El piano en el cine de Buñuel

Sabemos
que el piano fue un elemento importante en la vida de nuestro cineasta y de sus
allegados. No podía ser de otra manera, dado el marcado carácter burgués del
instrumento. El triángulo Jeanne Rucar–piano–Luis Buñuel llegó incluso a
protagonizar el título de las memorias de Juanita. Pero vayamos a lo que se
trata. El ensayo de Roger parte de la premisa que, en el cine, el piano no es
un objeto ordinario, sino que a menudo ha tenido una importancia crucial que
ilustra la poética de los cineastas. Esto es muy cierto en el caso de Buñuel,
pues algunas de las escenas más representativas de su poética tienen al piano
como protagonista: Un perro andaluz, Tristana o El fantasma de la libertad, aunque el piano ha decorado mucho de los interiores
de sus otras películas. Aquí
tenéis más información.
Roger
organiza su trabajo a partir de las diferentes funciones que puede tener el
piano, desde el piano-espejo hasta el piano-ángel, pasando por el piano-motor o
por el piano-sentimiento. Cada categoría se asocia a uno o varios directores. Buñuel
se relaciona con el piano-sueño, categoría que el calandino comparte con Carl
Theodor Dreyer. El piano-sueño trata del piano como explorador del alma humana.


En El fantasma de la libertad vuelve a
aparecer una mujer tocando el piano, esta vez en un contexto muy distinto,
aunque los vasos comunicantes con la escena de Tristana están presentes. Así, si bien la hermana del prefecto no
toca a Chopin, como hacía la Deneuve, sino a Schumann, la pieza que toca se
llama precisamente Chopin (que es la
doceava pieza de las veintiuna que componen su opus Carnaval), por lo que es fácil pensar que no se trata de ninguna
coincidencia, pues los conocimientos musicales de Buñuel eran excelsos, y más
de la música para piano, con cuyos más ilustres ejecutores flirteó durante años
(volveré sobre la cuestión). A petición de su hermano, la pianista cambia de
compositor y toca la enérgica Rapsodia
de Brahms (segunda del opus 79), a quien, al seguir la cadencia de la música
con sus manos, se le cae el encendedor. Esta situación lleva a Buñuel a volver
a filmar a ras de suelo una pianista en plena ejecución. El extrañamiento esta
vez no proviene de la discapacidad física de la pianista, sino de su atuendo,
ya que solo viste unas medias.
Pero la
función de extrañamiento no es únicamente visual. En el comportamiento de los
personajes, nada manifiesta el erotismo de la situación, lo que la convierte en
todavía más sorprendente. Buñuel dosifica sus efectos: “primero la sorpresa
ante los senos de la pianista, que toca la pieza lírica de Schumann de la
manera más natural del mundo; el trastorno se acentúa cuando toca la pieza
rítmica de Brahms que produce el movimiento de sus pechos. El culmen del
erotismo se alcanza con el plano, que retoma el de Tristana, de la pianista vista de debajo la cintura: el prefecto
arrodillado sobre la alfombra, recogiendo su encendedor casi al mismo nivel que
el sexo sombreado de su hermana” (p. 43).
En esta
escena provocadora, Buñuel proyecta a través del piano-sueño el fantasma
incestuoso del prefecto hacia su hermana, que posteriormente se convertirá en
un fantasma necrófilo. Aunque alguna selección de categorías y directores puede
ser discutible, es innegable que la propuesta de Roger es, cuando menos
original y, por lo que a Buñuel respecta, a pesar de dedicarle poco más de tres
páginas, su contenido es de lo más original que se ha escrito últimamente,
además de abrir un campo de reflexión sobre la poética buñueliana e incidir sobre
aspectos poco claros todavía de su vida privada que espero poder desarrollar en
próximos posts.
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