Buñuel visto por (11) ... José Ángel Valente



De todas las entradas sobre como veían a Buñuel otros artistas o colaboradores, quiero proponer quizás la más bella de todas, y no solo por ser la más lírica. Es el poema que el versista gallego José Ángel Valente le dedicó, pues Buñuel fue una de las fuentes en las que desarrolló su magnífica obra poética. Forma parte del poemario El inocente, compuesto entre 1967 y 1970.

 

                El escorpión amigo de la sombra… 

Homenaje a Luis Buñuel

El escorpión amigo de la sombra suele
horadar las entrañas de la tierra,
mientras tú provisto de una lupa feroz y sobria
analizas los tristes fundamentos,
piedra capitular y mierda melancólica,
de la ciudad de Roma y de su imperio.

Están los mallorquines impolutos,
implacables, arteros, deponiendo
sonoridad intestinal que el viento
solemne de la Historia consolida.

Ay cuánta muerte
baja de un solo golpe de cadena
por todos los retretes del mundo.

Ay cuánta muerte, ya muerta,
putrefacta y reseca o semisólida,
ha clausurado en un salón tristísimo
el ángel invisible de lo extraño.

Pero los mallorquines vuelven a las nueve
con uniformes, sombreros y pecheras
incorruptibles o incorruptas,
con secretos ligueros donde estalla,
como flor moribunda, la irreparable sangre
de las vírgenes necias,
porque sí,
porque sólo los labios obsesivos
de Lya Lys toman en la succión
la forma del amor más verdadera.

Ay cuánta muerte,
cuánta muerte, Simón, hijo de perra,
que desde el pilar insólito
licenciaste al novicio adolescente
para que los teólogos barbudos no hocicasen
como las bestias sedientas
(por el otero asoma) entre sus muslos.

Y vienen los mallorquines a las nueve
en formación compacta y evidente,
la Juventud Católica, del año treinta, claro,
la Liga de Patriotas, sempiterna,
como la Liga Antisemita,
y el prefecto Chiappe a la cabeza
con un gran palo y la invicta bandera,
pura, reverberante de las aguas lústrales
del Deber, el Derecho, la Justicia,
el Trabajo, la Familia, la Patria.

Y un gran rayo los parte para siempre
a ellos y a nosotros
y la muerte mana a borbotones
por todos los sumideros del mundo
y se oyen,
solitarios, tenaces, por los siglos
de los siglos, los largos tambores de Calanda
sobre el pecho infinito
de un muerto y de sus días
y sus noches,
sus deseos, sus blasfemias y su sexo
muerto, calcáreo, sumergido, roto,
como la tierra
nuestra.

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