El "estilo" de Luis Buñuel (I)
El cine es fácil de hacer y no tiene secretos. Los problemas técnicos los
resuelven los especialistas. Para ser un buen director de cine hace falta lo
mismo que para ser un buen escritor: tener las ideas claras, saber lo que se
quiere decir y decirlo de la manera más directa posible.[1]

Hemos hablado en anteriores ocasiones del guion, rodaje, dirección de actores y montaje, que indiscutiblemente dan una visión de conjunto del “estilo” de Luis Buñuel. Aquí vamos a completarlo con algunos comentarios que su obra ha suscitado y que nos ayudan a redondear la comprensión de su forma de hacer:
“A lo largo de su obra surge un estilo plástico no exento de
grandeza. Estamos en las antípodas del narcisismo de Welles: en Buñuel nace una
personalidad estética a fuerza de no quererla, de ir directo a lo que ha visto
y sentido sin pretender embellecerlo. Y la materia, la presencia absoluta de la
materia y su espacio, trasluce el mensaje único de su “ser”.[3]”
Por haber trabajado en los días del mudo , Buñuel
atesora lo más difícil: un estilo sencillo y claro. Mientras otros necesitan
una docena de planos para narrar el inicio de una relación, para analizar un
estado de ánimo, Buñuel lo resuelve con uno o dos encuadres....Panorámicas que
descubren un decorado, travellings que acercan o alejan intensidad, abundancia
de planos medios, lejanía en algunos emplazamientos de la cámara justo cuando nadie
diría que aquello es lo más aconsejable, fascinación por los insertos y los
objetos. Es un clásico. La subversión no viene de su puesta en escena, viene de
su cabeza.[4]
Los filmes de Buñuel basan su dinamismo en la sucesión de
hechos. Sus películas están llenas de acontecimientos y no hay secuencias
contemplativas o escenas de reposo, excepto cuando quiere presentar efectos de
contraste o insistencia en la “rehabilitación de lo real cotidiano”[5]
El sentido del ritmo, cualidad compleja y difícil de definir,
es una de sus mejores cualidades. Su modo de hacer se emparenta directamente
con la gran tradición de los narradores cinematográficos norteamericanos,
caracterizada por una extraordinaria eficacia de todos los recursos y figuras
retóricas, por subordinar los elementos y disponibilidades al fuego de los
actores y a la línea dramática. Esto exige eliminar todo lo accesorio, todo lo
que no tenga una misión clara y definida en el plano, y renunciar a toda
brillantez, a todo divismo técnico, para concentrarse en el juego limpio de los
actores, que debe ser observado con objetividad, sin añadidos visuales, sin
trucos ni efectos que subrayen su interpretación. Buñuel, si cabe, va aún más
lejos en esta línea, al prescindir de los acompañamientos musicales, y atenerse
exclusivamente a la imagen dinámica, a los diálogos significativos y
elocuentes. Buñuel tiene el don del ritmo, de la acomodación de movimientos,
gestos y acciones a duraciones estrictas que se integran entre sí
armónicamente.[6]
Su estilo es de una gran modestia. En su etapa mexicana
abundan los planos americanos (los americanos lo defienden porque a su juicio
permite conseguir una gran fluidez de acciones y reacciones dentro de una misma
escena y se logra al mismo tiempo que el espectador consiga un sentido de
unidad de toda la escena. Utiliza, relativamente, las tomas largas reservando
las cortas para ciertos momentos de clímax; Sus planos y ángulos de tomas son
tan escasos, cortos, y funcionales como los de Hawks. Con frecuencia presenta
la luz sin viveza aunque en las secuencias de los sueños, y concretamente en Los
olvidados y Viridiana se convierte en una clave totalmente misteriosa…
En sus películas falta claramente la elegancia formal que
algunos confunden con la auténtica belleza; también está ausente el haragán
lánguido, como una estratagema trivial con que se pretende conseguir a veces
una sensibilidad emotiva.
Sus películas tienen tal rapidez que convierten la belleza
en convulsión, un momento cualquiera en un proceso, quizá en un clímax, pero
que no es más importante que el proceso en su conjunto. Sus películas
sorprenden por la rapidez con que brota la belleza, fuera de lo acostumbrado, y
desconciertan por la velocidad con que se mueve desde lo hermoso al anticlimax
en un proceso ininterrumpido…
Las películas de Buñuel poseen una profundidad dialéctica en
cada uno de sus personajes, en cada suceso; esto no es una afirmación de algún
punto en concreto, sino que es la síntesis de extremos opuestos.
El papel de las contradicciones en las realizaciones de
Buñuel es muy agudo.
El sentido del desorden de la vida explica, también, por qué
las películas de Buñuel son, con frecuencia, visualmente sucias. Los motivos o
contornos de sus personajes se encuentran muchas veces confundidos con los
objetos…
Sus películas tienen también fondo y argumento. Pero nos
podríamos llamar a engaño con esta palabra si no recordáramos que la lógica de
las películas de Buñuel es, naturalmente, una lógica dramática. Su contenido
puede ser moral o filosófico, pero su forma es dramática.[7]
El estilo de la última etapa de su filmografía...la
(i)lógica surrealistas de sus mecanismos expositivos, su fragmentarismo
extravagante y juguetón, encierran en sí mismos una fría y meticulosa
observación de personajes y escenarios, como si el mundo fuera una especie de
teatro del absurdo...
A partir del inicio de su carrera mexicana, Buñuel
parece tomar definitivamente una decisión integradora, aplicar de una vez por
todas y hasta el fondo las intuiciones producto de sus tres primeros filmes:
debiendo en principio plegarse a unas determinadas convenciones, ensaya en su
propio marco una síntesis de sus caminos anteriores. El resultado es una
táctica, un estilo –quizá uno de los más recónditos y originales de la historia
del cine- de cuyo ámbito no se moverá hasta el fin de sus días, pero que,
simultánea y paradójicamente, irá explorando y rastreando hasta su agotamiento,
transmutándolo y diversificándolo según las circunstancias.[8]

"Todos sus filmes se someten a la más
conservadora ordenación rítmica del buen cine; el prólogo, en que el autor propone la règle du jeu; el planteamiento, a veces
rapidísimo pero otras muy penoso y hasta aburrido, sobre todo en las comedias
psicológicas; el desarrollo, con un par de clímax brutales sacudiendo al
espectador generalmente en la quinta y novena bobinas, seguidos de algunos
minutos de secuencia ligera de contenido (breve trozo documental, episodio
anodino, escena cómica), cuyo objeto es relajar al espectador de la escena
anterior. Y siempre ese final rapidísimo, precipitado, que nos llena de
angustia y estupor, pocos segundos antes de que la película se apague y
enciendan las luces de la sala. A Buñuel no le gusta que se hable de su
estética, pero no cabe duda de que existe.”[10]
Buñuel, sin desdeñar lo formal, se inclina por
resaltar los contenidos...La plasticidad es gratuita cuando no expresa algo,
cuando permanece al nivel de la sinfonía visual, añadiendo que la forma no debe
distraer al espectador del contenido de la obra: la moral de la película debe
permanecer a la vista, sin ocultarse tras los detalles ornamentales...Comparado
con el esplendoroso barroquismo formal de Eisenstein, la austeridad ética y estética,
antirretórica, del cine mexicano de Buñuel puede parecer excesivamente sobria e
incluso seca, aunque su parquedad expresiva –a su vez- posibilita la exposición
directa de los contenidos y el salto a la realidad “última” que encontramos en
muchas de sus imágenes...
Buñuel, enemigo de la obra didáctica y de bellezas
idealizadas, en cuanto ganó su primera oportunidad de libertad de expresión,
llamó a “los olvidados” a entrar a saco en el convite del arte.[11]
Buñuel aborda el cine como la arquitectura. Excluye la
ornamentación, todo carácter técnico ostentoso de un lenguaje; así, alaba la
modestia del juego de Keaton, opuesta a la grandilocuencia de Jennings, como un
raro ejemplo de actor que sabe intervenir en el “engranaje rítmico y
arquitectónico de la película”. Este engranaje...se construye a través del
desglose, fenómeno inmanente de la película, que sólo los profesionales como
Buñuel son capaces de elaborar partiendo de su cine interior.[12]
Buñuel posee una maliciosa concepción de la escritura
cinematográfica. Buñuel, cuando ha de preparar un plano, se interesa menos de
encontrar el encuadre que por
conferir a cada escena una imperceptible connotación que pueda activar la
presencia de un clima o venir a llenar un espacio. Siendo como es un realizador
a quien la filosofía del lenguaje no preocupa de una forma directa, se deja
llevar a menudo por la intuición, por el humor del momento o por gusto hacia el
"bricolage". Así pues, eventualmente su única lucha consiste en
relegar todo aquello que pueda convertirse en un halago formal, en renunciar a
todo efecto demasiado seductor para ser honesto, y, sobre todo, en suprimir las
facilidades que permite la música de acompañamiento: le importan tan poco las
leyes del contrapunto como al pájaro que canta encaramado en un árbol. De film
en film, Buñuel se aparta cada vez más de las florituras y se fía cada vez
menos de las irrupciones oníricas excesivamente obvias.
En este camino hacia la desnudez estilística
emprendido por Buñuel, Tristana constituye una especie de
maduración. A primera vista se podría convencer a cualquier observador atento
de que este film no se distingue en nada de cualquier otro producto artesanal
correctamente realizado. Pero precisamente en ese en nada es donde reside todo lo mejor de Buñuel… Imitando la
trivialidad, nuestro autor embrolla las pistas y entremezcla jocosamente las
invenciones espontáneas, la meditación grave, los guiños, un sentido de la
creación reciamente elaborada o acentuadamente fluida, así como una cierta
fusión de lo burlesco y lo trágico, de la disciplina desenvuelta y la
desenvoltura disciplinada...Aquí no hay el menor indicio de estetización
artificiosa ni de ensoñaciones espectaculares, sino que está claro que Buñuel
pone en práctica un cauteloso plan de ataque, cuyo objetivo no es otro que el
de asegurarse la eficacia.[13]
Y en el “mal acabado” de sus películas, en esa
espontaneidad y hasta despreocupación por los aspectos formales deliberadamente
buscada, parece haber una voluntad de estilo que deja la obra abierta a dicho
orden escondido de los procesos del inconsciente. De este hontanar proceden, en
la mayoría de los casos, esas imágenes y símbolos que conmueven, fascinan o
desasosiegan al espectador: “iluminaciones”, “imágenes visionarias” que surgen
en la pantalla inesperadamente, dotando al relato fílmico –que en su superficie
se ajusta a las convenciones estereotipadas del género- de una hondura vital y
artística rara vez alcanzada en otras cinematografías de mayores pretensiones
artísticas.[14]
Muchos filmes de Buñuel presentan “errores o defectos”
en la forma. “¿Hace Buñuel esto por incompetencia, por descuido, por pereza o
por genialidad? Estoy convencido de que es por pereza. También sé que Buñuel es
perezoso sólo cuando puede permitirse serlo. Cuando hace una de las chapucerías
mencionadas sabe que en nada perjudica a la narrativa ni al contenido, sino
sólo a la corrección artesanal de la obra. A Buñuel la corrección artesanal de
los aspectos no esenciales le deja indiferente. Además, no está exento del
pecado de malicia y sabe que haciendo estas cosas desconcierta a los críticos y
molesta al buen burgués que lo quiere todo bien hecho.”[15]
Ver continuación: El "estilo" de Luis Buñuel (II)
Ver continuación: El "estilo" de Luis Buñuel (II)
[1] J.
Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.52
[2]
Juan Cobos: Entrevista con Luis Buñuel. Griffith,
nº. 1. Junio de 1965.Pág.402. Tomado de: J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975
[3] J.
Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.26
[4]
José Luis Garci: La 2. En: Nickel Odeon, nº 13, invierno 1998, Pág.
38
[5] J.
Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.219
[6]
Antonio Lara: Lectura de
"Tristana", de Luis Buñuel, según la novela de Galdós. En: La imaginación en libertad. Universidad
Complutense, 1981, Pág. 200
[7] Raymond Durgnat: Luis Buñuel, Fundamentos, 1973, Pág.
25
[8]
Carlos Losilla: A propósito de la mirada buñueliana.
En: Vértigo, nº 11, marzo, 1995, Pág.
22
[9] J.
Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.101
[10]
J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.98
[11]
Víctor Fuentes: Buñuel en el contexto
artístico cultural... En: Turia, nº
23, febrero 1993, Pág. 168
[12]
Jean-Michel Bouhours : Buñuel 100 años.
Es peligroso asomarse al interior, Instituto Cervantes, 2000, Pág. 223
[13]
Freddy Buache: Luis Buñuel, Guadarrama,
1976, Pág. 95
[14]
Víctor Fuentes : Los mundos de Buñuel, Akal,
2000, Pág. 74
[15]
J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen,
1975, Pág.99
Comentarios
Publicar un comentario