Obra literaria. Heraldo de Aragón, 1982, Pág.62
[7] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993, Pág.43
[8] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.42
[9] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.323
[10] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993, Pág.272
[11] Antonio Monegal: Luis Buñuel de la literatura al cine, Anthropos, 1993, Pág. 230
[12] Carlos Fuentes: Luis Buñuel: el cine como libertad. En: AA. VV.: El ojo. Buñuel, México y el Surrealismo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996, Pág. 44
[13] Freddy Buache: Luis Buñuel, Guadarrama, 1976, Pág. 69
[14] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1993, Pág.274
[15] Víctor Fuentes : Los mundos de Buñuel, Akal, 2000, Pág. 74

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