Buñuel y el milagro de Calanda
“La cuestión religiosa,
obsesión más bien, nace en su infancia, creo. Las misas infantiles, los
milagros, la liturgia, los santos... Todo eso le atrae de una manera muy
fuerte y lo ha estudiado enormemente. Un
ejemplo clásico: el milagro de la pierna, el hombre de Calanda que pierde la pierna y se la entierran, y, ya enterrada, va el hombre todos los días ante el
altar y se unta aceite en los dedos
para pasarlo por el muñón, hasta que los ángeles le traen de nuevo la
pierna. En fin, este milagro él lo cuenta
con un orgullo muy curioso y muy especial, como diciendo que es el
milagro más impresionante que hay en la historia católica. Me ha hablado de este milagro yo creo que como cincuenta o sesenta veces. Le atrae enormemente esa
historia de milagrería, y cuando, no hace mucho tiempo, hubo un
centenario o, en fin, una de estas fechas
religiosas, su hermana le mandó una
serie de artículos de El Heraldo de Aragón que hablaban del milagro y de las ceremonias que se habían
celebrado, y él los recibió con un gusto enorme, y los archivó y los
guardó, porque todo eso le interesa con una fuerza enorme.[1]”
Nuestra fe era realmente ciega —por lo
menos, hasta los catorce años— y todos creíamos en la autenticidad del célebre
milagro de Calanda, obrado en el año de gracia de 1640. El milagro se atribuye
a la Virgen del Pilar…
Ocurrió que, en 1640, la rueda de una
carreta le aplastó una pierna a un tal Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda,
y hubo que amputársela. Ahora bien, era éste un hombre muy piadoso que todos
los días iba a la iglesia, metía el dedo en el aceite de la lamparilla de la
Virgen y se frotaba el muñón. Una noche, bajó del cielo la Virgen con sus
ángeles y éstos le pusieron una pierna nueva.
Al igual que todos los milagros —que, de
lo contrario, no serían milagros— éste fue certificado por numerosas
autoridades eclesiásticas y médicas de la época y dio origen a una abundante
iconografía y a numerosos libros. Es un milagro magnífico, al lado del cual los
de la Virgen de Lourdes me parecen casi mediocres. ¡Un hombre, «con la pierna
muerta y enterrada» que recupera la pierna intacta! … [2]
Antes de analizar la
influencia que el citado milagro ha tenido en su obra, expongamos de la mano de
Agustín Sánchez Vidal un resumen de cómo se desarrolló el citado milagro: “Miguel Juan Pellicer Blasco, hijo de labradores nacido en
Calanda el 25 de mayo de 1617, sufrió un accidente en Castellón de la Plana
mientras viajaba en un carro de mulas. Y con tan mala fortuna que una de las
ruedas le pasó por encima de la pierna derecha. Fue ingresado en un hospital de
Valencia, pero al ver que empeoraba pidió el traslado al Hospital de Nuestra
Señora de Gracia de Zaragoza, donde llegó con la pierna gangrenada. El cirujano
se la amputó en octubre de 1637 cuatro dedos por debajo de la rodilla,
enterrándola en el cementerio del hospital.
Sin otros medios de
sustento, Pellicer hubo de ganarse la vida pidiendo limosna a las puertas del
templo de la Virgen del Pilar, de la que era muy devoto. De vez en cuando
entraba en la basílica y se untaba el muñón que le supuraba con el aceite de
una lámpara votiva de la Virgen. Así estuvo dos años y cinco meses, ayudándose
para caminar de una pata de palo y una muleta. Al cabo de ese tiempo decidió
hacer un viaje a su pueblo natal.
Llegado a Calanda el 29
de marzo de 1640. Era la noche del jueves al viernes de la primera semana de
pasión de la Cuaresma de aquel año. Antes de dormirse rogó a la Virgen, como
tenía por costumbre, que le devolviera su pierna. Había tropas en el pueblo y
su habitación se la habían prestado a un militar y sus padres lo acomodaron al
pie de su cama de matrimonio. Entre las diez y las once de la noche la madre
vio que bajo la capa que hacía de cobertor de su hijo salían dos pies y no uno.
En la estancia se percibía una suave fragancia y no resultó fácil despertarlo
("más de dos credos y muchos meneos" les costó, según el posterior
relato de los hechos). Vuelto en sí, contó que en sueños se le aparecía la
Virgen para restituirle el miembro perdido.
La pierna devuelta
parecía la misma enterrada tiempo atrás, ya que presentaba idénticas
cicatrices, entre ellas la mordedura de un perro y varios rasponazos de
aliagas. Eso sí, estaba fría, pálida la color y más flaca y corta que la otra.
Cuando removieron la tierra donde habían enterrado la extremidad amputada, allí
no había ni huesos ni ningún otro rastro. El prodigio era de tal orden, que se
pidió a un escribano que levantara acta, cosa que hizo el 2 de abril de 1640
don Miguel Andreu, notario público de Mazaleón.
El proceso formal, a
manos del Tribunal Eclesiástico de Zaragoza, concluyó el 27 de abril de 1641,
con sentencia favorable del arzobispo Apaolaza. Además del propio Miguel
Pellicer comparecieron como testigos, para que no cupiese duda, los cirujanos
que cortaron la pierna y cuantos habían presenciado la operación. Al tratarse
de uno de los prodigios más exhaustivamente documentados, estudiados y
probados, el milagro se hizo famosísimo, tanto en España como en el extranjero.
En cuanto al propio
milagro, fue reflejado en la basílica del Pilar en un lienzo de gran tamaño a
cargo de Bernardino Montañés y varios frescos de Stolz.
Calanda debió durante
mucho tiempo su notoriedad al prodigio que se acaba de narrar muy someramente.
En la casa donde tuvo lugar se levantó un templo consagrado a la patrona.[3]
Mi padre había
pagado un paso para la procesión del Milagro,
en Calanda, del mejor estilo sansulpiciano. Precioso. Con dos ángeles de tamaño natural, , la Virgen y Pellicer... Lo
llevaban trabajadores de las fincas, vestidos de
blanco y con cíngulos rojos... Las «hordas rojas» lo destruyeron en mil
novecientos treinta y seis. Es una lástima.[4]
Max Aub mantiene que
con la madera de la muleta se confeccionaron dos pares de palillos para tocar
los tambores de Calanda en la procesión del Viernes Santo, en recuerdo del
estruendo y terremoto que siguió a la muerte de Cristo, y exorcismo, en cierto
modo, a la espera de la resurrección de la carne. Quiere la leyenda que dichos
palillos fueran adquiridos por un campesino acomodado del pueblo, de nombre
Leonardo Buñuel, antepasado directo de Luis Buñuel, quien los habría tenido en
su poder y utilizado en la Semana Santa calandina.[5]
Y Sánchez Vidal dice que Buñuel se rio de la leyenda de que él tenía los
palillos que se habían hecho con la pierna de Pellicer. Su hijo Juan Luis
confesó que no sabía nada de su par de palillos. [6]
Confirmando
lo que decía Julio Alejandro al comienzo de este post “Luis creció oyendo hablar con frecuencia de Pellicer y su pierna
sobrenaturalmente repuesta, como no podía ser de otra manera, y le encantaba poder explicar en Madrid, París o México que procedía
de un lugar aragonés
donde la Virgen había llevado a cabo una hazaña tan espectacular.”[7]
![]() |
Casa de Miguel Pellicer |
En el mundo de Buñuel
el milagro de Calanda está relacionado sin lugar a dudas con el carnuzo y lo
putrefacto que ya vimos en los dos anteriores artículos. El trozo de carne está
relacionada con la pierna amputada y por tanto muerta de Miguel Pellicer. En su
obra literaria el tema aparece sobre todo en:
· Agradable
consigna de santa Huesca, donde se narran
las insólitas aventuras de un trozo de carne.
· Recuerdos medievales del Bajo Aragón: Texto autobiográfico de Buñuel sobre su infancia en
el que aparecen algunas de sus obsesiones y entre ellas el carnuzo y la amputación de la
pierna de Miguel Pellicer.
En su cine es sobre en Tristana y Ensayo de un crimen donde
la presencia de la pierna amputada de Miguel Pellicer se hace más presente. El
interés de llevar a la pantalla Tristana se debía exclusivamente a
que a la protagonista le cortaban la pierna. Pero Buñuel no estaba solo en este
aspecto. Hitchcock,
gran admirador del aragonés, estaba obsesionado con la pierna de Tristana. Max Aub opinaba, asimismo, que la
verdadera protagonista no era Catherine
Deneuve, sino la pierna ortopédica.
La admiración de Hitchcock
por Buñuel y su película Tristana quedó patente en 1972, en
la comida-homenaje que le rindieron algunos de los grandes directores de cine
norteamericano en casa de George Cukor. Hitchcock le habló de la pierna cortada
de Tristana: “Cuando ella toca el piano y tú haces una lenta panorámica hacia
abajo, descubrimos que Tristana no tiene más que una pierna. Entonces tú subes
lentamente hacia ella, sin cortar, sin cambiar de plano, well, cuando nos volvemos a encontrar con su rostro, ella ya no es
la misma mujer”.[8]
En Ensayo de un crimen, la
escena relacionada con el milagro es la del maniquí que pierde la pierna camino
del crematorio y en Simón del desierto, en obvia alusión en la milagrosa
recuperación de las manos por parte del ladrón. Tampoco debemos olvidar manos
mutiladas por Un perro andaluz y El ángel exterminador.
Pero el recuerdo del
milagro de Calanda quizá gravite sobre otros detalles. Así, es llamativo que en
el episodio de la tía mayor y el sobrino joven de El fantasma de la libertad
se diga (sin que eso tenga ninguna trascendencia para la acción) que se besaron
por primer vez en Jueves Santo. O que Él arranque también en un Jueves
Santo, cuando el paranoico y muy católico Francisco se enamora de Gloria
durante la ceremonia del mandatum o
lavatorio de pies en el interior de una Iglesia.
En cualquier caso, Buñuel, como buen
calandino, se tomaba el milagro muy en serio.[9]

Y hablando de milagros, en su
película La vía láctea aparecen algunos, empezando por el milagro del
rosario: Un
milagro en serio: creo que lo tomé de Gonzalo de Berceo. Uno de los estudiantes
es católico, saca el rosario y explica que sirve para rezar a la Virgen. El
otro tira el rosario al aire, le pega un tiro y lo destroza. En la noche,
aparece la Virgen y devuelve el rosario intacto. El estudiante católico cuenta
esto a un cura, y a su vez éste cuenta otro milagro. Una monja, tentada por el
Diablo, deja el convento y se va con un hombre al que ama. Anda por el mundo
mucho tiempo y luego, arrepentida, retorna al convento y encuentra que ni la
abadesa ni las otras monjas habían advertido su ausencia, porque la Virgen
había tomado el lugar de la ausente. Y otro «milagro», muy distinto. Los
peregrinos huyen de una posada llevándose un jamón y la guardia civil los
detiene. «¿Y este jamón?» «Nos lo han regalado en la posada.» «Pues en ese
caso, pueden seguir su camino.» ¡Imagínense a un guardia civil que atrapa a dos
pícaros huyendo en la noche con un jamón y los deja seguir el viaje a la
primera explicación! La Guardia Civil siempre queda bien en mis películas.
(Risas.)[11]
![]() |
La Vía Láctea |
Y finalizamos con unas
palabras del realizador: Los milagros han existido históricamente. Que usted les
busque una razón racional, científica, es otra cosa. Pero mucha gente era
testigo de que se resucitaban muertos, los ciegos volvían a ver... Cuando le
contaba el milagro de mi pueblo a un dominico, se reía: «Se le pasa a usted la
mano, Buñuel.»[12]
Nota: No quiero terminar este post sin añadir que según un reciente estudio, el milagro de Calanda no sería tal, sino un mito, pero eso importa poco para lo que se trata aquí. [13]
Nota: No quiero terminar este post sin añadir que según un reciente estudio, el milagro de Calanda no sería tal, sino un mito, pero eso importa poco para lo que se trata aquí. [13]
[1] Julio Alejandro en Max
Aub: Conversaciones con Buñuel. Aguilar,
1985, pág.393-4
[2] Luis Buñuel: Mi último suspiro. Plaza & Janés,
1982, pág.21
[3] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel. Caja de Ahorros
de la Inmaculada, 1993, pág.148-49
[4] Max Aub: Conversaciones con Buñuel, Aguilar,
1985, pág. 41
[5] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel. Caja de Ahorros
de la Inmaculada, 1993, pág.149
[6] Agustín Sánchez Vidal: Luis Buñuel. Ed. J.C., 1984, pág.: 331
[7] Ian Gibson: Luis Buñuel La forja de un cineasta
universal 1900-1938, Aguilar, 2013, pág. 59
[8] Manuel Hidalgo: El banquete de los genios, Ed.
Península, 2013, pág. 29
[9] Agustín Sánchez Vidal: El mundo de Luis Buñuel. Caja de Ahorros
de la Inmaculada, 1993, pág.149
[10] Agustín Sánchez Vidal: Buñuel, Lorca, Dalí: El enigma sin fin. Planeta,
1988, pág. 314
[11] Tomás Pérez Turrent y
José de la Colina: Buñuel por Buñuel,
Plot, 1993, pág. 151
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